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Ascensio Martiarena Lascurain


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Pintor guipuzcoano nacido en San Sebastián el 8 de diciembre de 1884 y fallecido en la misma ciudad el 2 de agosto de 1966.

Abandonó sus estudios de ingeniería por los pinceles, marchando en 1902 a Paris. Se formó durante dos años en la misma bajo la competente dirección de Jean Paul Laurens, en los años del postimpresionismo, corriente estética que caracterizó toda su obra pictórica. Luego se instaló en su San Sebastián natal, viviendo en los años 30 en la villa Txabolgorri de Marrutxipi.

Fue un ferviente enamorado de su tierra natal y en sus obras repitió muchos temas, especialmente de las ancianas vascas. Llegó a ser un buen retratista de moda, sobresaliendo en los retratos de mujeres, que fueron admirados y muy elogiados, siendo además, muy bien considerad su faceta de profesor. Fue uno de los fundadores de la Asociación de Artistas Vascos, de Bilbao.

Concurrió a las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes en 1904, 1912, 1915 y 1917. Además celebró exposiciones en Canadá (1916), París (1921 , 1924, 1925 y 1936), Bilbao (1921), Donostia-San Sebastián (1910 y 1928, 1950 y 1960). Tomó parte en la I Bienal Hispanoamericana de Arte de 1951. En 1912 ganó por oposición la plaza de profesor de Dibujo de la Escuela de Artes y Oficios de San Sebastián, y en 1915 fue nombrado académico correspondiente de San Fernando. Permaneció en la escuela hasta 1936 en que tuvo que exiliarse y perdió su plaza. No pudo volver hasta 1941. Ya antes de la fecha había tenido discípulos tales como Antonio Valverde y Jesús Olasagasti.

Al volver a su ciudad natal instala una academia donde se formarían importantes generaciones de artistas jóvenes tales como Marta Cárdenas, Carlos Bizcarrondo, Laura Esteve, Mikel Forkada, Ana María Parra o Carlos Sanz. Con motivo de las Bodas de Oro con la enseñanza en 1960 se realizó un emotivo acto que tuvo lugar en las Salas Municipales de San Sebastián.

Premios obtenidos: Mención Honorífica en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1904, con el cuadro Mercader moro; Tercera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1915, con los cuadros Retrato y A la misa mayor; Tercera medalla en la Exposición de Arte celebrada en Panamá en 1916; Premio de Honor en el Certamen de Navidad de San Sebastián en 1950, con el cuadro La Bretona.

Sus obras más conocidas: Rita (mujer vasca), El Rosario, Madre vasca, Retrato de señora, Cacharrera castellana, Desnudo, Puente del Sena, Retrato de mi padre, Retrato de don Miguel de Unamuno, Playa Bretona y los dibujos Americanita y La mirada, Tríptico de la entrada del Teatro Victoria Eugenia de San Sebastián (Música, Poesía y Danza) y muchísimos paisajes y retratos.

Mayi Setién Laboa dividió así la selección de obras presentada en la Exposición Antológica (CAM San Sebastián) de 1983:

Los retratos de mujeres. Con un gran dominio de la técnica al pastel realizó una serie de retratos de mujeres, con los que tuvo mucho éxito en París entre los años 1924-1926. Retratos que por otra parte son el resultado del gusto de una moda dentro de la burguesía parisina. Son retratos de la cara y en algunos sugiere los hombros, donde con la combinación de los tres colores (sanguina, blanco y negro) logra captar la sensación de carnosidad y el aspecto psicológico del retratado. En casi todos ellos la luz es lateral y suave donde la transición de la luz a la sombra se hace de manera suave buscando siempre la armonía con el fondo. La luz es vaporosa, envuelve todo el cuadro, existiendo una relación de fusión y no de contraste con el fondo.

Retratos de tipos populares. Tanto la técnica como el planteamiento de estos cuadros son claramente diferentes a los anteriores. Primero hay una mayor proximidad del retrato con el espectador, trayendo la figura muy a primer plano. Son figuras que sugiriéndonos el cuerpo entero son recortadas por la cintura o quizás más abajo. En estas figuras el dibujo está muy presente, y la pincelada larga pero cortada se hace muy decidida y rotunda. Además hay un interés por marcar los perfiles con un color más oscuro, de tal manera que da una expresión de mayor carácter, evocando el volumen de la figura. Así como en los retratos de mujeres la suavidad y la sensación de vaporosidad venía dado por la luz suave lateral, aquí también esa fuerza expresiva viene ayudada además por la luz. Una luz que se hace más fuerte, más blanca y más frontal, adquiriendo mucha importancia aquellos elementos que el pintor considera como necesarios para dar el ambiente al personaje, buscando lo cotidiano. Esta luz al ser más blanca hace más rotundo el paso de las zonas iluminadas a las Zonas ensombrecidas.

Los paisajes. Quizás lo menos reconocido de su pintura, y sin embargo es donde Martiarena llega a desarrollar totalmente su calidad artística. Parte en su pintura y en concreto en sus paisajes de una visión carente de todo elemento intelectual. La suya es una visión positiva, fuera de querer llevar contenidos y mensajes. Hay que entender su pintura según el contacto que tuvo en París con las corrientes del momento, adaptándose al paisajismo impresionista. Su preocupación fue "el saber ver", la captación de lo natural de una manera directa. Preocupación que, por otra parte, intentó inculcar a los alumnos en sus clases de dibujo, a lo que se dedicó toda su vida. Son paisajes dentro de las características del impresionismo en cuanto a la composición, dentro de una visión oblicua que hace que la línea del horizonte sea muy alta, buscando la profundidad por medio de la sucesión de planos casi siempre: el utilizar el tema como pretexto para recrearlo en diferentes momentos atmosféricos; un ejemplo lo tenemos en su serie de paisajes realizados desde su estudio de Txabol gorri en los años 1933-34. Cambia la gama de colores empardecidos de sus primeros cuadros, por una paleta de mayor riqueza colorista, introduciendo un grado mayor de matices, según la luz, llena de cambio y modulaciones. Martiarena fue siempre muy vital y atrevido en el uso del color, utilizando colores jugosos que dan luminosidad, agresivos a veces en sus colores complementarios, buscando una riqueza cromática y riqueza tonal. Esta conjunción del color y la luz, Martiarena la realiza con una pincelada larga y continuada que se desliza sobre el cartón construyendo el paisaje. Calle de Soria (1942); apuntes del paisaje rápidos en cartones de pequeño formato, resultando la pintura más abocetada de su obra. En otros cuadros sobre lienzo de mayor tamaño hay un mayor detenimiento en hallar los matices mediante pinceladas yuxtapuestas, buscando los tonos instantáneos e imprecisos de la luz sobre las cosas. Ahora bien, la captación de esa atmósfera, que en impresionistas como Monet desvanece las formas, con Martiarena no pasa nunca, ya que el dibujo, el poder estructurar el paisaje no lo pierde nunca. Hay siempre una fuerza en sus composiciones que viene dada por la fuerza del dibujo. Con esto se ha querido ver la obra de Martiarena como ejemplo en recibir la influencia de Regoyos en cuanto pintura impresionista, y de Zuloaga en cuanto a la utilización de la fuerza del dibujo.

En 1983 el crítico Juan Antonio García Marcos publica una importante Biografía (CAM, San Sebastián) de este maestro de la pintura contemporánea vasca.


Ainhoa Arozamena Ayala


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