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Mentalidad mágica y paganismo en los orígenes de nuestra brujería

Muchas y variadas son las explicaciones que ha solido darse al fenómeno brujeril en el País Vasco. En este terreno hay para todos los gustos, desde satanólogos, como Martín de Andosilla, ingenuos nominalistas, como D. Gregorio de Múgica, y sicópatas, como Pierre de Lancre, hasta eruditos modernos, tales como Julio Caro Baroja y Florencio Idoate, tendentes a la ponderación y sentido crítico. En cuanto a los orígenes, los autores más curiosos son aquellos que buscan las primeras raíces en corrientes "extravascas", es decir, ajenas al país. En el libro II del Paraninfo celeste de Nuestra Señora de Aránzazu (1686), se atribuye la introducción de las prácticas brujeriles a un brujo de la Guyena llamado Hendo, que habría iniciado a sus seguidores en el culto demoníaco. Hendaya y el monte Indamendi llevarían su nombre según esta tradición. "Muchos atribuyeron a los gitanos -dice Menéndez Pelayo- la propagación de las prácticas ocultistas en Navarra por los siglos XVI y XVII". Jerónimo de Alcalá, en el siglo XVII, en la obra Historia de Alonso, mozo de muchos amos, nos presenta a los gitanos como seres ambulantes que vivían de echar la buenaventura por las aldeas de Navarra. En la parte continental del país fueron también llamados bohemiens, quienes tuvieron que pagar las consecuencias de la cómoda costumbre -¡todavía bien viva!- de achacar todos nuestros males a influencia ajena. Pero ésta no sería más que una manera harto superficial de abordar el problema. El pensamiento mágico es inherente a todos los pueblos en determinada fase de su historia nacida en los albores de su desarrollo cultural. La naturaleza, hasta época reciente, estaba bien lejos de convertirse en una diosa muda. Todos sus componentes dialogaban con el hombre aterrorizado. En este contexto, la magia aparece como un intento de conocimiento precientífico al margen de una sociedad férreamente normalizada en todos los terrenos, tanto morales como científicos, artísticos, económicos, etc., como reacción humana normal ante la difícil conquista de la naturaleza, ante la impotencia por desvelar sus secretos, ante la personificación de los poderes ocultos que se muestran, por la fuerza del misterio, de lo indomeñable, hostiles al hombre. El cuadro se agravará en las situaciones críticas: hambres, pestes, inundaciones... El hombre, sumido en la indefensión, sólo puede enfrentarse a la adversidad a través de conjuros o por medio de pacto con las divinidades. A su vez, el medium utilizado por éstas, el ejecutor de los conjuros, será el mago, el hechicero, un ser dotado de poderes sobrenaturales, temido y venerado a la vez, al que el cristianismo triunfante colocará al margen de la ley. Dentro de esta tesitura, cree Campión que las creencias y prácticas brujeriles del país, "son restos de las antiguas (prácticas): de la agorería y de la demoniolatría, que practicaban -según Lampridio- los antiguos vascones y continuaron practicando hasta el siglo XII". (Como se ve, ni en pleno siglo XX se pierde la antigua costumbre de llamar "demonio" al viejo dios pagano...). Refiriéndose a la baja Edad Media, dice Lacarra, que "aunque existan iglesias, parroquias y monasterios, nunca sabremos hasta qué punto éstas habían ganado la fe de los campesinos, ni cómo éstos entendían la nueva fe, que es otro problema interno y más delicado". "Por otra parte -agrega-, no debe olvidarse que al no existir una religión pagana organizada, con una jerarquía eclesiástica, con templos y demás, y sin testimonios escritos, su paganismo tenía que manifestarse en supersticiones, creencias populares, hechicería (Vasconia medieval, San Sebastián, 1957, pp. 66-67)". Con el cristianismo, pues, durante mucho tiempo, el ejercicio mágico será una actividad clandestina, pero tolerada.



La magia blanca -procedimiento que emplea la causalidad natural para la obtención de fines sobrenaturales-, como práctica al margen del mundo oficial, es reprimida, pero sólo pecuniariamente. Una herbolera de Tudela, por ejemplo, acusada ante el alcaide del castillo de Estella de haber "dado yerbas" a una mujer (1279), será sólo multada por este hecho. Una judía de Viana, acusada de practicar sortilegios, recibirá la misma sanción en 1300.

En términos generales podemos decir que las prácticas de hechicería en Vasconia fueron perseguidas con benignidad por la Iglesia hasta que incidió sobre ellas el factor demoniolátrico.

Esto ocurrió entre los siglos XIII y XIV al resaltar la herejía maniquea cátaro-albigense la importancia del papel del Mal en la vida del hombre. El impacto del ideario cátaro y las consecuencias de su represión son sumamente importantes en Europa. Nace la temible Inquisición (1229) como instrumento del Papado, en connivencia con el rey de Francia, para combatir a los albigenses del Languedoc. A pesar de la oposición de los obispos, franciscanos y dominicos -dependiendo únicamente de Roma- juzgarán a los herejes, que serán entregados al brazo secular para ser pasto de las llamas, al margen de los tribunales diocesanos. Esta institución se implanta en Navarra en 1238. El Papa Gregorio IX encarga al dominico Pedro de Legaria la organización de la Inquisición navarra al tener lugar la reconciliación de Teobaldo I con el Papado. Se nombran dos inquisidores, un dominico y un franciscano. Pero esta misión -nos comunica amablemente el historiador navarro Goñi Gaztambide- tuvo un carácter extraordinario, siendo sólo los tribunales civiles, y bastante más tarde, los encargados de luchar contra la hechicería. Florencio Idoate aporta cerca de una docena de casos documentados de caza a la herbolera o faytillera -que es como se denomina a las brujas en los viejos papeles-, todos ellos de los siglos XIV y XV, cuando la demoniolatría ha hecho ya irrupción en el campo de la magia vasca. La Baja Navarra o Ultrapuertos cuenta con varios casos tempranos del uso de la terrible hoguera. En 1329, Arnaud Sanz de Acha, lugarteniente de Labastide-Clairence, tiende una emboscada a Juana la leprosa, a la que se acusa de nigromante y fabricante de filtros. Para ello se emplea a 17 hombres armados. Ese mismo año, las autoridades erigen en la villa una hoguera en la que perecen 5 mujeres: Juana la leprosa, Peyrona de Posac, Arnauda de Bose, Dominica de Burban y Juana Fillola. En 1342 arden en Garris dos mujeres, una vecina de Gabat y la señora de la casa de Aurteguia. En la castellanía de San Juan de Pie de Puerto se celebran varios procesos. Jurdana de Irisarry, de profesión herbolera, perece en la hoguera en 1330. Alamana de Méharin es acusada de cometer sortilegios y enviada a Pamplona para ser juzgada por el Consejo Real. En 1338 la hoguera fatídica da cuenta de una vecina de Lasse, Condesa de Urritzaga, acusada de bruja. En 1334 muere de la misma forma Arnalda de Leiza por haber asesinado a base de pócimas a Sancho de Aurraberatsa de Isaba. La justicia "privada" dio cuenta a mediados del siglo XIV (1349) de un tal Sanchuelo de Luesia, natural de Tudela, llamado Broxo. Otra vez, en la Sexta Merindad, en el castillo de Garris, vuelve a organizarse la caza; Guillaume Arnaud de Ibharrart, acusado del asesinato de su sobrina Peyrona, denuncia a sus cómplices agregando que tanto él como los denunciados son brujos. En el ruinoso proceso (1370) son inculpados así Pes de Goiti y Condesa de Beheti, ambos de Ilharre, como iniciadores del acusado. En este proceso aparece un elemento nuevo, el licantropismo, que luego será un ingrediente frecuente en las deposiciones de brujos y brujas. En la cuenca del Bidasoa también se alza tempranamente la hoguera: Johan, llamado Hereder, es prendido por los jurados de las Cinco Villas de la Montaña, al que "diziendo ser fitillero" hacen perecer en el fuego (1429). En 1450 es también condenada a muerte en el castillo benavarro de Garris una mujer acusada de brujería por los 16 diputados del tribunal de Mixe, la cual, resignada, relata sus prácticas de iniciación y las acciones a las que se había entregado. Estos casos abren el período propiamente brujeril: ahora se acusa al mago de rendir culto al demonio y obtener poderes sobrenaturales a cambio del mismo (nigromancia).

¿Cómo acaece este paso de la magia blanca a la negra, de la simple atribución de poderes ocultos hechiceriles al pacto demoníaco, cómo se efectúa la metamorfosis del mago (azti) en brujo (sorgin)? He aquí un problema clave en el estudio de la brujería vasca, al que bien merecería que los especialistas dedicaran su atención.

Sabemos que desde los tiempos de San Amando, los viejos dioses del culto pagano éuskaro eran identificados, por los autores cristianos, como el demonio: Compadecido San Amando, del error en que vivían (los vascos), empezó a trabajar para apartarles del servicio del diablo, dice Baudemundo en su "In vila S. Adamandi".

Sus habitantes casi todos se hallaban entregados a los cultos del demonio, refiere Hucbaldo en su "In vila Sanctae Rictrudis". Dice Margaret Murray: "como ocurrió que, a los ojos de los cristianos, todos los dioses no cristianos eran enemigos del suyo, consideraron que las brujas adoraban al Enemigo de la Salvación, es decir, a Satán". Así, Pierre de Lancre, dirá que "nuestros brujos tienen a estos demonios por sus dioses..." La impronta albigense sobrevivirá muchos años a la caída de Montsegur (1244) y al último Auto de Fe contra los "puros" (Toulouse, 1319). Y, por curiosa paradoja, el maniqueísmo cátaro- albigense es asimilado en gran parte por la Iglesia, triunfante sobre la herejía. "Dios es la imagen del Bien, y el demonio es la del Mal. Surge la demoniolatría con todos sus ritos y ceremonias, tantísimas veces descritos y que han invadido los campos de la literatura y el arte desde antiguo, para convertirse en tema de folklore más modernamente", observa Idoate en su folleto de Temas de Cultura Popular (n.° 4). El dios-demonio concreto de la mitología vasca pasa a ser perseguido -debido a imperativos históricos que superan ampliamente el marco del país- con todos los rigores que la extirpación del Mal, en sentido genérico, acarrea. El humilde y campesino numen vascónico se va transformando poco a poco, a golpe de anatema, en el perverso Satán que oficiará, desde su púlpito rocoso de Zugarramurdi u otros similares, extrañas anti-misas, blasfemas y sofisticadas. ¿Cuál de las deidades del Parnasillo vasco será la que vaya revistiendo estos diabólicos caracteres? Al llegar a este punto no nos queda más remedio que revisar el silvestre mito de Mari. Mari, en su concepción de Señora, es el nombre más antiguo (también se le llama Dama o Damea) del principal numen vascónico, al que están subordinados todos los demás, incluso su compañero Sugaar. Mari protege a sus adeptos, generalmente contra los fenómenos atmosféricos adversos, mediante oráculos y proezas. Suele aparecerse bajo la forma de doncella, pero también en La de toro, caballo, serpiente, buitre, carnero y macho cabrío. Esta última es una de las más frecuentes. El macho cabrío negro, Akerbeltz, es una de las manifestaciones zoomórficas de Mari, que ha perdurado rodeada de mayor veneración, hasta nuestros días, entre nuestros campesinos. Ello se debe a que "tiene facultades curativas e influencia benéfica sobre los animales encomendados a su protección y custodia. Todo chivo negro es considerado como símbolo suyo.

Por eso, en muchos casos, deseando impedir que su ganado sea atacado por alguna enfermedad, crían (los campesinos) en el establo un macho cabrío, que debe ser negro. Los adeptos de Mari la invocarán en las cuevas, ya que "la morada ordinaria de Mari son las regiones situadas en el interior de la Tierra". "Pero -agrega Barandiarán- estas regiones comunican con la superficie terrestre por diversos conductos que son cavernas y simas. Por eso, Mari hace sus apariciones en tales lugares con más frecuencia que en otros (Barandiarán: artículo Mari de esta Enciclopedia)". Un dato que no hay que olvidar es que dichas cuevas comunican, en muchas leyendas, con cocinas de caseríos; por estos pasillos circulan diversos númenes y almas de los antepasados aun mucho después de haber sido santificadas con ermitas (sierra de Toloño, Albaina, Atauri, Urdúliz, tonel de San Adrián, etc.). ¿Cómo no ver sorprendentes concomitancias entre este viejo culto que ha llegado hasta comienzos de nuestro siglo, y la brujería, que escoge como escenario los mismos antros paganos? ¿Cómo no ver en el zikirojana, practicado por los viejos de Zugarramurdi hasta nuestros días, una reminiscencia del sacrificio del carnero, especie predilecta de Mari en gran número de leyendas, obsequio especial que recibía con singular agrado de parte de sus fieles? Barandiarán no duda en asegurar esta identidad: "La brujería... dio particular notoriedad a esta vieja representación del numen Akerbeltz. Este era adorado en Akelarre por brujos y brujas en las noches de lunes, miércoles y viernes. Los reunidos bailaban y ofrendaban a su numen panes, huevos y dinero.

A juzgar por la descripción de sus reuniones, éstas respondían a un movimiento clandestino, inserto en viejas creencias, en el que llegó a cristalizar la oposición contra la religión cristiana y quizá, más solapadamente, contra la organización social vigente u oficialmente reconocida en el país (véase AKERBELTZ)". Ahora bien, a esto vendría a agregarse el importante papel que en las guerras de bandos -por las que atraviesan sin cesar nuestros agitados siglos XIV y XV- desempeña la sorgiña o hechicera. Las parentelas no dudan en acudir al buen oficio de las herboleras para conseguir una pócima que envenene al enemigo odiado, o un filtro para que lo embruje, lo deje tullido o impotente en el trato sexual -¡tan libre!- con mujeres. Enrique IV de Castilla recibió en Valladolid a una delegación de Guipúzcoa, según dice Gorosábel, en queja de la plaga social que representaban, hacia 1466, las brujas, plaga que era poco combatida a la sazón por alcaides y regidores en razón de parentesco, amistad, y sobre todo, "bandería". El Rey dictó una real Cédula en el mismo Valladolid el 15 de agosto de dicho año, admitiéndose facultad a los alcaldes de Hermandad para juzgar y sentenciar sin apelación. Hierbas, raíces y frutos silvestres son ya ampliamente conocidos en el medievo vasco. La hechicera no sólo fabrica ponzoña, sino también narcóticos y afrodisíacos mediante el uso de diversos estupefacientes como, veremos más adelante. No olvidemos, por lo demás, que el tema de los encantamientos, filtros, sortilegios, etc., reciben un tratamiento culto en la baja Edad Media, en la popular y floreciente novela de caballería que en Euskalerria, como en toda Europa, no dejaría de influir. Clases altas y humildes, cultas o populares, el entresijo de creencias en poderes ocultos, influencias astrales, premoniciones, etcétera, al iniciarse entre nosotros la modernidad, es inmenso. Veamos, por ejemplo, cuál es la confesión de un feligrés reportada por uno de los asistentes al Sínodo de Pamplona de 1499:

Otrosi, padre, he ofendido a Dios, a mi anima et a mis próximos en los 10 mandamientos... En especial he pecado contra el primer mandamiento... Otrosí, he tovido creencias en encantaciones y en adevinos y he recorrido a ellos por hallar cosas algunas que me fueron hurtadas. Otrosí creyendo en agüeros y haciendo hacer encantos para guarescer de enfermedades, tomando nóminas de ciertos nombres non conocidos o con ciertas ceremonias creyendo en sueños, y unos días ser mejores que otros para hacer algunas cosas, creyendo que hay broxas sorguinas y en estornudos et en otras cosas muchas...

El mismo Sínodo encargaba que se preguntara a los confesados:

"si creyó que el hombre, según la constelación o las planetas en que nasció, era forçado a ser buena o malo. Item, si dio yerbas a su marido o a la mujer o a otra persona, a dixo o Jizo alguna cosa fea porque le quisiese bien, pecó mortalmente... Item, si creyó que los hombres o las mujeres se tornaban gatas o otros animales con unciones o con palabras...

Goñi Gaztambide: El tratado "De superstitionibus", de Martín de Andosilla, "Cuadernos de Etnología y Etnografía de Navarra", n.º 9, 1971, p. 250.

Respecto a las tierras situadas al norte del Bidasoa, dice una carta de las Litterae Societatis Jesu....:

Los habitantes de la parte montañosa de Laburdi participan del aspecto salvaje de esta comarca; desprovistos de toda cultura intelectual, así como de toda enseñanza religiosa, y abandonados a su áspera naturaleza, han caído en los desórdenes más espantosos de la superstición, de la magia y de la hechicería. Parecen no conservar más que algunos restos de la doctrina de la Iglesia y éstos para emplearlos de modo sacrílego. No tienen otra religión que un culto diabólico y la ponen de manifiesto por medio de prácticas tan extrañas como abominables. Sin embargo, no es sólo a través de la magia y de prácticas situadas al margen de la religión oficial por donde intentarán abrirse paso las viejas creencias de nuestros antepasados. A mediados del siglo XV surge en Vizcaya el más asombroso de los movimientos espirituales del medievo vasco -e incluso de épocas modernas-, el de los llamados Herejes de Durango, fenómeno místico-religioso que se tiende a emparentar con los registrados en otros lugares de Europa -como los fraticelli, los cátaros unos siglos antes, etc.-, pero que una crítica seria, más rigurosa, tiende a identificar también con restos, aún vivos o en pleno sincretismo, del paganismo vasco. Los herejes vizcainos fueron aleccionados por dos frailes de San Francisco, Fray Alonso de Mella y Fray Guillén. Instalado en Tavira hacia 1425-1430. Fray Alonso "enseñó primero a los aldeanos y después a los de la villa, sus dos errores fundamentales, es decir, comunidad de bienes y de mujeres... (Aguirre)". "Los herejes de Durango creyeron no haber otra cosa sino nacer y morir: algunos quisieron entender la sacra escriptura en otra manera de como la entendieron los santos Padres y Doctores de la Iglesia (Valera)". Este famoso episodio al que Mariana denomina "cierta herejía de fraticellos" será denunciado a las autoridades en 1442, siendo quemados en Valladolid y Santo Domingo de la Calzada más de 100 herejes. Aún duraba en 1482 y volvió a reavivarse en el transcurso de los siglos, bajo formas curiosamente similares, hasta en el mismo siglo XIX (ver Durango).

Idoia Estornés Zubizarreta


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