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Según Gallop sería presuntuoso enjuiciarles desde un punto de vista moral, pues es más difícil determinar sobre la virtud de una raza que sobre su devoción. Bastará decir que dan la impresión de ser un pueblo limpio de mente y limpio en su manera de vivir, con una ley casi patriarcal en sus costumbres públicas, fundadas, más que en algún código religioso o moral, en los intereses materiales de la familia y de la comunidad. Con toda naturalidad y con la mayor franqueza, dicen claramente todo lo que piensan, y nunca se les ocurre medir sus palabras, aunque se hallen en presencia de sus mujeres, quienes, no obstante, no encuentran nada en ellas que las pueda hacer enrojecer. En sus canciones y leyendas rara vez se ve obscenidad intencionada. El adulterio es de lo más severamente condenado. Si el más ligero asomo de sospecha mezcla los nombres de dos personas que no son libres de contraer matrimonio entre sí, despertarían una mañana y descubrirían, uniendo sus puertas, un delatador rastro de hierba recién cortada o de juncos, como muestra de pública desaprobación, incluso se miraba con desdén el que una viuda volviera a casarse. Añade que aunque muestran una desaprobación tan
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