Funerales de Carlos V. El túmulo que se levantó en el patio del convento de San Francisco fue obra del arquitecto Claudio Arciniega. El virrey Luis de Velasco ordenó pregonar, veinte días antes, que todos los hombres y mujeres de cualquier estado y condición que fuesen, trajesen luto en muestra del fallecimiento de tan gran monarca. En menos de tres días todos vestían de luto. Comentaba un cronista: que parecía imposible haber tantos sastres en la ciudad. Los funerales fueron el 30-XI-1559. Una inmensa procesión recorrió la ciudad, tras una cruz enlutada iban las autoridades de las tres gobernaciones del país con sus estandartes. Luego los señores de los pueblos y a continuación más de dos mil indios principales y nobles, de cuyo orden guardaban, con sendas varas, los intérpretes de la Audiencia y varios alguaciles». Seguían las órdenes religiosas, el arzobispo, de pontificical. Detrás los obispos de Michoacán Vasco de Quiroga y el de Nueva Galicia, Diego de Ayala. El pendón de la ciudad, llevado por Bernardino de Albornoz muy enlutado y llevando la falda tendida, maceros, la Real Hacienda, cuyo contador Hortuño de Ibarra llevaba el estoque desnudo en la mano derecha. La corona, en una almohada de brocado, la portaba el tesorero H. Portugal. Francisco Velasco, hermano del virrey, iba solo con el estandarte real y la falda tendida. El virrey Luis de Velasco, con la cabeza cubierta y la falda tendida, cuya punta llevaba un camarero. Seguían los oidores Orozco, Puga y Villalobos. La procesión se cerraba con la caballería, porque la gente que venía detrás, que era mucha, no se entrometiese.
Mariano Estornés Lasa