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Xabier María Munibe Idiáquez

Conde de Peñaflorida.


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Ilustre personaje guipuzcoano, miembro de la estirpe de los condes de Peñaflorida, que nació el día 23 de octubre de 1729 en Azcoitia -la antigua San Martín de Iraurgui-, pequeña población que, sin embargo, figuraba ya entonces entre las más importantes de Guipúzcoa. Falleció en Vergara el día 13 de enero de 1785.

Era hijo de Francisco de Munibe e Idiáquez y de María de Idiáquez e Insausti; sus abuelos paternos fueron Francisco Antonio de Munibe Ugalde y Luisa de Idiáquez Zaldivar, y como abuelos maternos figuraron Antonio de Idiáquez y Eguía y Luisa María de Insausti e Ibarra. Todos ellos pertenecieron a distinguidas familias de la aristocracia vasca y según algunos elementos biógrafos de nuestro Munibe, entre sus antepasados hubo santos -como Ignacio de Loyola o Francisco de Xavier- y miembros de las dinastías reales francesa, normanda y navarra. Bautizado el mismo día de su nacimiento, el personaje que nos ocupa recibió al ser cristianado los nombres de Francisco Xavier, María, José, Francisco, Joaquín, Felipe, Félix, Jacinto e Ignacio.

Son muy escasos los informes referentes a su infancia, que transcurrió en su villa natal, en la "Dukeko etxea" o Casa negra, sita en el centro de Azcoitia y próxima al río. Pero sabemos que a pesar de la excepcional prosapia familiar, no se encomendó a ningún preceptor la educación de este personaje, enviándolo para conseguirla al Colegio regentado por los Jesuitas, en el que junto a compañeros de todos los niveles sociales, adquirió los conocimientos de primeras letras y de la gramática y enseñanza elemental: este modo de proceder, al parecer intranscendente, tuvo una destacada influencia en la formación de su carácter y en la manera de actuar luego a lo largo de su existencia. Como por otra parte el ambiente familiar, en lo que a modales se refiere, era selecto, el asiduo contacto con los colegiales no interfirió desfavorablemente en su refinamiento social; y ello porque como refiriéndose a esta particularidad afirmó uno de sus más estrictos biógrafos: "en su casa aprendía las costumbres y modales de caballero y fuera de ella se acostumbraba a tratar noblemente con toda clase de personas".

El Colegio antes mencionado, que había sido fundado con intervención de un antecesor de Munibe a fines del siglo XVI, ocupó probablemente la casa-torre de Olano y gracias a su excelente profesorado, fue favorablemente acogido por los azcoitianos. Alrededor del año 1732, tras de una reforma y ampliación de los planes de estudios de ese Centro escolar, nuestro biografiado recibió en él enseñanzas de Latinidad, terminadas las cuales y siguiendo una costumbre muy arraigada entre las familias acomodadas del País Vasco, fue enviado al extranjero para ampliar y perfeccionar su formación cultural. Desde 1742 estuvo en Toulouse (Francia) cursando en el Colegio jesuita de dicha población estudios superiores de matiz muy variado, entre los cuales figuraron los de carácter científico puestos de moda por el Enciclopedismo galo. En ese Centro de enseñanza, dotado de un personal docente muy valioso, adquirió Munibe una excelente formación moral y cultural; y todo ello a pesar de que según propia afirmación, fue en su juventud "descuidado y poco aplicado e incluso flojo" para el estudio, cualidades que no aparecen luego en su fecunda existencia. Además cimentó simultáneamente una sólida amistad con varios padres jesuitas, algunos de los cuales fueron luego valiosos consejeros en el desarrollo de las tareas culturales de nuestro biografiado.

En el otoño de 1746, y por haber fallecido su padre, regresó a Azkoitia para hacerse cargo de los asuntos familiares; y poco más tarde, el 3 de junio de 1747, cuando apenas contaba diez y ocho años de edad, contrajo matrimonio en Oñati con María Josefa de Areizaga e Irusta, hija de José de Areizaga y Corral y de María Josefa de Irusta y Aguirre, barones de Areizaga. Al suceder a su padre, Munibe entró en posesión de una crecida fortuna, en la que figuraban varios importantes Mayorazgos, de los cuales el más antiguo era el de Apraiz, instaurado en 1559, si bien los más valiosos fueron el de Insausti (de 1622) y sobre todo el de Munibe, cuya titularidad era aneja a la dignidad de conde de Peñaflorida y cuya fundación se había llevado a cabo en la villa de Marquina el año 1719. Parece inútil indicar que el personaje aquí biografiado pasó simultáneamente a ostentar el título nobilario ya citado, otorgado por el rey Felipe IV en 1635 y en el que correlativamente ocupó el octavo lugar. Después de casados, el nuevo conde y su esposa se instalaron en el propio Azkoitia, con el fin de estar a proximidad de su madre, la condesa viuda, a la que cuidaron y atendieron hasta su fallecimiento, ocurrido el año 1749. El nuevo matrimonio ocupó el palacio de Insausti, de propiedad familiar, y en el que fueron realizadas obras de mejoras y adaptación, equipándolo y alhajándolo según el estilo, costumbres y modas de la época.

En esa residencia, que ocuparon permanentemente hasta 1767, llevaron una vida de intensa actividad social; y allí, en el transcurso de los años, vinieron al mundo cuatro hijos-Manuel María, Ramón María, Antonio María y Luis Xavier- y dos hijas -Juana María y Anastasia- cuya vida posterior fue muy diferente en duración y particularidades. Muerto en edad temprana el primogénito, pasó a beneficiarse de los privilegios de primogenitura su sucesor, Ramón María, nacido en 1751, que fue uno de los predilectos del padre, quien le proporcionó una amplia y refinada cultura científica, primero en nuestro país y luego enviándolo a realizar un largo viaje de estudios por los países de la Europa central, Francia, Suecia e Italia. Pero a poco de regresar de dicho viaje, Ramón M.ª falleció en Marquina en circunstancias aún no bien conocidas; la sucesión de Munibe recayó entonces en el tercer hijo, Antonio María, nacido en 1754: éste recibió también, en su juventud, una importante formación cultural y científica.

Al margen de los avatares mencionados, Munibe, cuando había alcanzado su pleno desarrollo físico y espiritual, era un hombre de talla corriente pero de cuerpo voluminoso y con un peso que rebasaba los cien kilos. Poseía una voz atenorada y pese a su corpulencia, se movía con gracia, acusando en sus finos modales el influjo de la educación francesa; vestía y se acicalaba a la moda de entonces, con la elegancia propia de las gentes de su categoría social pero sin exageraciones que contrastasen con la provervial sencillez evidenciada reiteradamente en todas las situaciones de su vida. En lo espiritual, Peñaflorida, aunque denotaba un claro afrancesamiento e incluso marcadas influencias del Enciclopedismo cultural vigente por entonces en Europa, no dejó nunca de conservar la moral limpia y estricta propia de un cristianismo verdadero, aprendido en el ambiente familiar y jamás olvidado ni traicionado. Buena prueba de ello es que ni él ni sus múltiples y variadas actuaciones no fueron nunca censuradas por los Tribunales del Santo Oficio. De esa formación espiritual, constantemente refinada, y de la naturalidad y sencillez de todas sus actuaciones -aprendida a la vez que las primeras letras por la convivencia frecuente con gentes de todas clases sociales- derivó probablemente buena parte de la simpática atracción que en nuestro personaje apreciaban sus convecinos y cuantos disfrutaban de su trato. Así lo reconocen la generalidad de sus biógrafos, y tales cualidades fueron asimismo una de las principales bases del poderoso influjo que ejerció sobre el medio social y humano donde se desarrollaron sus variadas actividades.

Según ya hemos indicado anteriormente, esas actividades fueron tan numerosas como diferentes, y entre ellas debemos señalar, en primer término, las que como mentor y consejero dedicó a sus deudos, encaminadas totalmente tanto a guiar sus pasos por la vida como a subvenir todas sus necesidades espirituales y materiales, y así se pone de manifiesto en su numerosa correspondencia familiar. Junto a esas actuaciones y también con carácter íntimo, deben ser recogidas las que fueron reclamadas por la administración de su crecida fortuna, en la que al figurar legados heterogeneos, hubo de atender con tino y prudencia a las particularidades de cada uno de ellos, lo que le llevó a participar en múltiples actividades económicas dentro y fuera del ámbito territorial euskaldún. Todo ello no le distrajo de participar intensamente en la vida social; y no sólo tomó parte en reuniones y saraos aristocráticos, sino que participó también en fiestas y romerías populares, mezclándose llanamente con gentes de todos los niveles sociales. Trató con los reyes, con las autoridades superiores de la nación y con numerosos personajes destacados de su época, sin desdeñar por ello mantener relaciones diversas con toda clase de gentes: así lo prueba el contenido de sus cartas y su actitud frente a los acontecimientos del diario vivir. Por otra parte, como era entonces normal en las personas del estamento nobiliario, nuestro Peñaflorida intervino en las tareas políticas, no sólo en su villa natal, sino también en el resto del País Vasco e incluso fuera de él.

Fue alcalde de Azcoitia durante el bienio 1747-48, ocupando nuevamente la presidencia de dicha Corporación municipal en 1755 y en 1765. Con todo ello, además de servir a su pueblo, continuó la tradición familiar que ya desde el siglo XVI había llevado a la mencionada alcaldía a numerosos miembros del clan Peñaflorida. Con el cargo antecitado ejerció también el de diputado general de Guipúzcoa en los años 1746, 1750, 1754, 1758 y 1761 y fue además diputado a Cortes en 1758, realizando como tal acertadas intervenciones en favor de su provincia, que ocupó siempre un lugar preferente en la escala de sus afectos y a la que dedicó ilusionadamente, durante largos años, lo mejor y más selecto de sus actuaciones, trabajando sin desmayo para conseguir el deseado progreso de su txoko y el mejoramiento del nivel de vida de los guipuzcoanos. Todos los cargos políticos que con lealtad y hábil actuación había servido nuestro biografiado le depararon, indirectamente pero con justeza y precisión, una información amplia acerca de la situación socieconómica de sus conciudadanos, que procuró luego perfeccionar mediante la elevación del nivel cultural de las clases populares, destinando esa elevación a satisfacer adecuadamente las necesidades de la cotidiana existencia. Y ese pensamiento, permanentemente presente y renovado día tras día, fue el que transformado más tarde en hechos reales, sirvió de base y fundamento a la extraordinaria labor cultural llevada a cabo por nuestro Munibe.

El continuo proceso evolutivo seguido por el paso del pensamiento a la acción tuvo su iniciación en unas tertulias, que siguiendo una costumbre de la época difundida por todo el territorio nacional, se desarrollaron largamente en Azkoitia, en el palacio de Insausti, bajo el patrocinio y la presidencia de su propietario el conde de Peñaflorida. Esas tertulias, al principio de carácter meramente social, fueron luego institucionalizadas, transformándose en reuniones cultas en las que los numerosos concurrentes trataban alternativamente, y de acuerdo con un plan preestablecido, temas de Filosofía, Literatura, Historia o Ciencias, acompañando a ello diversos experimentos con aparatos y máquinas de varias clases; además, algunos días y en especial los domingos, eran dedicados a representaciones teatrales o a hacer música. Por cierto que en esta última actividad nuestro conde realizó excelentes aportaciones, pues dedicado a ella desde temprana edad, había llegado a conocer incluso las técnicas de armonía y composición, lo que le permitió ser autor de diversas partituras, entre las cuales figuraran algunas de música religiosa como Irten ezazu y otra, titulada El borracho burlado, que tenía carácter y categoría operística. La labor de las antecitadas tertulias pasó pronto a conocimiento público y fue comentada y discutida favorable o desfavorablemente. Uno de sus principales censores, el jesuita Padre Isla, apostilló a los que asistían a las mismas con el nombre, ya jamás olvidado, de los "Caballeritos de Azcoitia". Estos, dirigidos y tutelados por Peñaflorida, presentaron el año 1763 a las Juntas de la Provincia reunidas en Villafranca, un Plan de una Sociedad Económica o Academia de Ciencias, Artes útiles y Comercio destinado a hacer efectivos los proyectos culturales del grupo encabezado por nuestro personaje. Aceptado por la Junta el mencionado Plan, la Sociedad quedó constituida en Vergara el día 24 de diciembre de 1764; después de ser también aprobada y favorablemente acogida por el monarca reinante, tomó el nombre de Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, siendo elegido director de la misma el conde azcoitiano. Queda fuera de lugar el seguir la evolución de la mencionada entidad culta, a la que su director asignó fundamentalmente tres misiones principales: perfeccionar y dar forma utilitaria a los estudios primarios, hasta entonces mal establecidos y peor atendidos; luego, extender la alfabetización a las mujeres, todavía privadas casi totalmente de ese beneficio; y finalmente, crear un centro de enseñanzas superiores, principalmente de Ciencias positivas, semejante a los existentes en otros países.

Todas esas importantes misiones se fueron cumpliendo día tras día y año tras año; y la más destacada de ellas el Centro de estudios superiores abrió sus puertas, bajo patrocinio regio, el día 4 de noviembre de 1776, festividad de San Carlos Borromeo, habiendo funcionado antes como Escuela patriótica y después con el nombre de Real Seminario Patriótico Bascongado, que le fue adjudicado por el propio rey Carlos III. Ese Seminario, dotado de biblioteca, laboratorio y gabinetes diversos, fue sucesivamente mejorado y desarrolló planes de estudios cada vez más amplios y más perfectos. Munibe fue el director permanente hasta su muerte y para atender minuciosamente cuanto al mismo se refería, dejó su cómoda y elegante residencia azcoitiana y se instaló en Vergara el año 1767. La excepcional labor de ese Seminario, encomendada a prestigiosos profesores nacionales y extranjeros, alcanzó un nivel análogo al de los centros ultrapirenaicos similares, lo que permite considerar a su fundador y permanente animador como uno de los principales agentes de la europeización de la cultura española. Debe señalarse que la proliferación de los frutos de la labor de Peñaflorida alcanzó a todo el territorio hispánico: convencidas las autoridades nacionales del interés que ofrecían las Sociedades Económicas, impulsaron largamente la creación de éstas y con ello llegaron a constituirse en toda España ochenta y tres Sociedades de Amigos del País, a las que precedió como pionera la Sociedad Bascongada. Por otra parte, la influencia cultural del Real Seminario vergarés fue no sólo excepcionalmente notable, sino además de gran amplitud puesto que a sus aulas concurrieron alumnos procedentes de 39 provincias españolas y de 14 países hispanoamericanos. El citado Real Seminario fue la primera escuela técnica española y el primer centro de enseñanza con planes de estudios similares a los de la Europa culta. Todo lo hasta aquí anotado da una clara idea de la importante tarea sociocultural de Peñaflorida. Este, casi inopinadamente, cuando aún podían esperarse nuevos frutos de su excepcional laboriosidad, falleció en Vergara el día 13 de enero de 1785, siendo sepultado seguidamente en la iglesia de Sta. María de Xemein, en la villa de Markina.

Si bien sus realizaciones no siempre han sido bien comprendidas y favorablemente enjuiciadas, la crítica moderna, más ecuánime y mejor informada, ha reconocido sin reservas el notable valor de las creaciones de nuestro personaje: uno de sus mejores biógrafos Gregorio de Altube opina que a éste "es erróneo llamarle genio, pero no fue tan frío como el diletanti ni tan pedante como el filántropo". Y el que fue su más asiduo colaborador y confidente el marqués de Narros-, describe así a nuestro héroe: "Fue justo, bueno, dulce y reconocido. Amó a su patria. Fue un hombre franco, sincero y sensible y comunicaba a sus conciudadanos los dones que recibió de la Naturaleza". Ambas opiniones dejan bien definida la ilustre personalidad del VIII conde de Peñaflorida, especialmente destacado entre los "ilustrados" españoles del siglo XVIII.



Leandro Silván López-almoguera


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