Presencia romana. Las explotaciones de Arditurri han significado la evidencia más importante de la actividad romana en esta parte oriental de Gipuzkoa. Asimismo, la presencia romana en la comarca del Bidasoa parece estar relacionada con el desarrollo de una minería basada en la explotación del plomo y de la plata, al pie de las Peñas de Aia. Los restos en el término de Oiartzun siguen la dirección de los filones minerales. Descendiendo del extremo E. del término, en dirección S-SO., se localizan varias minas y yacimientos romanos al S. de Arditurri entre los arroyos de Arditurri y Otsamantegi hasta Zontzorroitz. Los estudios sobre Arditurri han sido revisados y actualizados por M. Urteaga y Txomin Ugalde («Munibe», 1986, 38). Las galerías mineras romanas, indican estos autores, constituyen indicio de lo que pudo ser la presencia romana en el Bidasoa, sumándose al contexto de las evidencias arqueológicas de Santa Elena, El Juncal y el fondeadero de Asturiaga, siendo probable que el conjunto citado se haya desarrollado en función de la actividad minera. De las 42 galerías y 82 pozos citados por Thalacker, sólo se conservan 9 galerías de extracción con características de construcción de época romana; es decir, de sección oval o predominantemente oval, con pulimento en las paredes, repisas para las lucernas y ocasionalmente con rampa de acceso. La explotación a cielo abierto que se viene siguiendo en los últimos años, ha determinado el hundimiento de las galerías más espectaculares y que fueron conocidas en tiempos del ingeniero jefe, Benjamín Alvarez, hacia mediados de este siglo, quien catalogó nuevos hallazgos y recogió materiales cerámicos romanos que hoy se encuentran en el Museo de Santa Elena, en Irun. En las cercanías, junto a la regata de Karrika, han sido descubiertos nuevos ejemplos. Las descripciones de Thalacker (1804) han sido seguidas por todos los que han incidido en el tema, y solamente han sido cuestionadas por R. Izaguirre («Munibe», 4, 1971), quien duda de la autenticidad del contenido del artículo de Thalacker. Hasta hoy poco se ha avanzado desde lo publicado en 1804. Sabíamos que las galerías eran de gran longitud, con cruces entre las mismas, con repisas cada cierto trecho para colocar los candiles necesarios para la iluminación, pero no teníamos ninguna documentación si exceptuamos el plano realizado por la sección de espeleología de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, hace más de 20 años. El interés romano por la minería de esta zona parece eclipsarse hacia mediados del s. II, coincidiendo con la apertura de una crisis económica en el Imperio que les obliga a concentrar sus esfuerzos en otras áreas mineras de mayor importancia como Río Tinto o Cartagena. El momento de esplendor de estas explotaciones habría que situarlo en torno a los inicios del s. I, a continuación de las Guerras Cántabras, manteniéndose hasta el s. II. Esta etapa cronológica viene corroborada por los testimonios materiales, fragmentos de cerámica, que recogió B. Alvarez y que hoy se encuentran en el Museo de Santa Elena y por las monedas que recogió Thalacker que según él fueron acuñadas en tiempos de César Augusto. (v.
Ignacio Cendoya Echániz