La alfarería popular ha tenido, por encima de todos los inconvenientes, un principal, lógico e invencible enemigo de su supervivencia: el sustancial cambio que se ha operado en nuestra sociedad. El pueblo aquel para el que trabajaba el alfarero y al que él mismo pertenecía, ya no existe. Aquella sociedad pastoril, agrícola, artesanalmente industrial, cuyos orígenes se pierden muy lejos, se ha transformado profundamente. Hoy, esta sociedad está inmersa en una nueva revolución cultural, donde la presencia de esos humildes y entrañables cacharros de barro se ha vuelto inútil. Pero quizá ésta no sea ya, exactamente, la categoría de estas vasijas. Lo considerado como inútil, aún está indicando que convive en el mismo entorno cotidiano que lo no considerado como tal, y hoy se han cumplido ya unos cuantos años desde que éstas fueron arrinconadas, los suficientes para que esa categoría se haya gastado, para que podamos acercarnos a ellas con una visión absolutamente diferente, por encima de esas categorías. Hoy este acercamiento está impulsado por una nueva sensibilidad, por una consideración estética diferente, por un fuerte deseo de encontrar, como en otras manifestaciones de nuestro pueblo, una pequeña ayuda, para conocerlo mejor. Vamos a tratar por separado la alfarería de Lapurdi y Navarra y la de Álava, Guipúzcoa y Bizkaia, por reunir la de éstas tres últimas, notas comunes que permiten su tratamiento conjunto. Nos referimos a aquellas piezas que han llegado hasta nosotros y que eran de uso común en todas partes, poco antes de la guerra.
La característica fundamental de la alfarería de estas tres provincias a diferencia de la de otros centros alfareros, ha sido, sin duda, la de su vidriado blanco. Cántaros, jarras, orzas, tazas, platos, botijos, etc., bien parcial, bien totalmente, siempre han sido vidriados de blanco en nuestros talleres alfareros, hasta que poco antes de la guerra de 1936-1939 comenzó a escasear el estaño, uno de los componentes del baño blanco. Coincide este momento con el de la vertiginosa caída de la alfarería en nuestro país. En algunos centros alfareros aún siguieron con este baño blanco, trayéndolo de Valencia, pero en general se comenzó a vidriar las piezas, con sulfuro de plomo; "alcohol de hoja", que procedía de Linares. También se conseguían tonalidades cremosas más conformes a lo que hasta entonces se había hecho, a base de dar engobe a las piezas y vidriarlas luego con el "alcohol de hoja". El perfil, la forma de algunas de las piezas, también ha contribuido a dar personalidad a esta alfarería. En la memoria de todos están las jarras de txakolí, de hombro subido, que al igual que otras para el agua y la sidra, iban bañadas de blanco por dentro y hasta la mitad, más o menos, por fuera, formando un elegante pechero. Y sobre todo el cántaro, de líneas tan excepcionales, tan apartadas de los moldes clásicos, al que sólo hemos podido hallar semejanza, como ya lo señalaba Violant y Simorra, con el "doll" catalán que salía de los alfares de La Bisbal, Figueras, etcétera.
Los talleres alfareros de estas provincias eran más numerosos de lo que en un principio pudiera parecer. Los había en Bilbao, Amorebieta, Durango, Mungia, Orduña, Abadiño, Apatamonasterio, Elosu, Amézaga, Salvatierra, Narvaja, Galarreta, Ullíbarri de los Olleros, Ullíbarri Gamboa, Zegama, Eskoriatza, y seguramente otros más de los que en estos momentos no tenemos noticias. Estos talleres solían tener cada uno varios oficiales, lo que supone un importante número de alfareros en el país.
Las arcillas que precisaban, normalmente dos, las obtenían casi siempre de lugares no muy lejanos obrador. La extracción era, por lo general, superficial, si bien en Durango se llegaba a practicar pozos de hasta 5 m. de profundidad en terrenos cercanos a la ermita de San Salvador de Guerediaga. Las herramientas solían ser picos, azadas, palas, efectuándose el transporte con carros de bueyes. En algunos lugares se dejaba el barro en el mismo sitio del que era extraído, durante un año, para que con las lluvias, heladas, etc., el barro se esponjara y se pudiera así trabajar mejor con él. Estas tierras pasaban después a los coladores; era éste un procedimiento común en Gipuzkoa, Álava y Bizkaia. Se volcaban las tierras en un depósito y añadiéndoseles agua se batían hasta conseguir una masa homogénea ligera. De este primer depósito hacían pasar el barro a otro normalmente más grande, previa purificación del mismo a través de un cedazo, o a través de unos pozos de decantación donde iban quedando los chinarros, raíces, etc. En este depósito permanecía la masa hasta que el barro se asentaba en el fondo y el agua quedaba arriba, dándosele entonces salida a la misma. A continuación este barro era pisado, y poco antes de pasar al torno, sobado a mano para conseguir el grado de plasticidad óptimo.
El torno que se ha usado en estas provincias ha sido el movido a pie. En algunos centros les llegaron a incorporar un pequeño motor para hacer girar la rueda pequeña. En otros sin embargo siguieron como siempre. Incluso en Narvaja, en la alfarería que aún sostienen nuestros últimos alfareros, José Antonio Larrinoa y Federico Garmendia, de tres tornos que tienen en el obrador, sólo a uno incorporaron el motor eléctrico. Al torno llamaban rueda, "erroberie". A la rueda superior, que solía ser de madera, o de hierro, la llamaban cabecera, cazoleta, rodal. Su diámetro oscilaba de 30 a 40 cms. A la inferior, de madera, la llamaban unánimente, rueda, siendo su diámetro de 1 m. aproximadamente. Estas ruedas en algunos casos solían llevar una llanta metálica, lo que facilitaba su movimiento giratorio con un menor esfuerzo por parte del alfarero. El eje antiguamente fue de madera, sustituyéndoselo más tarde por el de hierro. La punta del eje solía descansar y girar, en algunos alfares, sobre una moneda de cobre de 10 céntimos encajada en una madera; en otros sobre el fondo de un vaso de vidrio grueso, como los de los "chiquitos" de vino; y en fin, en algunos otros, sobre un punto en una plancha de metal. Más tarde, casi en todos los centros alfareros, fueron incorporados juegos de bolas a los tornos.
Las piezas una vez torneadas, se ponían a secar. Si llevaban asas o algún otro aditamento, se los solían poner cuando la pieza había cogido una cierta consistencia, volviendo, una vez hecha esta operación, otra vez al secadero. Cuando la pieza estaba bien seca procedían a vidriarla. El vidriado blanco, como queda dicho, era el de uso común. Lo solían hacer ellos mismos a base de plomo, estaño y arena. La proporción variaba algo de unos alfareros a otros. José Ortiz de Zárate, de Ollerías, hijo y nieto de alfareros, recuerda que lo hacían con "15 kg. de plomo, 1 kg. de estaño y arena". Mariano Marquiegui, de Durango, "150 kg. de plomo, 20 kg. de estaño, 150 kg. de arena". En un horno especial fundían conjuntamente el plomo y el estaño. Cuando todo quedaba calcinado, convertido en polvo, se pasaba por un cedazo y se mezclaba con la arena, moliendo todo acto seguido, en suspensión acuosa. El estado óptimo del baño lo conocían por experiencia. Una vez vidriada la pieza, tenía que volver a secarse bien antes de meterla al horno. Un exceso de humedad en las vasijas daría al traste con las mismas, pues al recibir el fuego estallarían, "habría tiros en el horno".
Cada centro alfarero tenía su horno. En algún caso dos, como en la alfarería de José Ortiz de Zárate, en Ollerías. El horno se componía de dos partes fundamentales. La cámara de cocción donde eran introducidas las piezas y la caldera u hogar donde se hacía el fuego. Ambas cámaras estaban separadas por una solera en la que se habían practicado unos agujeros para el paso del fuego. En los hornos que he visto en Álava, Gipuzkoa y Bizkaia, o que me han contado como eran, llevaban en el interior de la cámara, desde la solera hasta una altura que oscila de unos hornos a otros (1 m., 1,5, 2, etcétera) una doble pared, cuya función era la de canalizar parte del fuego del hogar hacia la zona superior de la cámara al objeto de que todas las vasijas recibieran una misma intensidad de calor. En algunos casos, sobre la doble pared solían montar varias hileras de tejas que, al mismo tiempo que canalizaban el fuego aún más arriba, dejaban escapar parte del mismo a las zonas medias a través de los intersticios de las tejas. El horno que nos mostró en su casa Mariano Marquiegui, es sin embargo, una excepción. No tiene doble pared. Quizá haya habido más hornos así. El acceso a la cámara de cocción para la colocación de las vasijas, tenía lugar por una o dos puertas a diferente nivel. Estas puertas una vez cargada la cámara eran tapadas con adobe. La caldera u hogar suele ser abovedada, y de una altura que variaba de unos hornos a otros (1,5, 2 m., etc.). Normalmente suelen tener una sola boca, por donde es introducido el combustible. Para poner las piezas en el interior de la cámara, solían montarse unos pisos que llamaban tacas. Se levantaban a base de unos cilindros de barro de diferentes tamaños, llamados bodoques, bodoquillos (bodokitxikerra) y ladrillos. Por lo general montaban las tacas con una altura de tres bodoques. El no utilizar un solo bodoque que fuera más largo en sustitución de los tres, se debía a que con el calor del horno se doblaban, poniendo en peligro la hornada. También tenía la ventaja de poder graduar la altura de las tacas con mayor flexibilidad. En Narvaja, entre el final del último bodoque y los ladrillos, ponían una pieza ("cuadrado") con salientes en. cuatro direcciones, donde apoyaban aquéllos. Para separar algunas vasijas, tazas, platos, tiestos, etc., utilizaban unas piezas de barro hechas por ellos mismos: barrus, txakurrek, tarrillos, etc. Una vez llenada la cámara con las vasijas, se cubría todo con cascotes, restos de vasijas rotas, tejas, etc. Solían emplear de uno a dos días en llenar el horno.
El combustible preferido para el fuego de la caldera era la argoma. En algunos sitios como Ollerías sólo quemaban argoma. En otros utilizaban madera de roble, haya, etc., para templar el horno, y argoma para subir el fuego arriba. Gregorio Aramendi, último alfarero de Zegama, nos decía que cuando no pudo disponer de la argoma suficiente y tuvo que quemar "ramera de pino", llenaba el horno sólo hasta la mitad, pues el fuego no subía arriba. En fin, en algunos otros sitios, utilizaban el combustible que tenían más a mano. La carga de este combustible solían hacerla con unas horquillas de dos y tres púas. Algunas, más largas, eran para empujar el fuego al fondo del horno (urkulu, urkulu luxia).
La duración de la hornada variaba de unos centros a otros: 20 horas podría ser la media. Una vez que se comprobaba que las piezas estaban bien cocidas se apagaba el horno, tapando la boca de la caldera, con adobe o con una plancha de hierro. Con ello se evitaba también la entrada de aire fresco que pudiera estropear las piezas recién cocidas. Para sacar las piezas eran necesarios 1 ó 2 días de espera. Algunos alfareros tenían la costumbre de celebrar el final de la hornada con una "comida de fiesta". Asimismo, nos decía José Ortiz de Zárate que su padre, Sabino, se santiguaba antes de encender el horno para que todo fuera bien, y al meter la última carga de argoma, con la horquilla trazaba una cruz sobre el muro del horno, encima de la boca de la caldera. Para saber cuándo estaban las piezas cocidas, se fijaban por lo general en el color que iban cogiendo los cascotes que cubrían el horno. Cuando éstos adquirían un color blanquecino solían sacar una pieza de la cámara, normalmente una taza de las varias que para este efecto habían colocado arriba del todo. A la vista de la misma se terminaba la cocción o se seguía un poco de tiempo todavía. Con 2 ó 3 catas era suficiente. En Cortederra utilizaban el procedimiento de los "visteros", procedimiento que consistía en meter un tubo metálico con un palito seco al final a través de unos agujeros (visteros), y ver, con la luz que daba el palito al quemarse, en qué estado se encontraba el vidriado de las piezas. Ramón Larringan, que fue el último en Bizkaia en dejar la alfarería, llevó a Apatamonasterio este mismo sistema, que había aprendido con su padre en Cortederra. La venta de las vasijas solían hacerla ellos mismos, transportando la mercancía en galeras tiradas por caballerías. Después este transporte se hizo en furgonetas o camionetas.
Capítulo aparte merecen las vasijas para el fuego. En Álava, Gipuzkoa y Bizkaia no había barro adecuado, resistente, para hacer piezas destinadas al hogar. Por ello, para llenar este vacío importante, solían traer piezas de fuera, preferentemente de Muelas del Pan (Zamora) y Navas del Rey y Arrabal del Portillo (Valladolid). Las preferidas eran las piezas (pucheros y cazuelas) de Muelas del Pan, pero el alfarero vasco no las vendía según las recibía y según se usaban en otros lugares de la península. Aquí no se las aceptaban si no eran vidriadas de blanco. En Muelas del Pan eran las mujeres las que trabajaban el barro al torno. Este era de los llamados de mano, muy primitivo, y en el que se ponía a trabajar la alfarera de rodillas, "haciendo penitencia". José Martínez que juntamente con su padre vendió muchos pucheros y cazuelas de Muelas del Pan, su pueblo, llegó a conocer más de 100 mujeres dedicadas al torno. Pero hace unos 25 años se acabó todo. Dejaron de trabajar el barro, achacándolo a que los hombres, al ir a trabajar a la presa de Ricobayo, dejaron de traer el barro que sus mujeres precisaban. Todavía recuerda José Martínez, así como Domingo Blanco, cuya familia fue la última en dejar el barro, los nombres de algunos alfareros vascos a quienes enviaban pucheros y cazuelas: Sabino Ortiz de Zárate, Fructuoso Fernández Larrinoa, Leandro Ganzábal, Miguel Aréchaga, etc. Ya Madoz en su diccionario dice de Muelas del Pan: "construcción de vasijas de barro, que llevan a las provincias vascongadas, y aun a Francia, algunas veces". Las piezas que se traían de Navas del Rey se vidriaban de blanco por dentro y "colorado" por fuera. Las de Arrabal del Portillo ya venían vidriadas de "colorado" y así se volvían a vender.
En Navarra, varios son los centros alfareros conocidos (Estella, Villaba, Tudela, Lumbier, Arguedas, Marañón, Tafalla, Santesteban...) habiendo llegado alguno de ellos, como el de Tafalla, hasta casi nuestros días. Marino González, su último alfarero, lo dejó en 1966.
En Tafalla predominaba la producción dedicada para frío. Sin embargo, como nos informa amablemente Marino González, hasta el año 1926 también trajeron barro de Subiza, con el que hacían piezas destinadas al fuego. A partir de entonces sólo han trabajado con una clase de tierra: la que extraían del Alto de las Cruces, en la misma Tafalla. Con ella hacían: cántaros de 12 litros, cantarillos de 6, botijos de 2 a 5 litros, rallos (parecidos a los de Magallón), botejas (barril de campo con dos asas), bebederos de gallinas, conejos y palomas, etc.
La tierra una vez extraída del "tajo", la dejaban en el mismo sitio durante un año, al objeto de que con el sol, la lluvia, las heladas, etc.; se fuera purgando y resultara así más fácil trabajar con ella. Este barro purgado luego se traía al obrador, y extendido en una era, se molía con un rodillo de piedra llamado molón, arrastrado por una caballería. Detrás del molón iba enganchado una especie de rastrillo que tenía como misión volver a levantar el barro, para la siguiente pasada del molón.
Una vez molida la tierra, se la hacía pasar por un cedazo de trama muy fina, donde iban quedando las impurezas. La tierra así preparada era casi polvo.
Hacer el pozo era la siguiente operación. Para ello se abría un hueco en el montón de tierra cernida y echando agua en el centro, se batía todo enérgicamente hasta que quedara una masa homogénea, bastante blanda. Acto seguido procedían a darle de pala al barro, esto es, volvían a batir la masa con unas palas de madera, al mismo tiempo que iban añadiendo tierra cernida para lograr una masa de mayor consistencia. Esta masa era después pisada por dos veces, una por cada lado, al mismo tiempo que se seguía echando tierra cernida. Se pasaba entonces la masa al obrador, donde sobre un suelo de cemento volvía a ser pisada. Y aun antes de ponerla al torno era sobada a mano, sobre una losa, para que tuviera el grado óptimo de plasticidad. La preparación del barro era un trabajo largo y penoso que hacía desarrollar en el alfarero una gran musculatura.
Marino González recuerda que en su casa siempre hubo dos tornos, de los clásicos, movidos a pie. La rueda pequeña y el eje eran de hierro. La grande de madera, no llegando al metro de diámetro. La punta del eje giraba y descansaba "en un punto de una chapa de bronce". En el año 1942, incorporaron a los tornos un juego de bolas. Nunca les pusieron motor. Una vez torneadas las piezas, era preciso ponerlas a secar durante un tiempo, antes de incorporarles las asas, pitorros, etc. El secado total de las vasijas antes de pasar al horno, se hacía poniéndolas primero a la sombra y luego al sol. En Tafalla no se vidriaban las vasijas. Lo que sí se hacía era lavarlas con agua, con lo que conseguían un gran acabado.
Cada alfarero tenía su horno, siendo éste, a diferencia de lo que hasta ahora habíamos visto en el País Vasco, de planta redonda. Las medidas que del mismo nos dio Marino González son las siguientes: diámetro de la solera, 2 m.; altura de la cámara de cocción, 3 m.; altura de la caldera, 1,5 m. Esta era abovedada, con tres arcos y varios arquillos entre aquéllos. El paso del fuego de la caldera a la cámara se efectuaba a través de 12 agujeros practicados en la solera. Todo el horno, tanto la cámara como la caldera, estaba construido con adobe, por lo que precisaba de frecuentes reparaciones, que solían hacerlas con el barro que había quedado en el cedazo durante el cernido (granza). Hacia la mitad de la cámara de cocción había una puerta (el boquero), por donde entraba el alfarero a cargar las piezas. Para colocarlas dentro de la cámara, no montaban pisos, pero sin embargo, a cada hilera de vasijas, llamaban tacas. La carga de piezas solía sobresalir del límite de las paredes del horno. A este rebase solían llamar colme. Para terminar, cubrían todo con cascotes, dando barro a éstos, desde donde terminaba el horno hasta 50 cm. del colme. La puerta de la cámara se tapaba con adobes. Quemaban olivos, sarmientos, aliagas, chaparros, romero, tomillo, etc. Para templar el horno, hacían el fuego en la boca de la caldera al objeto de que sólo entrara aire caliente. A las 6 horas, más o menos, es cuando echaban el fuego abajo, o sea, comenzaba el fuego fuerte. A las 22 horas aproximadamente terminaba la cocción, apagándose el fuego a base de cortar el tiro, para lo cual tapaban la boca de la caldera con una chapa de hierro. Las piezas aún se dejaban en el horno un día, para que se enfriaran. Para saber cuándo estaban las piezas cocidas, como en otros puntos del País Vasco, se fijaban en el color que iban cogiendo los cascotes. Marino venía a hacer doce hornadas al año.
En Estella hacían tanto piezas para el fuego como para frío. Cántaros de 10 a 12 litros, redonda de 8 a 9 litros, pico de 5 litros -los tres con el mismo perfil y con un asa-, botijos, botijas, orzas, pucheros, cazuelicas, tinajas pequeñas, barreños, huchas (ollaciegas), aguabenditeras, cuchareros, toricos (botijos en forma de toros), etc.
Para ello, nos dice Martín Echeverría, hijo y nieto de alfareros, que según puede recordar, usaban tres clases de arcillas: La fuerte, que obtenían en el Robledo de Ayegui, prácticamente de superficie. La tierra colorada, que procedía de Ordoiz, junto a la ermita de San Andrés. Esta tierra la sacaban de galerías que solían alcanzar los 3 m., donde se hacía muy peligroso el trabajo -"más de un pico ha quedado allí enterrado"-, dice Martín. A esta tierra solían llamar "Tierra de Cántaros". Y la tierra blanca, que sacaban de "Capuchinos", y tan de superficie que no hacía falta pico. La tierra fuerte, con un poco de arena, es la que usaban para hacer los pucheros más resistentes para el fuego. Los cántaros, tiestos, botijos, etc., se hacían con una mezcla de colorada de Ordoiz y de la blanca. "ocho cestos de la primera y cuatro de la segunda". A la mezcla de ocho cestos de blanca y cuatro de colorada fuerte llamaban "barro colado". Era el barro que utilizaban para cuchareros, jarras, ollas, aguabenditeras, etc. También hacían con éste algunos pucheros, aunque no eran tan resistentes como los hechos con la tierra fuerte y arena.
Al citado "barro colado" lo llamaban así porque la mezcla era batida y colada por el mismo procedimiento que hemos visto en Bizkaia, Álava y Gipuzkoa. Estos coladores o "pozas" como dice Martín, estaban en Capuchinos a la orilla del río. Las otras arcillas traídas a casa se molían con el molón al igual que hacían en Tafalla. Acto seguido se pasaban por un cedazo y se procedía a hacer el barro, operación que consistía en echar agua en el centro de la tierra cernida y batir todo con una pala de madera hasta dejar una masa uniforme en un montón. A continuación se cogían pedazos de barro (pegotes) y se pegaban en una pared absorbente para secarlos. Una vez seco por un lado se daba vuelta y se volvía a pegar. Esta operación podía llevar el día, siendo la cantidad de barro la de una hornada. Después se procedía a pisar el barro y como última operación antes de pasar al torno se sobaba en una mesa de piedra de 1,22 x 0,57 m. Después de la guerra, Martín puso las pozas en casa, y a partir de entonces todos los barros fueron colados. Del depósito de decantación, los pegotes cortados con una hoz se pegaban en una pared, continuándose el trabajo con este barro de la misma forma que se hacía cuando era molido con el "molón".
El torno era el movido a pie. A la rueda pequeña llamaban cabezuela y era de madera con 35 cm. de diámetro por 5,5 cm. de espesor. El eje era de hierro y la rueda para el pie de madera. El espacio donde descansaba el pie que no movía la rueda se llamaba estribo. El extremo inferior del eje, como ya hemos visto en otros centros alfareros, descansaba y giraba sobre una "ochena", moneda de 10 céntimos de cobre, encajada en una piedra. Después de la guerra Martín le puso juego de bolas a su torno. Su padre al principio se resistió, pero al fin, viendo las ventajas, también las puso al suyo. Las piezas una vez torneadas y ansadas, o sea, puestas las asas, se ponían a secar, primero bajo cubierta y luego al sol. Una vez bien secas, es cuando se procedía a vidriarlas.
El baño más usado era el encarnao que se componía de alcohol de hoja, que procedía de Linares, mezclado con tierra fuerte en la proporción de "una cazuela de alcohol, una cazuela de tierra". Ambas se diluían en agua hasta que el baño estuviera en su ser. El amarillo, normalmente como elemento decorativo en una vasija vidriada casi toda ella de "encarnao", lo conseguían a base de dar la engalba antes del encarnao. La engalba era una tierra blanca que adquirían en Logroño. Si encima de la engalba daban el negro, salía verde. El negro, "venía en unas bolsas". Para decorar los cántaros con unas rayas marrones, casi negras, utilizaban manganesa, que daban mediante unos pinceles que ellos mismos hacían con bigotes de cabra. Las orzas se decoraban con cordones e incisos.
El horno que utilizaban era de planta casi cuadraha, de 1,97 x 1,92 metros, siendo la altura de la cámara de cocción de 2,60 m. La puerta de acceso a la cámara medía 1,40 por 0,55 m. La caldera era de bóveda de cañón de 1,60 m. de alto, aproximadamente. Todo él estaba construido con adobes, que ellos mismos hacían. El paso del fuego de la caldera a la cámara se realizaba a través de 16 agujeros. En los cuatro de los ángulos el fuego quedaba canalizado hacia arriba por dos ladrillos en cada uno, a los otros les ponían una piedra caliza encima para que el fuego no diera directamente en las piezas. Antes de cargar las piezas en la cámara solían trazar cuatro cruces, una en cada pared, por su lado interior, con un "pote", pedazo de vasija rota, santiguándose después con él y dejándolo en un rincón dentro del horno. La carga y encendido del horno se hacía así: Se formaba el primer piso a base de cántaros boca abajo, pero colocados junto a la pared, dejando el centro vacío. Unos 20 cántaros. Encima de éstos se ponían otros 20 y sobre éstos el tercer piso con el mismo número de cántaros, dejando siempre libre el centro. Hecho esto se procedía a templar la cámara. Para ello el sábado a la noche se quemaban un par de gavillas. El domingo por la mañana otras dos, al mediodía y a la noche lo mismo. El lunes ya, se empleaba el día entero en cargar el resto del horno, metiendo de tiempo en tiempo alguna gavilla para seguir templándolo. Junto a las paredes hasta arriba iban cántaros y en medio todo lo demás. Para separar algunas vasijas utilizaban unas piezas de barro como hemos visto en otros sitios, de tres patitas, que ellos llamaban gatos. Algunas piezas que se quería estuvieran más protegidas, como jarras, cuchareros, etc., se metían en una especie de cajas de barro que ellos mismos hacían. Para cargar la cámara utilizaban una especie de andamio, consistente en una tabla que encajaba en la puerta y en unos orificios que tenía la pared del lado contrario y que iban subiendo a medida que se iba llenando el horno. Las piezas sobrepasaban el límite del horno en unos 60 cm. Una vez cargado el horno, se cubría todo con potes, esto es, restos de vasijas viejas, tejas, etc. Terminada esta operación, pongamos a las 10 de la noche del lunes, las siguientes tres horas se utilizaban para templar con más intensidad el horno. A las cuatro horas ya se metía fuego más fuerte, y con total intensidad en subiendo los fuegos arriba. La hornada duraba hasta las 9 de la mañana. Para apagar el fuego ponían una plancha en la boca del horno (boquera) con lo que además evitaban entrara aire y quedara alguna pieza apelada (rajada). Las piezas se dejaban enfriando en el horno un día. El combustible preferido era boj, olivastro, aliaga, etc. Al encender el fuego en la caldera, hacían una cruz encima de la "boquera" con la horquilla con la que metían el combustible. Cuando se terminaba la hornada solían decir "Alabado sea Dios".
En Lumbier, la actividad alfarera, tan importante en otros tiempos -24 alfareros menciona el diccionario de Madoz-, cesó totalmente hace una docena de años. Juan José Rebolé, descendiente de generaciones de alfareros, nos informa que siempre han utilizado dos clases de arcilla. La blanca (buro) y la colorada (roya). La tierra roya la sacaban del término de Lardin (junto al cementerio) y la blanca en el término de Larana. Se comenzaba a extraer la arcilla a los 80 cm. más o menos, pues la de superficie, soleada, no valía. Los terrenos era comunales y no se abonaba nada por su extracción. La mezcla en la proporción de tres de tierra blanca y una de colorada era destinada a piezas para conservar el agua y otras: cántaros, botijos, macetas, platos para tiestos, etc. Sin embargo la mezcla en la proporción de tres de colorada y una de blanca se utilizaba para piezas destinadas al fuego y otras: pucheros, soperas, jarras, platos, etcétera.
Las tierras las extraían, en general, en septiembre, para todo el año. Luego la tendían allí mismo y procedían a molerla mediante un trillo. Acto seguido la pasaban por un cedazo, para quitar lo mayor, llevándola a continuación a casa. Antiguamente este transporte lo realizaban en cajones a lomo de mulos, más tarde se hizo en carros. Una vez el barro en casa, era nuevamente pasado por un cedazo más fino, y amasado a continuación, operación a la que se llamaba hacer barro. Para ello se echaba agua en la tierra cribada y se pisaba vigorosamente hasta que la masa tuviera una cierta consistencia. A continuación esta masa se pasaba a un pozo donde se la dejaba un día aproximadamente para que se cuajara bien. Cada vez que se hacía esta operación, se preparaba barro para unos ocho días de trabajo. Aun antes de pasar el barro al torno era amasado nuevamente con las manos ("sobar el barro").
Las piezas que hacían principalmente eran: pucheros, de muy diversos tamaños, barreños, cazuelas, tazas, tacicas, platos, tazones, jarras, coladores, ollas, jarras de vino, caloríferos, chocolateras, cántaros de 12 y 14 litros, botijos, platos para tiestos, tiestos, jarrones para flores, huchas, bebederos, tinajas, etcétera.
El torno que han usado nos informa Juan José Rebolé, era el clásico, movido a pie, siendo tanto la rueda grande como la pequeña de madera y el eje de hierro. En otros tiempos lo fue de madera también, girando y descansando su punta, como vimos en Durango, sobre el fondo de un vaso de vidrio. Más tarde incorporó a los tornos el juego de bolas. En casa de la familia Rebolé tenían dos. En el que pudimos ver, la rueda pequeña medía 28 cm. de diámetro por 4 cm. de grueso y la rueda grande 1,05 m. de diámetro por 5,5 cm. de grueso. Nunca les pusieron motor. Las piezas una vez torneadas se ponían a secar, operación que duraba unos cinco días en verano y el doble en invierno.
Algunas piezas iban decoradas, cosa que hacían a base de cordones e incisos. Se barnizaba sólo en rojo, casi todas las piezas que iban destinadas al fuego. Totalmente por dentro. Hasta la mitad aproximadamente por fuera. El baño lo preparaban ellos mismos a base de 4 kg. de plomo que traían de Linares, con 3 kg. de roya. Una vez las piezas secas del baño, podían ser introducidas en el horno. Cada alfarero tenía su horno montado con adobe. En el de la familia Rebolé, la cámara medía 1,70 m. de alto y su planta, cuadrada, 2 m. aproximadamente de lado. La parte final de la misma era abovedada, con un orificio de unos 54 cm. de diámetro. La caldera era de bóveda truncada con varios orificios para el paso del fuego a la cámara. En la carga, tenían cuidado de poner las piezas más pesadas primeramente y las ligeras al final. No montaban pisos para su colocación. El combustible preferido era el boj. Para saber cuándo estaban las piezas cocidas se realizaban catas a base de sacar una pieza del horno mediante un gancho de hierro. La hornada venía a durar unas 20 horas, siendo unas 10 hornadas las que se venían a hacer al año. La venta la efectuaban ellos mismos por los pueblos de los contornos o enviando los productos por el tren de Irati.
En Marañón se dejó el barro allá por el año 1950, siendo Antonio Corres su último alfarero, y el único que prácticamente lo continuó, al lado de su padre, después de la guerra. Amaba su oficio y sintió profundamente tener que dejarlo. A él debemos gran parte de la información sobre la alfarería de Marañón. Marañón fue un importante centro alfarero, pues hasta nueve maestros conoció Leonor Corres, hija, nieta y descendiente de alfareros que muy amable nos acompañó una tarde a ver lo que quedaba en Marañón de aquella vieja y digna tarea del barro. La posición fronteriza con Álava, nos hace pensar que influyó en el quehacer de Marañón, especialmente por la utilización del esmalte blanco. Aquí encontramos piezas blancas por dentro, rojas por fuera, blancas por dentro y por fuera, otras solamente rojas, etc. Para las vasijas destinadas al fuego se trabajaba exclusivamente con la tierra colorada que se extraía del "camino de Huejas" en El Encinal, encima del pueblo. Sólo excepcionalmente y para piezas de mayor resistencia, mezclaban la tierra colorada con escoria que procedía de las fraguas de los herreros. Para otro tipo de vasijas utilizaban la tierra blanca procedente de "El Terrero" en la Tejería, al pie de los montículos llamados "Los Pechos". Estas tierras las sacaban normalmente en septiembre y en cantidad suficiente para un año de trabajo, dejándolas a la intemperie para que con la lluvia, el sol y las heladas se soltaran. El transporte hasta el obrador lo hacían a lomo de caballerías, mediante cajones de madera con una trampilla en la parte inferior para facilitar el descargue.
Los trabajos posteriores eran, en parte, muy parecidos a los de Estella y Tafalla. Primero molían la tierra con un "rulo", rodillo de piedra que arrastraba una caballería. Después la cernían con un "trigal" (cedazo), haciendo el barro a continuación a base de mezclar la tierra con agua y batir la masa con palas de madera. A continuación se sobaba a mano sobre una mesa de madera, quedando así la arcilla, lista para ser torneada.
El torno era todo él de madera excepto la parte superior del eje, donde iba encajada la rueda pequeña a rosca, que era de hierro. La punta sobre la que giraba era de madera de boj. En algunos casos esta punta solía ser también de hierro. Nunca le pusieron motor, ni tampoco juego de bolas, quedando sujeto a la mesa por cuerdas o con alguna pletina metálica. Las operaciones fundamentales en el torno las resume Antonio Corres así: centrar el barro; subirlo con las palmas de la manos mojadas; abrirlo con los pulgares dentro; estirar; dar forma; igualar. Para alguna de estas operaciones y también para decorar algunas piezas, el alfarero se ayudaba de una pequeña madera, con un orificio, exactamente igual que la de Estella. Una vez torneada la pieza se ponía a secar, primero a la sombra y a continuación al sol. Si la pieza llevaba asas, cordones de decoración, bocas, etc., se los ponían cuando la vasija estaba un poco "tiesa", cosa que ocurría a los dos días de torneada , más o menos, según el tiempo que hiciera.
El barnizado se daba 8 días antes de meter las piezas al horno. Utilizaban fundamentalmente el vidriado rojo y el esmalte blanco, y menos el verde y el amarillo. El vidriado rojo era alcohol de Linares, que se recibía en capazos de esparto de 50 kgs. Este mineral era molido y mezclado con agua para dejarlo en uso. El esmalte blanco lo hacían con 4 ó ,5 kgs. de plomo, 1 kg. de estaño y 4 kgs. de arena. El plomo y el estaño eran calcinados en un horno especial llamado padilla, que se componía de dos compartimentos colocados el uno al lado del otro. En el grande, de planta rectangular, de 0,60 x 1,40 y 0,80 de alto era donde se hacía el fuego con boj. De esta caldera pasaba el fuego a la cámara colocada a la izquierda a través de un conducto de 0,40 x 0,40. Esta cámara, donde se metía el estaño y el plomo, era de planta circular, de 0,50 m. de alto y una puerta de 0,40 m. La padilla estaba montada con adobe hecho con tierra de Marañón, excepto el piso de la cámara que había que hacerlo, por sus propiedades, con una tierra que traían de Azáceta. Una vez calcinado el plomo y el estaño, se echaba en unas cazuelas de cerca de un litro que llamaban canillejos juntamente con la arena, salvadera. Esta arena o salvadera la traían de la Horca, cerca del puerto La Población. A continuación metían los canillejos en el hornete, horno compuesto de una caldera con planta de 0,70 x 0,70 m. y altura 0,40 m. y la cámara con una altura de 0,60. El fuego pasaba a través de 9 orificios en la solera. También estaba montado con adobe. De aquí salía la mezcla como una piedra de plomo que era preciso machacar, majar, en un mortero -un pedazo de tronco vaciado con una porra de hierro. Aún después era preciso molerlo, operación que hacían con el mismo molino que utilizaban para el alcohol de Linares, consistente en dos piedras circulares de unos 0,60 m. de diámetro. De aquí salía un polvo muy fino que mezclado con agua, daba el esmalte blanco.
Para cocer las vasijas había cuatro hornos en el pueblo. El hornico, hoy desaparecido, donde cocían sus vasijas Isidro Chasco, Miguel Laño, Vicente Valencia y Benigno Valencia. El que utilizaban los hermanos Cesáreo y Domingo Corres, padre y tío de Leonor. El tercero, el de Inocencio Martínez y el cuarto, cerca del anterior, el que utilizaba Antonio Corres. El horno estaba montado con adobe que ellos mismos hacían. Uno de los hornos que pudimos medir tenía una caldera abovedada de 1,70 x 1,80 m. con una altura de 1,70 m. y la cámara 1,80 x 1,97 m. y una altura de prácticamente 3 m. El paso del fuego, de la caldera a la cámara, tenía lugar a través de 16 agujeros, estando los 4 de las esquinas canalizados con tejas hasta casi la mitad de la cámara. Esta tenía una puerta de 1,70 de alto por 0,60 de ancho. Antes de efectuar la carga de las vasijas, ponían encima de la solera una capa de caliza, y encima una camada "de lo viejo", esto es, de piezas que se habían estropeado en hornadas anteriores. Esto tenía por objeto amortiguar un tanto la llama sobre los cacharros. La carga del horno y el encendido del horno se hacía de forma semejante a Estella. El primer día metían dos o tres tacas, -así llamaban a cada camada de vasijas- y quemaban muy suave una gavilla para ir templando el horno. El segundo día, se llenaba otro poco la cámara y se volvían a quemar otras 2 ó 3 gavillas. Al tercer día se cargaba completamente el horno cubriéndolo con cascotes, y se daba fuego de continuo, empezando suavemente. Este día por ejemplo, comenzaban a las 8 de la mañana y terminaban a las 4 ó 5 de la tarde. Al contrario de lo que se hacía en los otros centros alfareros, no se tapaba la boca de la caldera. Para sacar las piezas había que esperar un día. Deshornar se llamaba esta operación. Las piezas que se rajaban en el horno eran denominadas apeladas y pasaban a lo viejo. El fuego lo hacían exclusivamente con boj llegándose a quemar unas 100 gavillas por hornada. Para saber cuándo estaban las piezas cocidas, se utilizaba el procedimiento de la cata, esto es, sacar una pieza del horno y comprobar su estado. Para todos los trabajos relacionados con la cocción de las vasijas, se ayudaban unos alfareros a otros, comenzando por tomar un poco de anís con pan. Cuando se terminaba la hornada hacían una comida todos juntos. Al ir a catar, hacían antes con el catador la señal de la cruz sobre los cascotes, y al meter la última gavilla de boj repetían la señal encima de la boquera de la caldera.
EIO
Bernardo Estornés Lasa
Enrique Ibarbe Ortiz