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Administración

Las ciudades y las bases de la Administración. A la conquista del territorio de la actual República de Colombia siguen las fundaciones de las ciudades que habrían de consolidar el dominio, afincar la población, permitir el ejercicio de la autoridad de la corona e iniciar una economía de la tierra por parte de los encomenderos. En éstos pasajes de la primera mitad del siglo XVI, en forma influyente, también se hacen notar los vascos. No hay fundación en la que no se distinga algún natural del País Vasco, muchas veces, bajo el nombre, en aquel siglo denominación nacional común para todos los vascos, incluyendo a los vascos continentales, de "vizcaínos". Andagoya ordena la fundación de Buenaventura, en el Pacífico. A Cartagena la funda, en 1532, Pedro de Heredia, apellido de oriundez alavesa, de Barrundia, próximo a Vitoria. A Tolú y Monpós, en el mismo siglo XVI, los hermanos Heredia, Pedro y Alonso. En la fundación de Santa Fe de Bogotá, Gonzalo Jiménez de Quesada designa como uno de los dos primeros alcaldes a Jerónimo de Inza. Otros primeros alcaldes de apellido vasco fueron Pedro de Ayala, en Call, y Martín de Arriaga, en Cartago. A Neiva la funda inicialmente Diego de Ospina (otro Diego de Ospina la fundaría por tercera y definitiva vez, a principios del siglo XVII). A la ciudad de Pamplona, Pedro de Ursua Armendáriz y Ortón Velasco. A Tudela de Muzo, Pedro de Ursua. Tudela de Navarra la llamó Ursua al fundarla porque de Tudela era su madre, D.ª Leonor de Armendáriz, hermana del primer presidente de la audiencia del Nuevo Reino de Granada. Al capitán Pedro de Ursua se refiere Juan de Castellanos en sus Elejías de Varones llustres de Indias, cuando relata los episodios de estas fundaciones:

"Descubrió los caminos más reclusos,
Allanó la montaña rigurosa,
Conquistó la provincia de los muzos,
De este reino la más dificultosa.

Y así, con el valor de su persona,
Y entre valientes indios y arriscados,
Pobló ciudad, a quien llamó Pamplona".

Este es el vasco inmolado por el oñatiarra Lope de Aguirre en la aventura amazónica. Ivagué, en el Valle de Las Lanzas, es fundada por el Oidor Andrés López de Galarza. Alonso de Olaya funda a Villeta. A Remedios, en Antioquía; el capitán Francisco Martínez de Ospina, el mismo que más tarde establece a Mariquita. A Villa de Leiva, Juan de Otálora. A Buga, en el Valle del río Cauca, la ordena fundar el gobernador de Popayán, Alvaro de Mendoza. En otras muchas creaciones importantes de este período, que también llegaron a ser ciudades capitales del país, en las de Santa Marta, Cartagena, Cali, Popayán, Bogotá, Tunja, los nombres de vascos constan entre los testigos, entre los primeros alcaldes, entre los miembros de los cabildos o entre los eclesiásticos.

Los Aguirre, Chaiburu, Chazarreta, Garibay, Loyola, Unzueta, Zúñiga y otros muchos. A medida que Ortún de Velasco, Martín Galeano y Pedro de Ursua penetran y recorren los territorios del noroeste colombiano, los actuales departamentos de Santander inician la colonización mediante la organización de poblaciones: Cácota, Charalá, Chinacotá, Guaca, Oiba, Vélez. Se asientan en los valles fértiles, en climas gratos, en los pasos de comunicación en las altas serranías, en el centro de las tierras recibidas de la Corona en encomiendas, sobre anteriores caseríos indígenas, en los puertos fluviales, al lado de las cuencas auríferas. Unas veces es un acto de eminente posesión militar, de defensa contra la resistencia del aborigen, otras es poblamiento por razones económicas.

Al noroeste, en las denominaciones administrativas actuales del Atlántico, Bolivar, Sucre y Córdoba, en el siglo XVI, los hermanos Heredia son los dos grandes colonizadores. Crean María la Baja, Mompós, San Benito Abad, Toluviejo, Tubará, San Martín de Loba, Santa Catalina. En el centro del país, en el mismo siglo XVI, sobre la cordillera Oriental, los fundadores de Facatativá y de Guadunas son Alonso de Olalla en asocio de Hernando de Alcocer. A Ubaré la funda el licenciado Bernardino de Albornoz. Y al sur, por el valle del Cauca, el alto Magdalena y el nudo andino de Pasto, que descubrieran Sebastián de Belalcázar, Juan de Ampudia, Pedro de Añasco, Pascual de Andagoya, Juan de Ladrilleros, Lorenzo de Aidana, Juan Badillo, Jorge Robledo, Miguel López Muñoz, se registran muchas fundaciones, además de las ya citadas, llevadas a cabo por conquistadores y religiosos con nombres vascos. A Ipiales, en la frontera colombo-ecuatoriana, le da carta de fundación Andrés Moreno de Zúñiga; a Pasto y Yacuanquer, Lorenzo de Aldana; a Toro, Francisco de Larraga; a Guacarí, Juan López de Ayala. Con otras muchas ciudades menores sucede lo propio. A Nueva Córdoba y a Nueva Sevilla, las crea, a fines del siglo XVI, Pedro de Cárcamo-Orozco. A San Martín del Puerto, el gobernador Juan de Zátate. A Triunfo de la Cruz de la Nueva Cantabria, en la boca del río Guarinó, ribera del Orinoco, la levanta Juan Ochoa de Agresala y Aguirre. A San Miguel de Ochagabía, junto al río Apure, Miguel de Ochagabía, gobernador de aquel distrito. En la laguna de Maracaibo, Juan de Chazarreta consagra la fundación de Gibraltar. A los Reyes del Valle de Upar, el capitán Santa Ana, por orden de Miguel Díaz de Armendáriz.

A Purificación, en Neiva, el gobernador Diego de Ospina. Después, en la administración y gobierno de los regímenes coloniales se hace más frecuente la actuación del pueblo vasco. Una de las figuras más sobresalientes de este ciclo de instalación del gobierno civil y de la organización socio-económica fue el Visitador Licenciado Miguel Díaz de Armendáriz, portador de las nuevas leyes protectoras de la población indígena, promulgadas por Carlos V a instancias de fray Bartolomé de las Casas y de Francisco de Vitoria. Con Armendáriz colaboró en esta obra su sobrino Pedro de Ursua, gobernador de Santa Fe a mediados del dieciséis, al que ya nos hemos referido. También se destaca en el gobierno colonial del decimosexto, el doctor Pedro Díaz Venero de Leiva, primer presidente de la Real Chancillería, de oriundez riojana.

Al instaurarse, con la llegada de Armendáriz, en 1546, la audiencia de Bogotá, hay vascos entre los gobernadores y oidores, los letrados Navarro y Galarza, por ejemplo. Adquiere relieve especial, al final del período de la audiencia, el Oidor, Licenciado Francisco Anuncibay. Más tarde, el régimen presidencialista lo encabeza Andrés Díaz Venero de Leiva y luego López Díez Aux de Armendáriz, de Cadreíta, en el sur de Navarra. Por esos días son personajes civiles los Axcoeta, Caicedo, Eraso, Gamarra, Heredia e Ibarra; los Mújica, Orozco, Ospina, Peralta, Salazar. Al eibarrés, Miguel de Aguinaga y Mendigoitia, gobernador de la Provincia de Antioquía, correspondió, en noviembre de 1675, consagrar oficialmente la fundación de la villa de Medellín, actualmente la segunda ciudad industrial de Colombia. Se ha dicho, con razón, que los vascos dieron un importante aporte a la raza antioqueña que puebla la Cordillera Central colombiana en los Departamentos de Antioquía y Caldas.

Así lo delatan los apellidos de muchas familias de la montaña y la idiosincrasia libre, particularista y tradicional de la sangre de los Aguirre, Alzate, Aránzazu, Arbelaez, Aristizábal y Arroyaba, de los Arrubla, Arteaga, Atehortua, Avendaño, por solo enumerar algunos de los apellidos vasco-antioqueños de la primera letra del abecedario. Entre los pioneros del valle de Aburrá, en donde se levanta Medellín, y de la villa de la Candelaria, como se le llama a la capital de Antioquía, aparecen, aun antes de Miguel de Aguinaga, su fundador, en los siglo XVI y XVII, otras figuras troncales vascas. Son protagonistas de estas primeras páginas de la historia de Medellín los gobernadores Pedro Pérez de Aristizábal y Juan Gómez de Salazar; el capitán vasco-vizcaíno Juan Taborda, llamado "el ilustre" en los escritos de su siglo, Regidor y Teniente de Gobernador, compañero de Jorge Robledo en su segundo viaje al interior del territorio antioqueño; el capitán Joanes de Zabala en la exploración y en la colonización de las tierras del promisorio valle; Angel Montoya y Mendoza y Juan Gómez de Ureña, en la formación eclesiástica; los gobernadores Luis Francisco de Berrío, Francisco Montoya Salazar, en la fundación

Aguinaga, hombre de acción, realizador, laborioso, insistente, poco después de abrir el histórico sobre que contenía la cédula de constitución de Medellín, haciendo honor a su vasquía, comenzó a actuar. A lo largo y a lo ancho diseñó los límites y las ocho cuadras del núcleo progenitor de la hoy potente ciudad de Antioquía; levantó el primer censo de 3.000 personas; dio posesión, organizó y reunió el cabildo, nombró patrones y parroquia; en fin, puso en marcha la vida civil, eclesiástica y económica, profundizando y ensanchando, así, las raíces, hasta entonces inseguras, de la villa que sufrió traslados y fue dos veces fundada. El genio positivo, realista y hacedor del vasco consolidó la instauración de la capital de los Upegui, Urnieta, Urrea y Uruburu, por no citar sino algunos pocos nombres de hogares antioqueños de cepa euskariana que comienzan con la primera vocal de este otro ilustre apellido vasco-antioqueño: Uribe. Ellos son los que hacen decir a Luis López de Mesa, cuando examina, con su gran erudición, la sabia europea de la población de Colombia:

"Empero -escribe el profesor López de Mesaesto de lo andaluz como característica de las poblaciones de la banda izquierda del río Magdalena, tiene algún descuento crítico: el antioqueño recibió grande aportación vasca, como lo dicen sus apellidos en más de treinta por ciento (de cincuenta según otros observadores de este asunto), y las mismas costumbres patriarcales de sus colonizadores, amén del tipo cenceño, de largo rostro y ceñuda fisonomía de los abuelos de antaño".

Según D. Emilio Robledo en el prefacio a la obra de Gabriel Arango Mejía sobre "Genealogía de Antioquía y Caldas", "no hay menos de un centenar de apellidos del País Vasco en Antioquía, cuyos hijos se hallaron como en su propio suelo, arraigaron hondamente y dejaron allí una dilatada herencia que perdura". Esa cifra es bastante mayor. Suma, en la última colección conocida, más de 225 apellidos vascos distintos, tan sólo en Medellín. Entre ellos los Arismendi, Barrenechea, Chabarriaga, Echevarría y Echeverri; los Elejalde, Elorza, Gaviria, Isaza, Londoño; los Marulanda, Ochoa, Olozaga, Orozco, Osgina, Zuluaga, y otros muchos más que llegaron de las abruptas montañas vascas o las bravas montañas antioqueñas. Llegaron a Antioquía y al resto de Colombia, de las cuatro regiones vascas peninsulares. Del Señorío de Vizcaya, de Guipúzcoa, de Alava, del Reino de Navarra. Y los Abondano y Elhuyar, de Laburdi y Benabarra, en la Euskalerri transpirenaica. Vinieron desde el siglo XVI al siglo XVIII los retoños del País Vasco, en su gran mayoría, en busca de nuevas tierras y nuevas casas, como capitanes, como gobernadores y tenientes, al servicio militar de la corona; pisaron suelo colombiano como alcaldes y corregidores, como procuradores y regidores, al servicio de la metrópoli; entraron como tesoreros y contadores del erario, al servicio administrativo de la autoridad colonial; y se vincularon, también, como colonos, encomenderos, comerciantes, artesanos y fundidores de oro, porque el subsuelo era de minas, semejante al que dejaron en el País Vasco, y de tierras pendientes y quebradas similares a las vertientes de Pirineos. Por todo ello, algún historiógrafo les dijo a los antioqueños: "hombres esforzados, legítimos representantes de los vizcaínos sus ascendientes y las hermosas mujeres de ojos negros, genuinas representantes de la raza caucásica".

Francisco de Abrisqueta Iraculis


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