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OIARTZUN


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Guerra de la Convención

Guerra de la Convención. En marzo de 1793 fue declarada la guerra contra la Convención regicida. Desde hacía cinco meses se había establecido en el valle el Regimiento de Valladolid pero la declaración multiplicó el trasiego de tropas, los preparativos de avituallamiento y fortificación de la frontera. El valle poseía 688 varones «hábiles para levantar armas», 170 de los cuales constituyeron tres compañías. En abril comenzaron a llegar los primeros heridos que se atendieron en el valle. Los soldados se hospitalizaron en la Casa Concejil y en Sein-Echeberri; la oficialidad en Killirikupe; y los sarnosos, tísicos y convalecientes en Komisarione, Sarrallegillene y en la inmediata que es de las Monjas de Lasarte. Médicos y practicantes los hubo de Madrid. La botica se estableció en la casa nueva de Beldarráin junto al prado de la plaza de pelota. El 1 de agosto de 1794, llegan a Oiartzun las tropas españolas en retirada desde Irún. Pero, debido a la entrada de las divisiones de los generales franceses Moncey y Laborde, dichas tropas españolas deben retirarse, con buen orden, hasta Hernani. Este mismo día llegan a Oiartzun las tropas francesas. Los artilleros habían volado el laboratorio de Zistiaga. Habían ardido igualmente los hornos de la tropa que estaban en Torrondo comunicándose el fuego a Urdinola («la casa de mayores comodidades de todo el valle»), que luego quedó completamente abrasada. Los vecinos se dieron atropelladamente a la fuga; unos a Goizueta, otros a Arano, otros a Tolosa y sus cercanías, otros a Azpeitia. Unos pocos quedaron en los caseríos y en la calle. En todos los pueblos ocurría lo mismo. A las once de la mañana se desparraman por la plaza de Elizalde los soldados. La iglesia estaba abierta. Irrumpieron en ella y violentaron los Sagrarios, entraron en la sacristía y rompieron los cajones y se llevaron todos los vasos y ornamentos que quedaban, y echaron por tierra las reliquias. El interior de la iglesia quedó convertido en almacén de víveres. Entre los objetos robados figuraba un juego entero de libros, compuesto de dos misales, dos evangelios y un manual, todo ello de terciopelo carmesí con chapas y gafetes de plata, recientemente traídos de Madrid. El trato que dieron a los libros de coro no fue mejor. Robaron el salterio, y rompieron a bayonetazos algunas hojas de los demás. Y no se contentaron con hacer esto sólo en Oiartzun, se fueron a Lesaka y Bera, e hicieron lo mismo. Aquella noche los convencionales se aposentaron en las mejores casas de Elizalde, Altzibar e Iturriotz. Todo el pueblo quedó convertido en un inmenso cuartel. Otro tanto ocurrió en Rentería y Hondarribia. En esta ciudad fueron además enseguida volados los muros de la ciudad con minas. El día 2 de agosto se dirigió el invasor a San Sebastián, cuya plaza se rendía el 4 sin resistencia. Oiartzun quedó en la Zona ocupada por los convencionales. Estos respetaron el culto y los hábitos de los lugareños pero los daños en las casas fueron incontables: armarios, mesas, cajones, cubas, puertas, ventanas y hasta arrancar el piso para combustible. Quejarse ante la autoridad militar, era completamente inútil; daban la razón, pero no hacían nada. También se echaron a perder, por talas inconsideradas, hermosos bosques y ejidos que había cerca de los barrios. De casas que quedaron inhabitables por estos malos tratos, se cuentan 22: Santuene o Izenona, Zubietene, Sasito (?), una del conde de Torrealta, Araingibelene, Bidabe, Garroene, Miraballes, Gabiria, Luxea, Petriene, Komisarioine, Sarrallegillene, la de las monjas de Lasarte contigua, Tomasaundi, la pegante, la contigua a Garroene (?), San Juantxone, la Escuela, Herrería Aramburu, la de Olaizola; incendiadas, las cuatro de Txaparra, inclusas las de Zistiaga y Urdinola, 28 lo menos. La de Torrondo, quemada, fue reedificada por los ocupantes. En muchas de Elizalde y Altzibar faltaron las tarimas, puertas y ventanas. Fue arrancado además todo herraje; así las verjas de Andrerregia y la Magdalena. Por el mismo motivo de llevarse el hierro, una partida de granaderos que llegó, rompió todas las cruces del Viacrucis que habían en Elorrondo desde la Casa blanca de Bikariotegi (¿Etxetxurri-Tolarieta?) hasta la Magdalena, arrancándoles las palanquetas de hierro con que se sujetaban las piezas de piedra.

Ignacio Cendoya Echániz


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