Los bilbaínos de principios del siglo XIX.
Tenía Bilbao 12.000 habitantes. Después de describir la ciudad, Zamacola define a los bilbaínos de su tiempo con los siguientes rasgos: "Los bilbaínos son alegres y bien dispuestos, pero pecan de un poco de aturdimiento en su modo de pensar y obrar. Si fuesen algo más consecuentes en sus promesas, mas sociales con los forasteros, más amigos de sus amigos, más amantes de su patria y de sus paisanos, más pundonorosos y reservados, menos fáciles en formar juicios equivocados, y, en fin, un poco mas parecidos a los demás bizcainos, sería hoy Bilbao el pueblo más envidiable del mundo para vivir un hombre tranquilo y contento en su recinto. Sus habitantes conservan la alegría natural de su juventud hasta la edad más decrépita. Cuando entre ellos se anuncia alguna función de toros admira el ver salir a los viejos octogenarios días antes, hacia el camino de Castilla, para preguntar a los pasajeros si han visto los toros que deben correrse en Bilbao; si son bien engallados y de astas rectas o corvas y si los toreros que vienen para lidiarlos son de aquellos que detienen el ímpetu del toro con la pica y le matan de la primera estocada que le dan en medio del cerviquillo. Es envidiable la vejez de un bilbaino. A pesar de estas debilidades, que son comunes en Bilbao, conozco, no obstante, en aquella villa, propietarios y negociantes de tanta virtud y pureza en sus tratos y especulaciones, que han hecho honor a Bizcaya en todas las partes del mundo donde se han dado a conocer con sus firmas, y es de esperar, de estos mismos, que por su propio honor y por el amor que deben a la patria, tratarán de poner remedio a estas distracciones. Son los bilbaínos muy instruidos en materias del comercio extranjero y de las colonias, y para que nada falte que desear a los conocimientos que transmiten a sus hijos en este ramo, tienen gran cuidado de enviarlos, durante la niñez, a Francia y a Inglaterra, para que tomen las primeras nociones de las ciencias, y a cierta edad más madura los hacen viajar por la mayor parte de las plazas de comercio de Europa, para que se perfeccionen en este ramo. Ojalá que les durase siempre este deseo de instruirse. Las mujeres de Bilbao son, por lo general, hermosas, amables, obsequiosas, honestas y sencillas; mas hay todavía entre ellas algunas que han pretendido hacer un rango diferente de las demás, como si la constitución del país autorizase las diferencias de clase; pero estas señoras saben ya que son bizcaínas que la ley y la costumbre las hace iguales a todas las de su sexo en aquel país y que solo debe ser distinguida y reverenciada de todos aquella que ejerza más virtudes con sus semejantes y que cumpla mejor con las dulces obligaciones de una buena madre de familia. Son laboriosas en extremo las bilbainas, y como que están ocupadas constantemente en sus tareas domésticas se hallan muy poco o nada expuestas a la corrupción. Casi todas han recibido una educación fina y así se ve que hay muchas que ayudan a sus maridos y dependientes a escribir la correspondencia de su comercio y otras que venden en las tiendas y llevan los asientos de los libros con tal esmero y puntualidad que en nada se echa de menos la falta de los hombres. Rara vez se oye hablar en Bilbao de debilidades de mujeres casadas, porque éstas son ejemplares en su conducta. Las costumbres puras del país no permiten que el lujo y la corrupción hagan los estragos que en otras partes. Sus trajes son decentes y sencillos; su trato amable y sin consecuencias; las confianzas extremadas en los maridos, y, en fin, son tan virtuosas esposas como verdaderas madres de sus hijos. Las mismas costumbres reinan en las jóvenes solteras. A pesar de estas virtudes recomendables, hace pocos años que se veían todavía las hembras bilbainas muy poco obsequiadas de sus maridos; las más por un entusiasmo mal entendido de éstos, que sostenían que la dignidad del hombre no debía dejarse jamás arrastrar de las gracias y atractivos de las mujeres, y las otras porque eran víctimas de los caprichos de los jóvenes, que querían ostentar la austeridad sombría de las costumbres inglesas; y así es que estas desgraciadas vivían casi solas; se paseaban solas; tenían sus tertulias solas, y apenas gozaban de la presencia de sus maridos, sino a las horas de comer y a deshora de la noche. Entre tanto, ellos se juntaban unos con otros por las mañanas para tratar de sus negocios; se paseaban juntos; concurrían a sus cuarteles o tertulias, juntos y sin mujeres; y cenaban allí juntos con su grande algazara y alegría. Por fortuna los bilbainos han dado ya más ensanche a esta hermosa porción de nuestra existencia con la franqueza y civilización que se ha difundido en estos años últimos, sin ofender en nada la pureza de sus costumbres, y hoy gozan estas desgraciadas de un trato más franco y jovial que aquel que las redacta a una esclavitud oriental."
Bernardo Estornés Lasa