Bandidaje: presencia vasca. En la crónica colonial de Valle-Arizpe, La nueva España, en el capítulo El resucitado, aparece el capitán de bandidos "Antonio de Souza, caballero de la Orden de Cristo hijo del acaudalado don Sebastián de Souza y Ugalde, castellano que fue de la fortaleza de San Carlos de Acapulco, a quien respetaba la ciudad entera -C. de México-, fue detenido con su cuadrilla a raíz del asalto a doña Malvina Unzueta, "... que, de papahigo y con su traje de raja con franjones de plata, regresaba a caballo de su hacienda de la Palmilla, la acometieron los caballos poniendo en fuga a los criados que la escoltaban, con sólo haber matado a uno de ellos, y la despojaron como es natural, del grueso collar de perlas que siempre portaba, de las sortijas que le llenaban de luces sus manos blancas y de sus largos y profusos pendientes de oro de lustre y diamantes sobre rizados favores de seda roja y, claro está, que también se llevaron la mula que traía las apretadas talegas de pesos de una hipoteca que le habían levantado a doña Malvina". También "...dieron muerte a un pobre estudiante pardal que iba en uno de los entoldados carros cantando jácaras con los labios húmedos de vino, ya de regreso a su pueblo, después de haber oído leer los cánones en la Universidad". La galana pluma de Valle-Arizpe cuenta las peripecias de don Sebastián Souza y Ugalde para libertar a su hijo, pues toda la pandilla había sido encarcelada. Sigamos a Valle-Harizpe: "Hizo grandes regalos al virrey Laso de la Vega, conde de Monclova; intentó cohechar a los carceleros, a los señores de la Sala del Crimen, a todos los ministros de la justicia les quiso untar las péndolas para que pusieran libre a su hijo". Ante el fracaso de estos medios don Sebastián reunió una partida de desalmados que pegaran fuego a la cárcel para que su hijo se fugara en la confusión. Descubierto el intento y procesado Souza Ugalde se le condenó a destierro perpetuo a Guadalajara, junto con sus cómplices. Su hijo, el bandolero Antonio de Souza, fue condenado a ser degollado públicamente en la Plaza Mayor. Pronto corrió la voz que había muerto en prisión de un violento tabardillo". Se hicieron funerales de cuerpo presente en la iglesia del convento de Santo Domingo y se le rezó el oficio de difuntos. Esta muerte ocurría el 23 de junio de 1687. Y todo había sido una farsa bien urdida, pues habiéndolo enterrado en Santo Domingo, apareció vivo en Madrid ataviado con ricos vestidos y llevando una vida ostensible de derroche.
Mariano Estornés Lasa