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Navarra. Historia


Prehistoria y protohistoria

Desde la última década del siglo XIX se suceden los nombres e intervenciones en el acopio de información sobre los tiempos prehistóricos en Navarra. La identificación en 1894 de algunos dólmenes del Aralar por F. de Huarte empalma inmediatamente (1894/1895) con la excavación de alguno de ellos y con la amplia síntesis de J. de Iturralde y Suit (que se publicó, con carácter póstumo, en 1911). El interés de la Comisión Provincial de Monumentos por la recogida de noticias y colecciones prehistóricas, que se de positarán en la Cámara de Comptos de Pamplona (que, en junio de 1910, alberga ya oficialmente un "Museo ArtísticoArqueológico de Navarra"), completa lo esencial de esa época inicial de estudios. Una nueva etapa de investigaciones casi exclusivamente sobre el fenómeno megalítico ocupa las segunda y tercera décadas de este siglo, hasta la guerra civil. T. de Aranzadi y F. de Ansoleaga dedicarán tres campañas de excavación (de 1913 a 1916) a dólmenes del Aralar, publicando de inmediato sus resultados.

Seguidamente el equipo formado por T. de Aranzadi, J. M. de Barandiarán y E. de Eguren incorpora la investigación del megalitismo navarro al programa que empezaban a desarrollar en estaciones dolménicas similares de zonas próximas de Guipúzcoa y Alava: exploran los grupos limítrofes de Ataun-Borunda en 1919 y de Altzania en 1920, trabajando en Urbasa en 1921. Aranzadi y Barandiarán en los inmediatos años 20 amplían sus investigaciones de campo excavando nuevos dólmenes del Aralar navarro en 1923 y descubriendo monumentos de las estaciones de Auritz y Gorriti-Huici (1925/ 27). Será obra personal de J. M. Barandiarán, por esos mismos años, la prospección y estudio de evidencias en la cueva de Atabo (Alsasua), el descubrimiento de nuevos grupos de dólmenes en Aritz-Ireber, Lerate, Alkurrunz y Abodi, y la definición de otros testimonios prehistóricos.

En 1924 P. Wernert notifica el hallazgo de vestigios del Paleolítico antiguo en Zúñiga, y en 1930 N. Casteret de grabados de estilo magdaleniense en la cueva de Alkerdi (Urdax). Importantes yacimientos de la Edad del Hierro (en términos de Fitero, Arguedas y Etxauri) son advertidos por entonces. En una tercera etapa de las investigaciones se van a potenciar los trabajos de campo mediante la creación de un Servicio de Excavaciones de la D. F. que -dentro de la recién constituida Institución Príncipe de Viana- emprenderá campañas sistemáticas en la década de los 40. B. Taracena y L. Vázquez de Parga (con la colaboración de O. Gil Farrés) desarrollan un plan serio de trabajo en yacimientos del Bronce tardío y de la Edad del Hierro (así en Arguedas, Etxauri y Javier), especialmente en el poblado del Alto de la Cruz (Cortes) donde se excava entre 1947 y 1952 (por Taracena y Vázquez de Parga hasta 1950 -año en que fallece el primero- y en 1951/52 por Gil Farrés); Taracena estudió los dólmenes de Errazu.

Otras actuaciones aportan en estos años interesantes datos al conocimiento del pasado prehistórico de Navarra; destacando el inicio de las prospecciones dolménicas de J. Elósegui (que culmina, en parte, en su excelente catálogo del dolmenismo vasco, de 1953) y la recuperación por M. Ruiz de Gaona de cierta cantidad de restos paleontológicos y arqueológicos del destruido yacimiento de la cantera de Koskobilo (Olazagutía). J. Maluquer de Motes se hizo cargo en 1952 del Servicio de Excavaciones, dirigiendo su actividad hasta 1965: excava en las necrópolis de Valtierra y de La Atalaya (Cortes) y en el yacimiento de la Peña del Saco (Fitero), continuando con Vázquez de Parga en 1953/1957 el estudio del Alto de la Cruz, desarrollando campañas con D. Fernández Medrano en monumentos dolménicos de Bigüezal, Artajona y Ronkal y en la cueva de Berroberria (Urdax) entre 1959 y 1965. En este mismo período se han inaugurado las instalaciones del Museo de Navarra, que dirige M.ª A. Mezquíriz, presentando metódicamente un seleccionado panorama de las culturas de la Prehistoria y Protohistoria. Hace veinte años se iniciaría la etapa "actual" en estos estudios.

La Comisión de Excavaciones y Arqueología creada en 1974- asegura una amistosa cooperación entre equipos de excavadores, prospectores de zona y servicios de la Diputación Foral. Las intensas prospecciones de T. López Sellés, que continúa F. de Ondarra, han ampliado de modo notable el catálogo de dólmenes; E. Redondo, por su parte, protagoniza una meritoria labor de recogidas controladas, desde 1968, en el altiplano de Urbasa. Durante una docena de años (desde mediados los 60) E. Vallespí se ha interesado por el estudio de las industrias líticas de diversos asentamientos; A. Castiella afronta el estudio de la Protohistoria navarra con importantes excavaciones y monografías de materiales. A partir de 1975 se regulariza el desarrollo de campañas de excavación intensa en yacimientos bien estratificados: como es el caso de los de las cuevas de Zatoya (Abaurrea Alta) en tres campañas y de Berroberria en cinco o del alto de Urbasa (así una campaña de Mugarduia) por I. Barandiarán, de la cueva de Abauntz (Arraiz) en tres campañas por P. Utrilla, del dolmen de Miruatza (Ataun-Borunda) y de la cueva del Padre Areso (Bigüezal) por M.ª A. Beguiristain (dos campañas), de los abrigos de Portugain (Urbasa; en dos campañas) y de Aizpea (Aribe) y del sitio 11 de Urbasa por A. Cava, o del abrigo de La Peña (Marañón) (dos campañas) por M.ª A. Beguiristain y A. Cava. A partir de esas excavaciones se han suscitado programas de análisis complementarios (dataciones C14, estudios de pólenes/esporas, sedimentología, paleozología, etc.) que perfilan el ámbito temporal y climático de la ocupación de esos yacimientos.


Recomendación bibliográfica

Numerosas monografías sobre yacimientos y colecciones de la Prehistoria navarra se han recogido en las series de la colección "Excavaciones en Navarra" (con nueve volúmenes publicados) y de las revistas "Príncipe de Viana" y "Trabajos de Arqueología Navarra" (publicada a partir de 1979) de la Comunidad Foral. Como visiones de conjunto de carácter sinóptico se consultarán con provecho la "Prehistoria de Navarra" de I. Barandiarán y E. Vallespí (en 2.° ed. de 1984, en "T. A. N." vol. 2), los resúmenes más recientes sobre "Prehistoria" (por I. Barandiarán, M.ª Beguiristain y A. Castiella) en el "Gran Atlas de Navarra" (vol. II. Historia, pp. 11-25, ed. C. A. N., de 1986) y la ponencia de I. Barandiarán al I Congreso Gral. de Historia de Navarra (1986) sobre "La Prehistoria de Navarra: estado actual de los estudios". En cuanto a monografías extensas de conocimiento imprescindible se recomiendan "La Edad del Hierro en Navarra y Rioja" de A. Castiella ("Excav. en Navarra" vol. VIII, 1977), "Las estructuras funerarias del Neolítico y Eneolítico en la cuenca media del Ebro. Consideraciones críticas" de T. Andrés ("Príncipe de Viana", n.° 146-147, pp. 65-129, 1977), "Los yacimientos de habitación durante el Neolítico y Edad del Bronce en el Alto valle del Ebro" de M.ª A. Beguiristain ("T. A. N." vol. 3, pp. 59-156, 1982) y "La industria lítica de la Prehistoria reciente en la cuenca del Ebro" de A. Cava ("Boletín del Museo de B. A. y Arqueología de Zaragoza", 1987).


Evolución

Esquema de evolución de las culturas prehistóricas en Navarra.

  • Las gentes del Paleolítico

La primera ocupación de parte del territorio se pudo dar no hace mucho más de unos 150.000 años según se deduce de la tipología y técnicas con que se elaboraron algunos instrumentos de piedra tallada, recogidos fuera de contexto estratigráfico. Es el caso de varios lotes de la sierra de Urbasa, atribuibles al Paleolítico Inferior terminal o al Paleolítico Medio de su tradición, y de otros hallazgos aislados en terrazas del Ega (Zúñiga, Estella), del Irati (Lumbier) y diversos sitios. El importantísimo conjunto de industrias y fauna del destruido lugar de Koskobilo contiene elementos de segura referencia arqueológica al Paleolítico Inferior y/o Medio y a la primera mitad del Superior (Auriñaco-Gravetiense y Solutrense); el depósito de Mugardia en Urbasa se ha revelado como un rico yacimiento de taller atribuible con probabilidad al primer tercio del Paleolítico Superior, seguramente en relación con el próximo sitio de Koscobilo.

En el final de la última glaciación (Würmiense IV o Tardiglaciar: circa 14.500 a 8.200 años a.C.) tiene lugar el desarrollo de la cultura magdaleniense, cuyos testimonios empiezan a definirse con seguridad en Navarra en cuanto a cronología absoluta, entidad industrial y paleoambiente. El Magdaleniense inferior de Abauntz, nivel E, se produce en torno a la primera mitad del XIV milenio antes de nuestra era; el probable Magdaleniense medio de Berroberría, nivel G, a mediados del XIII; por entonces, de acuerdo con sus caracteres estilísticos (sea Magdaleniense inferior o medio), se realizaron grabados de algunos animales en las paredes de Alkerdi; el Magdaleniense superior de Berroberria, nivel E, se fecha en la segunda mitad del XII milenio; mientras que el final del Tardiglaciar (Paleolítico terminal o Epipaleolítico inicial), con los períodos climáticos de Alleröd y Dryas III, se presenta en el nivel II de Zatoya en la primera mitad del X milenio. La ocupación como taller del yacimiento del abrigo de Portugain -en condiciones periglaciares (Dryas III, probablemente)- tuvo lugar a mediados del IX milenio.

  • Las formas culturales del Epipaleolítico

En la transición a la actualidad climática, el Epipaleolítico ("Mesolítico") enraiza al final del Tardiglaciar y se extiende en los primeros milenios del Holoceno: por las etapas climáticas de la oscilación de Alleröd, del Dryas III, del Preboreal y del Boreal llegando a inicios del período Atlántico. Los niveles inferiores de Zatoya se formaron en el Alleröd (acaso en el Dryas II) y el nivel Ib de ese mismo sitio en el Boreal. El Aziliense del nivel D de Berroberria se desarrolló desde inicios del IX milenio a finales del IX; el nivel D de Abauntz se fechó a mediados del VIII. El Epipaleolítico pleno, no geométrico, del nivel Ib de Zatoya se produjo en la segunda mitad del VII milenio; el Epipaleolítico geométrico está representado en los niveles C de Berroberría, D de la Peña (a comienzos del VI milenio), B de Aizpea (durante el VI milenio) y IV de Padre Areso.

  • El proceso de neolitización

Se incorporan innovaciones técnicas (cerámica y, luego, pulimento de la piedra) y de modos de vida (agricultura, domesticación, asentamientos "urbanos") durante el período climático Atlántico, al irse afianzando las circunstancias ambientales (pluviosidad, temperaturas, cubierta vegetal...) actuales. Sus síntomas arqueológicos parciales se perciben en toda la cuenca del Ebro ya para mediados del V milenio, asentándose la neolitización dentro del IV. El Neolítico antiguo, o inicial, de Abauntz (nivel C) se dató por C 14 a inicios del V milenio (fecha que algunos aceptan con cautelas); el nivel I de Zatoia, con cerámica, es del tercer cuarto del V milenio; un asentamiento muy importante en el raso de Urbasa (Urb. 11) debió producirse en pleno Neolítico; también se atribuyen al Neolítico pleno el nivel b4 de Abauntz (fechado a mediados del IV milenio) y el depósito del III del abrigo de Padre Areso. Los ajuares incluidos en algunos de los monumentos dolménicos de zonas próximas (sobre todo en la Rioja y en la Meseta N.) permiten fechar la primera expansión de esas construcciones funerarias colectivas dentro, al menos, del Neolítico reciente: probablemente ya a fines del IV milenio.

Dataciones absolutas del contexto megalítico vecino (en Kurtzebide en Alava, en Collado Palomero II y Portillo de Los Ladrones en Rioja) muestran el pleno arraigo de esas tumbas en la I primera mitad del III milenio. Los depósitos funerarios del Neolítico avanzado, del Eneolítico (Calcolítico) y de la Edad del Bronce -sea en el interior de cuevas o en sepulcros artificiales- son más numerosos que los lugares de habitación conocidos. En Navarra se han catalogado cerca de trescientos cincuenta dólmenes (o, en casos, simples acumulaciones de elementos menores -"túmulos"-). Parecen agruparse en sectores o estaciones por parejas (cordales montañosos, altiplanos, majadas, vías de trashumancia, ...): así los más llamativos de Aralar, Urbasa-Andia, Larrun, Auritz, Ronkal o Artajona. La mayor parte de los dólmenes navarros se sitúa en altitudes comprendidas entre los 700 y los 1.000 m. en parajes de montaña de uso pastoril; excepcionales resultan las estaciones megalíticas de zonas medias (Artajona) o de medio pirenaico elevado (Ronkal y otras).

  • Los inicios de la metalurgia: Eneolítico y Edad del Bronce

El Eneolítico y el Bronce Antiguo tienen su desarrollo en la segunda mitad del III milenio y en el primer cuarto del II; el Bronce Pleno y Final (que empalma ya con la Primera Edad del Hierro) encajan en la segunda mitad de ese II milenio. La ocupación del Eneolítico y Edad del Bronce en el abrigo de La Peña se controla en una serie de dataciones C14 desde mediados del III a comienzos del I; el nivel b2, de entrerramientos, de Abauntz se fechó en 2.290 ± 140. Las primeras evidencias de la cerámica campaniforme (según dataciones de Alava y Rioja) remontan el siglo XXII a. de la era. Pinturas esquemáticas del abrigo de Montañeros (en Etxauri), con figuras humanas y de algún cáprido, y grabados estilizados de la peña del Cuarto (en Learza) ofrecen las características del estilo de la Edad del Bronce. Los paleantropólogos aseguran que en estas épocas debía estar ya establecida la composición básica de las poblaciones del ámbito pirenaico y de la alta y media cuenca del Ebro. Coexisten aquí, con matizaciones según zonas, los tipos pirenaico-occidentales o vascos y los mediterránidos gráciles con otros grupos minoritarios (restos paleomorfos, "islotes" alpinoides, p.e.). Sobre ese panorama "racial" se asientan a lo largo del II milenio (así algunos de los depositados en el covacho sepulcral de Urbiola) y hasta época histórica diversos grupos foráneos ("nórdicos", braquicráneos de distintas ramas) que completarán aquel mosaico étnico que, con dificultades, no aciertan a explicar bien al final de la Protohistoria los eruditos y corógrafos greco-latinos.

  • La Edad del Hierro y los grupos protohistóricos

Diversas oleadas de invasores procedentes del otro lado del Pirineo ("celtas", "hallstátticos" o centroeuropeos, según opiniones) llegan a la Península Ibérica en oleadas, a partir de los años 1000/900 a.C.; se instalaron en la Meseta y en otras áreas occidentales (cuenca del Ebro, Cataluña, ...). Arqueológicamente se han distinguido en esas épocas dos grandes períodos, la Primera y la Segunda Edad del Hierro. No son aún muchos los yacimientos de la Edad del Hierro excavados en Navarra con respecto a los ya identificados como poblados o necrópolis. Destacan en el mapa provincial tres zonas de especial concentración: el tramo superior del Arga y cuenca de Pamplona (poblados de Sansol en Muru Astrain, Leguín, Santo Tomás y San Quirico), el Sudoeste (La Custodia en Viana, o El Castillar en Mendavia) y el Sur (los poblados del Castejón en Arguedas, La Peña del Saco en Fitero y del Alto de la Cruz en Cortes, o las necrópolis de La Torraza en Valtierra y La Atalaya en Cortes).

La muestra más significativa de la Primera Edad del Hierro se ha obtenido en los niveles inferiores del Alto de la Cruz y del Castillar (a partir de los años 950 u 850 a. de C.); la ocupación de esa etapa se prolonga hasta mediados del I milenio en el propio Alto de la Cruz (con evidencias de sucesivos incendios y reconstrucciones del poblado), El Castillar, La Custodia, Sansol o Castejón. La Segunda Edad del Hierro ofrece la aparición de las vasijas elaboradas a torno y de seguido (hacia los años 350 o 300) la expansión de cerámicas pintadas de estilo celtibérico (La Custodia, Castejón, Leguín o Sansol, etc.).

En esos poblados se ponen a contribución conceptos arquitectónicos y urbanísticos bien definidos: con casas de planta rectangular que se adosan entre sí por sectores o barrios, con algunas calles centrales y con un muro común que refuerza la defensa de la topografía elevada del sitio ("castro"). En el Alto de la Cruz las casas bastante grandes disponen de tres estancias: como vestíbulo y depósito de aperos, la primera, como hogar y sitio de habitación (con bancos corridos y vasares), la central, y como despensa y cochiquera la del fondo. La piedra del lugar apenas desbastada o el tapial y el adobe se emplean para levantar los muros, los pies y vigas de maderas para asegurar paredes y techos, los manteados de barro para alisar paredes y las mamparas de cubiertas de ramaje para techar las viviendas o subdividir su interior. Molinos de mano, hornos de pan, recipientes mayores para grano, pesas de telar, cerámicas de cocina, morillos, etc. "amueblan" los recintos domésticos; broches de cinturón, pulseras, fábulas y botones de cobre o bronce, cajitas cerámicas y vasijas "de lujo" (decoradas por excisión, acanaladas, pintadas), algunos idolillos (o "muñecos") de barro componen el efectivo de uso personal de aquellas gentes.

De modo sistemático se expande en la Edad del Hierro la incineración de los cadáveres, cuyas cenizas se recogen en urnas cerámicas o se depositan bajo túmulos de piedras o de tierra. Frente a las necrópolis de tipo habitual de las áreas "celtizadas" del suroeste de Europa -como es el caso de La Torraza o de la Atalaya en la Ribera- los ocupantes del ámbito pirenáico depositan las cenizas de sus muertos bajo amontonamientos de piedras o tierra o en el centro de círculos de hitos de piedra. El catálogo de baratzak o círculos de piedra ("cromlech") en la Euskal Herria pirenaica pasa de los 600 ejemplares; unos 250 se hallan en la montaña navarra. De su excavación -practicada sobre muy pocos yacimientos de este tipo- se asegura la datación de su empleo dentro del I milenio a. de C.


Los vascones

La tribu de los Vascones ocupa en la Protohistoria el solar actual de Navarra, extendiéndose ligeramente -en sus épocas de máxima expansión- por las provincias limítrofes: por el curso del Bidasoa hacia el mar (Oiason=Oyarzun/Irún/Fuenterrabía), hacia el este abarcando la Jacetania aragonesa, y hacia el sur al otro lado del Ebro (asimilando parte del territorio de los Berones riojanos). El nombre de vascón aparece en Tito Livio; se corresponde con el de "Ouáskones" citado por el escritor en griego Estrabón y probablemente con el de "Barskunes" que llevan, en caracteres ibéricos, diversas monedas de bronce y de plata acuñadas por los años 100 a 75 a. de C. en una ceca que debe localizarse en las proximidades de Pamplona. En excavaciones del casco urbano de Pamplona por M.ª A. Mezquíriz se han apreciado, bajo los primeros niveles de época romana (correspondientes a poco después de cuando se supone que fue fundada Pompaelo por Pompeyo), cerámicas a mano de la Primera Edad del Hierro (siglo VIII o VII a.C.). Así cabría pensar que Pompeyo escogió como emplazamiento de su cuartel de invierno en el del año 75/74 el mismo lugar elevado en que Barscunes, supuesta capital del territorio tribal, se situaba.

Para A. Tovar en el étnico Vascones se hallaría una raíz indo-europea que significaría "los altos" acaso "los orgullosos" o "habitantes de un lugar elevado". Quienes invadieron parte del territorio, pasando de Aquitania a Navarra y a los inmediatos Llanada alavesa y Aragón medio, han dejado en él abundantes rastros toponímicos e incluso en la antroponimia de los indígenas (que se mantendrá en algunos epígrafes latinos). El nombre de Vascones sería, pues, aquél con el que los venidos de países transpirenaicos designaron a una de las "tribus" -la más extensa y quizá la más característica- de cuantas habitaban en lo antiguo Euskal Herria. Siendo con el tiempo el nombre de ese grupo étnico concreto el que quedó como genérico para el total de las gentes de su entorno inmediato y proximidad lingüística. Los historiadores y geógrafos antiguos distinguieron dos zonas en esta Vasconia: el Ager Vasconum o las fértiles llanuras cercanas al Ebro, con sus villas y fundos, y el Saltus Vasconum o tierra boscosa poblada por vascones más refractarios a experimentar relaciones de dominación que los labradores del sur, zona que comienza entre Ujué, Artajona, Allo y Lazagurria, es decir, en el límite de los valles navarros.

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