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MÉXICO o NUEVA ESPAÑA


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Doña Francisca de Avendaño, la salteadora generosa

Doña Francisca de Avendaño, la salteadora generosa. La pluma de Artemio de Valle-Arizpe nos la pinta así: "Doña Francisca de Avendaño era altozana de cuerpo, muy erguida, con fijo mirar de falcónida. El ademán suelto y brioso, la voz de mando. No hablaba doña Francisca sino en tono imperativo". Faltábale más de la mitad de una oreja, arrancada de un tirón por su padre, "un forzudo y robusto animalote", al querer reducirla a su obediencia. También le faltaba el dedo anular de la mano derecha, donde había llevado una sortija de compromiso que al romperlo se la llevó su galán con el dedo. La enlutada doña Francisca, en su casa de la calle de los Siete Príncipes, llevaba una vida recatada y sencilla. A pesar de su adustez cualquiera que llamara a su puerta recibía atención y ayuda. Socorría también al Colegio de las Doncellas, al de San Ignacio o de las Vizcaínas y a numerosos conventos y centros benéficos. Pero un mal día la benefactora fue arruinada por un "abogado trapacero de los que hay selecta abundancia en la viña del Señor", y que desapareció sin dejar rastro. Además, sus ricas tierras fueron arrasadas por el río, que cambió su rumbo llevándose consigo una sustanciosa renta. Doña Francisca ya no podía auxiliar a nadie. La que apenas se movía de su mansión empezó a viajar. Volvía con abundante dinero. Se la veía vender preciosas joyas en varias ciudades. Y reanudaba sus ayudas como antes. En ese tiempo la ciudad de México estaba consternada: casi a diario se perpetraban asaltos a trasnochadores ricos. Los hacía parar con cualquier pregunta. El forzudo bandido de un par de puñetazos los dejaba inermes y los despojaba. Los robos en las principales mansiones se sucedían. Los alcaldes de Corte, organizaron una trampa a cargo de un alguacil fuerte, diestro con la espada y el puñal, que se paseara mostrando su indudable riqueza. Por fin, una noche le abordó el robusto salteador preguntándole la hora. El diestro alguacil le respondió con una puñalada mortal. El muerto resultó ser doña Francisca de Avendaño, benefactora de pobres e instituciones en sus días de bonanza y en los de ruina. Por los contundentes puñetazos que asestaba se ve que había heredado la fortaleza racial de su padre.

Mariano Estornés Lasa


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