Enciclopedia Auñamendi
Fondo Bernardo Estornés Lasa

Buscador

Home > Auñamendi > NAVARRA - NAFARROA (INSTITUCIONES)

NAVARRA - NAFARROA (INSTITUCIONES)


El Reino

El Reino.

De la desmembración del ducado de Vasconia por Carlo Magno quedaron a la deriva en 768 una serie de tierras, comarcas, valles y pequeños países más o menos solidarios ante las agresiones del N. y del S. por francos y musulmanes. De ese estado de cosas se perfilan dos centros integradores, uno al N. del Pirineo, la Wasconia, y otro al S., Pamplona. Así como en toda la época vascona (476-824) el centro integrador fue el propio Pirineo, fortaleza y refugio simultáneamente, más tarde es Pamplona la que protagoniza un movimiento integrador al amparo de la comarca Banu Kasi (Rioja-Ribera-Tarazona). El artífice es Eneko Arista o Aritza. La comarca de Pamplona y la comarca de Navarra (la vieja) se unen en la lucha bajo el cetro de Eneko, primer rey de los pamploneses, y denominado «El Vascón» para diferenciarlo de su hermanastro Eneko «el Banu Kasi». Desde principios del s. IX (824) puede señalarse ya la existencia de un rey en Pamplona, entendida ésta ya como Reino, como territorio político. En adelante cuando una crónica musulmana diga que sus tropas entraron en Pamplona se sobrentiende que en el Reino, no precisamente en la ciudad y capital. El Reino así emergente se consolida gracias a la voluntad férrea de Eneko y a la actitud colaboradora de la familia sangüesina Ximenez y de la tudelana Banu Kasi, los más importantes cabezas de linaje. Existen, pues, límites de dominio no muy conocidos pero quizá más extensos de lo que acostumbran señalar nuestros historiadores. Al Reino que así nace, se le llama Pamplona hasta que a mediados del s. XII comienza a hablarse de Reino de Navarra. Los límites del Reino llegan a establecerse mediante testamentos o tratados. Y llega un momento en que cristaliza con carácter jurídico y definitivo, como en el testamento de Sancho el Mayor en 1035 o en el tratado de Támara de 1127. En algunas escrituras se habla ya de mojones, es decir, de piedras hincadas en tierra como señal de límite. Es notable el «canto» de Atapuerca o «fin de Rey» situado a pocos kilómetros de Burgos donde fuera asesinado el rey de Navarra don García el de Nájera en 1054. Los vecinos burgaleses denomina aún a los de Atapuerca y Ages, con sentido despectivo, «los navarros», casi mil años más tarde se recuerda todavía la frontera navarro-castellana. Cuando se perdió Vizcaya hacia 1175 se colocó el mojón navarro cerca de Amorebieta (Vizc.), que fue arrancado por los vizcaínos, ya que antes la muga estaba en las cercanías de Castro Urdiales, mucho más allá de Bilbao. Clásicos límites fueron siempre por ese lado los Montes de Oca.

Pamplona, capital del Reino. Desde antes de la fundación del Reino por Eneko Arista o Aritza era Pamplona la ciudad de los vascones, mantenida en su poder, perdida y vuelta a reconquistar. Ya en 798, Mutarrif, hijo de la viudad de Aritza padre, casada con Muza, de los banukasis era gobernador de Pamplona. De este parentesco de Eneko con los banukasis pudo derivarse la independización de Pamplona. Pamplona, desde entonces surge como capital del naciente Reino. Pero quien se asienta en ella y la convierte en verdadera capital es Sancho I Garcés (905-925). Desde entonces es el centro de donde irradia la reconquista y seguridad vascona principalmente por las tierras cercanas al Ebro. En esta primera fase no suena apenas Navarra porque es una pequeña región alrededor de las Amescoas. De ahora en adelante suena el título de Reino de Pamplona desde Jaca hasta el Baztán y desde el Pirineo a las cercanías del Ebro. El citado don Sancho I había declarado a la ciudad de Pamplona libre de todo servicio real y enteramente franca de todo pedido del rey y en esta calidad la dio con todos sus términos y posesiones a la iglesia de Santa María, luego catedral. Durante este reinado y en aquella terrible entrada de los moros por Carcastillo y Liédena hasta Pamplona fue destruida la ciudad y arrasada la catedral, en la que el rey había invertido cuantiosos tesoros. Se supone que entonces se traslada la sede iruñense al monasterio de Leire. Andando el tiempo crece la importancia de Pamplona hasta verse en la necesidad de ampliar la población con elementos traídos de fuera al amparo de fueros beneficiosos: así nacen los barrios de San Cernín, San Nicolás y San Miguel, apiñados junto a la vieja Iruña constituida por naturales en el barrio de la Navarrería. Este modo de repoblar la ciudad trajo grandes calamidades a Pamplona durante varios siglos. En realidad, los cuatro barrios eran cuatro ciudades con sus leyes, intereses, odios y envidias. Los muros de separación iban a ser testigos de escenas vergonzosas, actos de heroísmo y verdaderas batallas en ocasiones. Restituida Santa María de Pamplona en sus derechos y bienes, inicia el monasterio de Leire la edificación de la nueva catedral sobre las ruinas de la anterior que sería, sin duda, un templo de modestísimas proporciones que sirviera de cátedra al obispo y sala de reuniones en los grandes acontecimientos de carácter nacional. Bajo el reinado de Sancho el Mayor se colocan las primeras piedras de los cimientos de la nueva iglesia catedral. Los problemas de un reino acosado por musulmanes, castellanos y aragoneses, revisten casi siempre caracteres de gravedad extrema. Se juega el Reino su propia existencia. Eso en cuanto al exterior porque los problemas internos son problemas de hombres, vituallas, justicia y dinero. El rey necesita consejeros, que suelen hallarse entre los familiares, ricoshombres, obispos y señores. En los documentos reales, donaciones, privilegios, fueros, etc., suelen intervenir como confirmadores una serie de personajes que varía de unos documentos a otros. El rey se asesora, en cada caso, de los hombres más influyentes, de los más interesados en el asunto de que se trate y de los obispos. Cuando se añaden los condes y señores de villas y tierras se da más importancia y fuerza al documento. Confirmar, es, de por sí, acompañar su firma a la del rey, estar conformes. Cuando se trata de un asunto muy particular se suele titular el rey, reinando en las tierras importantes y, en particular, en los señoríos más interesados. Así, se dice el Batallador «reinando en Tudela, en Roncal, en Nájera». Cada caso ofrece sus características. En una escritura de concordia con los canónigos de Tudela decía el Obispo de Tarazona en enero de 1131 que García Ramírez reinaba «en Pamplona; Alava, Vizcaya, Ipuzkoa y Tudela». Esta última se cita como interesada en el asunto, los otros, como importantes. Veamos la inclusión de Logroño en otro documento del mismo rey en 1136: «reinando en Pamplona, Tudela, Logroño, en toda Navarra y en todas las Montañas». Obsérvese la separación de Pamplona (la vieja) de las Montañas (los valles del Pirineo). De igual orden es esta otra escritura del año 1141 en la que se titula reinar «en Navarra, Logroño, Valdonsella y en todas las Montañas». De la misma forma van apareciendo en diversos documentos Sos, Estella, Deyo, Baztán, etc. Pero cuando se entrevista con el rey de Castilla en Tudejen, el año 1146, ante el exterior, dice simplemente reinar en Pamplona. El Reino, es pues, Pamplona, y los demás títulos, referencias honoríficas o de importancia. Ninguna de las tierras ofrece diferencias entre sí. Y aún en ocasiones, confirman condes y señores cuya tierra se halla lejana al lugar donado. Por ejemplo, en 1042 cuando el rey dona el monasterio de Lisabe en el oriente del Reino, en el valle de Salazar, vemos firmar a los cuatro obispos y a los señores don Aznar Fortúñez, Mayordomo Mayor; don Eneko López de Vizcaya, Maestresala; don Sancho Datiz, Caballerizo Mayor; don Galindo Iñíguez, Botiller Mayor. Del mismo modo en 1043 dona el rey la villa de Ororbia, cerca de Pamplona. Firman los obispos de Nájera, de Pamplona y de Alava, y los señores don Fortuño Sánchez, ayo, con el honor y gobierno de Nájera, don Aznar Fortúñez, el conde don Nuño González, que lo era en Zillorigo, Término y Lantarón; don Sancho Fortúñez, don García Oriolez, don Iñigo López, don Sancho Fortúñez, don Eneko López de Vizcaya, etc. Y no solamente intervienen condes y señores del occidente del Reino, como los mencionados de Vizcaya y Alava, sino del interior costero, de Ipuzkoa. Se trata, p. ej., de la donación de una tierra cerca de Navascués, tocando al Roncal. La donación se hace al monasterio de Leire y la confirman «reinando Sancho rey en Nájera y en Pamplona...» Y luego confirman el obispo de Pamplona y el de Nájera y los señores «Garsea Xemenone en Ussue (Ujué), Fortunio Lópiz en Punicastro, Marcelo en Marañón, Eximino Fortuniones en Meltria, Eximino Azenáriz en Tafalla, Garsea Azenáriz en Lerín, Sancio Fortuniones en Navascués, Fortunio Azenáriz en Funes, Sancio Fortuniones en Peralta, Eneco Saniz en Arles, Fortunio Sanciz en Falces, Eximino Garceiz en Baztán, Orbita Azenáriz en Ipuzcoa, etc.». La firma y sello del Rey sirve para dar validez y fuerza al documento y las de obispos y señores para confirmar en nombre de las diócesis, tierras y villas. El personaje principal es el Rey que rige al país, manda los ejércitos, nombra a los gobernadores y tenientes, jueces y demás cargos públicos. En los asuntos muy importantes, como la declaración de guerra, de treguas o de paz u otras decisiones de carácter extraordinario el Rey se valía de sus consejeros con tradición en los doce ricoshombres naturales del Reino o los «doce más ancianos y sabios de la tierra» citados en nuestro texto foral.

Bernardo ESTORNÉS LASA

Bernardo Estornés Lasa
Idoia Estornés Zubizarreta
Iñaki Muguerza Ribero


Images

Our Sponsors