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MÉXICO o NUEVA ESPAÑA


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Catalina de Erauso

Catalina de Erauso. La Monja alférez llegó a México en 1630, provista de una real cédula de Felipe IV, que presentó al virrey marqués de Cerralvo. Por este documento se le concedía una recompensa por sus servicios, de 500 pesos anuales. Cantidad pagadera en México, Perú o Manila. El virrey le pagó en el acto y la invitó a su tertulia que frecuentó durante varios años y que amenizaba con el relato de sus aventuras. Su vida transcurría entre la mesa de juego, las oraciones y sus no abandonadas devociones. Cansada de esta vida cómoda volvió a su vida aventurera, libre, rica en lances y desafíos. Su fuerte contextura física le permitió aventurarse de arriero, con su recua de mulas llevando mercaderías de Veracruz a México y viceversa, ruta en aquellos tiempos sembrada de peligros. En uno de sus viajes trasladó a una bella joven desde Jalapa a la capital. A pesar de ser mujer, Catalina se enamoró de la dama. Al saber que iba a casarse con el rico hidalgo Javier de Ordoñez, cayó enferma gravemente. Ya repuesta retó a duelo al hidalgo. Hubo mediadores que la forzaron a hacer las paces, pero seguía con la idea de matar al hidalgo. Un día que la monja alférez se dirigía a un garito por un peligroso callejón vio al hidalgo que, con espada y broquel, se defendía desesperadamente de cinco atacantes que estaban a punto de acabar con él. Viendo aquella felonía, Doña Catalina, con espada y daga desnudas gritó al tiempo que atacaba: -Señor hidalgo, los dos a los que salieren. Llegó gente que levantó a los muertos y heridos. Catalina no esperó que Ordóñez le diera las gracias, gritándole, rencorosa: -Señor hidalgo, ¡como de antes! Volvió a la vida de los arrieros llevando ropas y otros géneros desde Veracruz a México y viceversa. El año 1650 murió en la villa de Quitlanta. Se hizo un suntuoso funeral. El arzobispo de México don Juan Palafox y Mendoza, navarro de Cintruénigo, pensó poner en su sepulcro un epitafio honorífico y quiso llevar sus huesos a la ciudad de Puebla de los Angeles. En el siglo XVII aparecieron en México varias relaciones sobre la vida de la Monja Alférez, Catalina de Erauso. Una editada por la viuda de Bernardo Calderón, otra por Hipólito Ribera, mercader de libros, en 1653. La otra, Ultima y tercera relación, sin más datos. Y más adelante la conocida de Valle Arizpe, Artemio; incluida en su obra De la Nueva España, pp. 42-60. Otras ediciones mexicanas: la edición de N. León, 1923; L. A. Rodríguez, incluida en Novela histórica americana, 1937. El padre capuchino fray Nicolás de Rentería, siendo seglar, la conoció en Veracruz el año 1645. Entonces se llamaba don Antonio de Erauso, y tenía una recua de mulas en que conducía con unos negros ropa a diferentes partes. Se le tenía por sujeto de mucho corazón y destreza y que andaba en hábito de hombre. Otro contemporáneo decía que había sido retratada por el pintor Francisco Crecencio.

Mariano Estornés Lasa


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