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Arte

El arte prehistórico cuenta con una interesante representación en Gipuzkoa. Las setenta figuras pintadas y grabadas descubiertas en 1969 en la cueva de Ekain en Deba, las decenas de pinturas con las que cuenta la de Altxerri en Aia, así como los dólmenes y cromlech como los de Aralar, Hernani y Oiartzun, son un claro ejemplo de ello. Las huellas de la romanización pueden apreciarse en diversos vestigios hallados en Hondarribia, Ataun, Oiartzun o en la necrópolis de Santa Elena en Irún. Algunos de ellos forman parte de la colección del Museo Romano Oiasso, que reúne los vestigios de época romana descubiertos en Irún y sus alrededores.


Arte religioso

Los restos de arte románico en Gipuzkoa son relativamente escasos en comparación con provincias limítrofes como Navarra. Algunos de los ejemplos arquitectónicos más relevantes datados entre los siglos XI y XIII son la iglesia de San Andrés de Astigarribia en Mutriku, la portada del cementerio de San Miguel de Bedarreta en Aretxabaleta, así como elementos puntuales como dos ventanales de Santa Eulalia de Bedoña en Mondragón. En el ámbito escultórico sobresalen la credencia u hornacina de Bedarreta, la pila bautismal de Bolibar-Ugazua en Eskoriatza, la de Santa Fe de Zaldibia, además de las portadas de San Juan Bautista de Abaltzisketa, de Santa Mª de Ugarte en Amezketa y la del baptisterio de Santa Mª de Tolosa. Asimismo resultan de interés algunas tallas de bulto redondo como la Andra Mari de Itziar en Deba, la de Ugarte en Amezketa o la del Juncal en Irún.

La arquitectura gótica cuenta con interesantes muestras en Gipuzkoa entre las que cabe destacar la iglesia parroquial de San Salvador de Getaria, la de San Juan Bautista en Arrasate y la de San Martín de Tours en Askizu, realizadas entre los siglos XIV y XV. Mención aparte requiere la iglesia parroquial de Santa María la Real de Deba, en la que sobresalen su impactante portada del siglo XV policromada en 1682 y su claustro. La escultura aplicada cuenta con notables ejemplos como la mencionada portada de Deba, o la de San Bartolomé de Olaso -actual cementerio de Elgoibar- obra de 1459 proyectada por Juan de Acha y M. Sancho. En el ámbito funerario sobresale el sepulcro del conde de Oñati en la iglesia de San Miguel Arcángel de Oñati (siglo XIV).

También son destacables algunas tallas de bulto redondo y relieves góticos como el Calvario de la iglesia San Martín de Tours en Askizu (siglo XIV), el Cristo crucificado de la basílica del Santo Cristo de Lezo (siglo XV), el tríptico de la Natividad de Nuestra Señora de Itziar en Deba (siglo XV), además de la Andra Mari de Arantzazu en Oñati (siglos XIII-XIV), la de San Blas de Burinondo en Bergara (siglos XIV-XV), la de San Pedro de Asteasu (siglo XIV), o las de Santa María la Real de Soraluze y Ordizia (siglo XV). Asimismo cabe mencionar otras obras como la pila bautismal de Asteasu (s.XV) o la cruz procesional de Santa Marina de Oxirondo en Bergara (siglo XVI).

La pervivencia de los modelos y lenguajes artísticos tardo-medievales hasta el siglo XVI, conllevó un arraigo tardío del renacimiento que se concretó de forma muy diferente en cada una de las artes. Así, en el ámbito de la arquitectura religiosa, los siglos XV y sobre todo el XVI estuvieron marcados por propuestas en las que la tradición gótica comenzó a incorporar innovaciones ligadas al lenguaje propiamente renacentista. Destacan las hallenkirche o templos de tres naves cubiertas a la misma altura como la iglesia de San Vicente en Donostia, obra de Miguel Santa Celay y Juan de Urrutia, la de San Sebastián de Soreasu en Azpeitia, o la de San Pedro de Bergara, todas ellas del siglo XVI. Asimismo debemos mencionar otros interesantes ejemplos como la iglesia parroquial de Nuestra señora de la Asunción y del Manzano de Hondarribia, el convento dominico de San Telmo en Donostia o el monasterio de Bidaurreta en Oñati.

La Universidad de Santi Spiritus en Oñati fue construida entre 1540 y 1548, según traza atribuida a Rodrigo Gil de Hontañón. Esta obra promovida por Rodrigo Mercado de Zuazola, obispo de Ávila y presidente de la chancillería de Granada, es considerada como el ejemplo más significativo del arraigo del renacimiento en el País Vasco. Estrechamente vinculada a la Iglesia, la universidad del Oñati cuenta además con un amplio programa escultórico obra de Pierres Picart, en el que lo sacro y lo profano se funde y complementa. A este artista se debe la decoración de la portada y de los cuatro pilastrones de su fachada, así como el retablo de la capilla de la universidad.

La aplicación de un lenguaje plenamente renacentista se aprecia en algunas portadas como la de San Andrés de Eibar y también en la producción escultórica de artistas como Pedro Alzeaga, Ambrosio Goikoetxea, Jerónimo Larrea, Pedro Bengoetxea o Juan de Anchieta entre otros. En el ámbito funerario sobresale el sepulcro de Rodrigo Mercado de Zuazola, obra que Diego de Siloe llevó a cabo entre 1529 y 1532 para la iglesia de San Miguel de Oñati, así como el sepulcro del obispo Zurbano, que Pedro de Alceaga llevó a cabo en la iglesia de San Sebastián de Soreasu en Azpeitia. Destacan además importantes retablos como el de San Pedro de Zumaia (1574) de Martín de Arbizu y Juan de Anchieta, el de la iglesia de San Vicente de Donostia (1583-196) obra de Ambrosio de Bengoetxea, o el de San Pedro de Bergara de Juan de Anda.

Si bien la pintura renacentista en Gipuzkoa ocupa un discreto segundo plano con respecto al nivel que alcanza la escultura, existen interesantes ejemplos que merece la pena mencionar. Tal es el caso de algunos trípticos relacionados con la estética de los primitivos flamencos como la Adoración de los pastores de la iglesia de la Natividad de Nuestra Señora en Aizarna, atribuido al círculo de Pieter Aertsen y del de la Venida del Espíritu Santo realizado por A. Bockland en 1577. También destacan entre otros el retablo lateral de San Gregorio de Ordizia (1555), así como las tablas romanistas del retablo de San Juan Bautista de Azkoitia (c.1565).

El barroco tuvo un gran arraigo y difusión en el País Vasco. El arte de este periodo, considerado como el arte de la Contrarreforma, cuenta con importantes ejemplos en el ámbito de la arquitectura como la iglesia de San Bartolomé de Elgoibar (1716), obra de Lucas de Longa, Antonio de Larraza, Ignacio y Francisco Ibero. Este último proyectó también la iglesia parroquial de San Martín de Andoain (1758) y junto con su padre Ignacio Ibero, participó en la construcción de la basílica de Loyola en Azpeitia (1738) trazada por Carlo Fontana para conmemorar el lugar de nacimiento del fundador de la Compañía de Jesús. La basílica de Loyola fue sin lugar a dudas el proyecto arquitectónico más sobresaliente del barroco en Gipuzkoa, aunque destaca también el que Ignacio de Lizardi y Miguel de Salazar llevaron a cabo para la basílica de Santa María de Donostia (1743-1774), cuya obra corrió a cargo de Francisco Ibero y José de Churriguera. Asimismo debemos mencionar elementos puntuales como las torres campanario de la iglesia de San Bartolomé de Ibarra obra de Martín Carrera, o la de San Salvador de Usurbil de Francisco Ibero.

La escultura barroca tuvo un desarrollo pleno en gran cantidad de retablos como el de Nuestra Señora del Juncal (1647-1656) en Irún, Santa Marina de Oxirondo (1739-1742) en Bergara, obra de Miguel de Irazusta y Luis Salvador Carmona, o el de San Miguel Arcángel de Oñati. Son muy notables también el de la basílica de Santa María de Donostia, obra de Tomás Jauregi y Juan Pascual de Mena, el de San Martín de Andoain de Domingo y Martín Zatarain, el de San Esteban de Oiartzun de Juan de Huici, o el de la basílica de Loyola en Azpeitia obra de Francisco Vergara.

Varias son las obras que merece la pena mencionar en lo tocante a la pintura barroca como el Expirante de la parroquia de Mutriku (1635-1640) obra de Francisco de Zurbarán, las pinturas del retablo del convento de Santa Teresa de Lazkao (1664) de Vicente Berdusan, entre las que destaca su Calvario, la Aparición de la Virgen a San Francisco (1668) de José Antolínez perteneciente al monasterio de Bidaurreta en Oñati, o los tres lienzos del retablo mayor de San José en Azkoitia, realizados por Antonio Palomino. Destacan además una Visitación (1708) de Nicolás Antonio de la Cuadra realizada para la iglesia de San Juan de Pasai Donibane y la particular Virgen de Guadalupe (1761) de Miguel de Cabrera, perteneciente al convento de concepcionistas de Segura, entre otras.

La huella del neoclasicismo en la arquitectura religiosa y su estética fundamentada en la recuperación del lenguaje clásico, se aprecia en algunas obras como la fachada de San Sebastián de Soreasu (1771) en Azpeitia, obra del arquitecto Ventura Rodríguez, la torre de la iglesia de San Miguel de Oñati (1779-1784) de Manuel Martín de la Carrera, la Iglesia de la Asunción de Mutriku (1798-1843) proyectada por Silvestre Pérez, así como el pórtico de la iglesia de la Asunción de Zumarraga (1826). En al ámbito de la escultura también son destacables algunos monumentos funerarios como la tumba de Gaspar de Jauregi (1852) en la iglesia de San Martín de Urretxu, o la tumba con ángel llevada a cabo por Isidoro Uribesalgo en 1897 para la iglesia parroquial de San Ignacio en San Sebastián. También requiere una mención especial el retablo de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción en Errenteria (1777-1784), obra de Ventura Rodríguez y Francisco de Azurmendi.

La estética neomedieval imperante en la arquitectura religiosa de la segunda mitad del siglo XIX se aprecia en la Catedral del Buen Pastor (1888-1897) en Donostia. Proyectada por Manuel Etxabe, fue construida como parroquia para los habitantes del ensanche de Amara y ostenta el rango de catedral desde 1953. Destacan en el ámbito escultórico las propuestas de Isidoro Uribesalgo que llevó a cabo gran cantidad de obras de temática religiosa para parroquias de Donostia, Azpeitia, Aretxabaleta, y Mondragón, entre otras. También el escultor Julio Beobide abordó la temática religiosa en gran parte de su producción de la que destacan sus cristos crucificados. Asimismo requiere una mención especial el proyecto realizado en 1950 por Francisco Javier Sáenz de Oíza y Luis Laorga para la Basílica de Arantzazu, en la que participaron artistas de la talla de Jorge Oteiza, que aportó el apostolado de su fachada y Eduardo Chillida que realizó las puertas. Colaboraron además Lucio Muñoz, Xabier Álvarez Eulate y Néstor Basterretxea, que llevaron a cabo el retablo, las vidrieras y la cripta respectivamente. Fruto de la colaboración de todos estos creadores surgió una de las propuestas más singulares y representativas del arte religioso del siglo XX en el País Vasco.


Arte civil

Los ejemplos más destacables de arquitectura civil medieval en Gipuzkoa arrancan de la baja Edad Media, periodo en el que surgieron más de una veintena de villas como Hondarribia, Getaria, Zumaia, Orio, Tolosa o Bergara, todas ellas fundadas entre los siglos XII y XIV. Las tipologías dominantes son la casa, la torre y el palacio, y todas ellas cuentan con interesantes ejemplos de estilo gótico en villas como Zarautz. Allí destacan algunas casas góticas construidas en el siglo XV en solares estrechos y alargados, combinando materiales como la piedra de sillería en los muros laterales y el ladrillo en la fachada. La torre Luzea, construida por la familia Zarautz en el siglo XV, impacta por su monumentalidad y su impronta gótica apreciable en elementos como las ventanas trilobuladas, los arcos apuntados o sus espolones saledizos. Asimismo sobresalen el palacio Lili en Zestoa o la casa-torre Etxebeste en Hondarribia, construida sobre la muralla medieval de la villa.

La arquitectura civil del siglo XVI ha dejado notables muestras en Gipuzkoa, caracterizadas todas ellas por su sencillez y su cuidada factura. En la villa de Azpeitia son relevantes la casa-torre de Loyola, edificio donde nació San Ignacio en 1492, hoy unido a la basílica y al colegio, la casa Antxieta, también conocida como casa Zuola, que fue mandada construir por el músico de corte Juan de Antxieta, así como la casa-torre Enparan, que aunque data del siglo XIV fue totalmente modificada en los siglos XV y XVI. La casa Floreaga de Azkoitia (c.1514), obra de Malpaso y Torollo, destaca por su empaque monumental, sus galerías y sus antepechos con decoración de rombos. Menos impactante en su factura es el palacio Narros (1536) cuya estructura recuerda a la del Palacio Lili en Zestoa. Por otro lado, cabe mencionar también el castillo de Carlos V en Hondarribia, destinado durante siglos a cuartel militar y residencia ocasional de la familia real española, hoy transformado en parador nacional. El carácter recio y la austeridad decorativa de esta construcción son compartidos por otros edificios como el palacio que Nicolás de Guevara mandó construir a finales del siglo XV en Segura.

En el Barroco, la arquitectura civil tuvo en la casa consistorial una de sus tipologías más relevantes. En Gipuzkoa, esta tipología se desarrolla siguiendo un esquema de fachada rectangular con una galería en la base y rematada por un frontón triangular bajo el que se ubica el escudo de la villa. De entre los muchos ejemplos destaca la casa consistorial de Elgoibar (1727), trazado por Sebastián de Lecuona y en el que también participaron los Ibero. El arquitecto Martín de Carrera proyectó varias casas consistoriales como la de Mondragón (1755), que sobresale por su impactante escalera y su cúpula, la de Oñati (1764) que destaca por su riqueza decorativa de raíz rococó, o la de Alegia cuya construcción está datada en torno a 1770. Frente al patrón común existente en los ejemplos anteriores, llaman la atención otras propuestas más personales como la casa consistorial de Bergara, obra de Lucas de Longa realizada entre 1677 y 1693.

Durante los siglos XVII y XVIII se llevaron a cabo gran cantidad de palacios en el País Vasco, cuya construcción fue promovida por indianos y personas generalmente ligadas a la corte, a la Iglesia o al ejército. Uno de los más tempranos es el palacio Ipeñarrieta en Urretxu realizado a comienzos del siglo XVII con claros tintes clasicistas. El palacio del duque del Infantado (1620-1640) en Lazkao es un imponente ejemplo de arquitectura torreada con patio interior y jardín. Destacan asimismo otras arquitecturas como el palacio de Monterrón en Mondragón de la segunda mitad del siglo XVII, el palacio Portu en Zarautz, el palacio Lardizabal (1687-1699) en Segura, obra de Domingo de Amis transformada hoy en casa consistorial o el palacio Atxega en Usurbil, construido en el siglo XVIII.

Las ideas del racionalismo ilustrado supusieron un punto de inflexión y propiciaron muchos cambios en la forma de concebir tanto el mundo como la vida de los individuos. La idea gestada en el siglo de las luces, de que por medio de la razón se podía lograr construir un mundo mejor, tuvo su reflejo en el ámbito de la arquitectura y del urbanismo en la ordenación y racionalización del espacio, así como en la creación de arquitecturas emblemáticas de las que Gipuzkoa posee variados testimonios. La plaza de la Constitución de Donostia (1816) obra de Pedro M. de Ugartemendia y Alexo de Miranda es un claro ejemplo de ello. Este recinto posee un carácter diferente a otras plazas neoclásicas como las de Bilbao y Vitoria, por cuanto se compone de cuatro edificios independientes entre sí. Ambos arquitectos también llevaron a cabo un plan de reconstrucción de San Sebastián (1814-1816), realizado con motivo del incendio que sufrió la ciudad en 1813.

Desde el último cuatro del siglo XVIII y hasta bien entrado el XIX, en Gipuzkoa se construyeron varias casas consistoriales de estilo neoclásico como la de Orendain (1787) obra atribuida a Justo Antonio de Olaguibel, la casa consistorial de Ordizia (1798) proyectada por Alexo de Miranda o la antigua casa consistorial de Donostia (1819-1938), obra de Silvestre Pérez que preside la plaza de la Constitución, hoy transformada en biblioteca municipal. Asimismo cabe mencionar otras infraestructuras como la fuente de Azkoitia (1825) y el lavadero de Azpeitia (1858), proyectados por Mariano José de Lascurain.

La arquitectura del hierro tiene su reflejo en proyectos de la segunda mitad del siglo XIX como la Estación del Norte (1863-1881) de Donostia, obra de Letourneur y Eiffel, el viaducto de Ormaiztegi (1863-1864) ideado por Alexandre Lavalley o la Plaza de la Verdura de Tolosa (1900) de Juan Alejandro Múgica. Con materiales más tradicionales en su factura exterior y un lenguaje ecléctico, se llevaron a cabo construcciones como el palacio de la Diputación de Gipuzkoa (1878-1885) obra de José Goikoa, Luis Aladrén y Adolfo Morales, o el palacio de Miramar (1889-1893), proyectado por Selden Wornum y José Goikoa como residencia de verano de la casa real española.

La consolidación de Donostia como destino turístico de la realeza y la aristocracia desde el último cuarto del siglo XIX, propició la construcción de importantes infraestructuras ligadas al ocio como el Casino de San Sebastián (1882) obra de Luis Aladren y Adolfo Morales de los Ríos, el hotel María Cristina (1909-1912) de Charles Mewes o el teatro Victoria Eugenia (1909-1912) proyectado por Francisco Urcola. Por otro lado, el lenguaje modernista puede apreciarse en algunos ejemplos como los portales realizados en Donostia por arquitectos como Pedro Ariztegi y Augusto Agirre a comienzos del siglo XX, así como el quiosco de la música creado por Ricardo Magdalena en 1907.

El edificio del Club Náutico de San Sebastián (1929), obra de José Manuel Aizpurua y Joaquín Labayen, es considerado como uno de los hitos de la arquitectura del siglo XX en el País Vasco. El lenguaje racionalista de este proyecto es visible también en otras propuestas como el edificio de La Equitativa (1933) de Fernando Arzadun, así como en la obra de arquitectos como Pablo Zabalo, Gregorio Azpiazu o Juan Rafael Alday,entre otros. A partir de los años cincuenta destacan también algunos proyectos como el las viviendas Iberriaga (1958) en Mutriku de Luis Peña Ganchegui,arquitecto que también intervino en la plaza de la Trinidad de Donostia (1963) y llevó a cabo entre los años cincuenta y ochenta una considerable cantidad de viviendas de moderna factura en lugares como Mutriku, Oiartzun, Ataun, Oñati, Zarautz y Donostia entre otros.

Por otro lado, debemos mencionar algunos proyectos como el que Miguel Oriol realizó para la Universidad de Deusto (1961), la estación de tren de Amara (1987) de Xabier Unzurrunzaga, o el nuevo campus de la UPV-EHU en Donostia (1989-1994) ideado entre otros por Miguel Garay, Joaquín Montero y Ángel de la Hoz. Son muy destacables también la aportaciones del arquitecto Rafael Moneo que llevó a cabo el edificio Urumea (1970-1979) en Donostia, en colaboración con Javier Marquet, Luis Zulaica y Xabier Unzurrunzaga, así como el Palacio de Congresos Kursaal (1995-1999), una de las infraestructuras contemporáneas más emblemáticas de la ciudad.

La escultura pública de las últimas décadas del siglo XIX y de comienzos del XX en Gipuzkoa, se halla representada por algunos ejemplos como el Monumento a Iparragirrre (1889) en Urretxu, obra de Francisco Font Pons el monumento a Andrés Urdaneta (1899-1904) en Ordizia, obra de Isidoro Uribesalgo, el monumento al músico José María Usandizaga (1916) de José Llimona o el Monumento a la Reina María Cristina (1917-1919) realizado en Donostia por Isidoro Uribesalgo en colaboración con Juan Guraya.

Además de la temática religiosa, escultores como Julio Beobide abordaron también el género del retrato, ámbito en el que asimismo dejó importantes muestras el escultor Carlos Elguezua en obras como los retratos de Serapio Múgica y Atano III. A partir de los años treinta comienza a despuntar Jorge Oteiza, artista que marcará junto a Chillida el rumbo y la evolución de la escultura vasca de gran parte del siglo XX, con impactantes propuestas como Adán y Eva (1931), El pintor Balenciaga (1933) o Uzkudun (1935). En el ámbito de la escultura pública destaca su Construcción vacía (1957) premiada en la Bienal de Sao Paulo y colocada en el Paseo Nuevo de Donostia en el 2002. Eduardo Chillida es junto con Oteiza uno de los escultores vascos contemporáneos más importantes del País Vasco y uno de los más cotizados y reconocidos internacionalmente. De entre su ingente producción destacan algunas obras emblemáticas como el Peine del viento (1976) fruto de la colaboración entre el escultor y el arquitecto Luis Peña Ganchegui, o el Monumento a Flemming (1998), cuyo origen se remonta a una obra proyectada en hierro en 1955.

A partir de finales de los años cincuenta, comienzan a destacar algunos escultores como Remigio Mendiburu que formó parte del grupo Gaur fundado en 1966 y del que destacan -entre otras muchas- obras como Gaua (1977) o Burua (1979). Mendiburu tuvo una especial querencia por la madera como base de sus creaciones, aunque también trabajó otros materiales como el metal y la piedra. Ricardo Ugarte es otro de los escultores relevantes del último cuarto del siglo XX y comienzos del XXI, del que destacan piezas como Seiburu (1974), Aleteo del mar (1978), Gaztelu (1985), San Sebastián (1994) o Castillo de proa (2003). José Ramón Anda, aunque navarro de nacimiento, ha dejado interesantes proyectos escultóricos en Gipuzkoa tales como Zeharki (1982-1989) en Donostia, Leihoa (1989) en Zarautz, Goruntz (1980-1994) en Zumarraga o Haizean (1978-2002).

La pintura de las postrimerías del siglo XIX en Gipuzkoa, tuvo en José Echenagusia uno de sus máximos representantes. Con un planteamiento académico y remiso a las innovaciones del impresionismo, este artista fue uno de los primeros pintores vascos del momento que obtuvo proyección internacional. Ignacio Zuloaga es sin lugar a duda el pintor guipuzcoano más sobresaliente de finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX. Fue un artista con una técnica muy notable, influenciado por los grandes maestros de la pintura española como El Greco, Velázquez o Goya, y con una clara vinculación a los postulados y temas de la generación del 98, cuestión que se aprecia en gran parte de su producción.

En las primeras décadas del siglo XX destacaron en Gipuzkoa otros pintores como Elías Salaverría, Ascensio Martiarena o Julián de Tellaeche, si bien el foco artístico bilbaíno fue más importante hasta los años veinte. Sin embargo, en los años treinta las jerarquías se invirtieron y Gipuzkoa pasó a liderar en importancia y peso la vida artística del País Vasco. Durante los años veinte y treinta hubo hitos artísticos que contribuyeron a este cambio como la celebración en Donostia de las exposiciones de artistas noveles guipuzcoanos, o la creación de la sociedad de artistas "Gu" en 1934, sociedad gastronómico-cultural que surgió como lugar de reunión y promoción de los artistas de la provincia. Algunos de los pintores más significativos de los últimos años de la preguerra fueron Bernardino Bienabe Artia, Carlos Landi Sorondo, Narkis Balenciaga, Carlos Ribera, José Miguel Zumalabe, Juan Cabanas Erauskin, Mauricio Flores Kaperotxipi, Gaspar Montes Iturrioz, Jesús Olasagasti, Nicolás Lekuona y José Sarriegui.

Tras la Guerra Civil y los cambios que este conflicto ocasionó, la trayectoria de algunos de los artistas anteriormente citados convivió con el surgimiento de generaciones de innovadores creadores en Gipuzkoa, entre los que cabe destacar a Mari Paz Jiménez, Amable Arias, Rafael Ruiz Balerdi, José Luis Zumeta, Vicente Ameztoy o Andrés Nagel, entre otros. Además de éstos, sobresalen en el último cuarto del siglo XX y comienzos del XXI artistas como Juan Luis Goenaga, Clara Gangutia, Peio Irazu o José Ramón Amondarain, entre otros.


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