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Arte

Privilegiada localidad por lo que a la riqueza de su patrimonio artístico se refiere -lo que ha motivado por parte del Gobierno Vasco la declaración de su casco histórico como Conjunto Monumental con la categoría de Bien Cultural Calificado-, la primera obra a considerar aquí es la iglesia parroquial de San Pedro. Ubicada en el extremo del recinto primitivo, se erigió en el mismo solar en el cual se situaba San Pedro de Ariznoa, primitiva iglesia del lugar. La historia constructiva del actual templo es larga y compleja, iniciándose en 1521, cuando Pedro de Lizarazu recibió cuatro ducados de oro por las trazas efectuadas para la capilla mayor. En cualquier caso, sería finalmente en 1527 cuando se dio inicio a la obra, realizándose entre ese año y 1555 el presbiterio y el primer tramo, denominado como crucero en ese momento. Responsable del diseño de esa última zona fue Miguel de Aguirre, encargándose de su concreción Andrés de Izaguirre primero y, a su muerte, Domingo de Guerra después. Es en 1569 cuando se da inicio a la segunda fase constructiva, asumida por Pedro de Ibarra, quien no cumpliría con el plazo acordado de seis años, de modo que en 1589, una vez que había fallecido ya, fue sustituido por su hijo Pedro Martínez de Ibarra. Pese a que éste debía finalizar el edificio en cuatro años, los problemas económicos de la parroquia siguieron retrasando la marcha de las obras, de modo que en 1604 el aludido maestro no llegó a un acuerdo con los patronos, quienes se dirigieron a Juan Pérez de Aróstegui, que fallece dos años después, sustituyéndole su hermano Domingo de Aróstegui. Un año más tarde, y cuando parecía posible poner fin al edificio, surgió un problema constructivo que retrasaría ese momento. Los soportes realizados por Pedro de Ibarra no podían soportar el peso de las cubiertas que se estaban confeccionando. Así, fray Miguel de Aramburu, Juan de Apoita, Miguel de Garaizabal y Juan de Olate decidieron que esos soportes debían de ser derribados y nuevamente erigidos, siendo el propio Domingo de Aróstegui quien asume tal labor. Fallecido éste en 1609, Ignacio de Ansola dirige las obras entre 1611 y 1619, terminando definitivamente el cuerpo de la iglesia. En 1613 se decidió erigir una nueva sacristía, detrás de la cabecera, puesto que la anterior era pequeña. Nuevamente se alargan las obras. Aunque para 1626 se había realizado ya las paredes, la cubrición era de madera, de modo que es entre 1646 y 1648, previa nueva donación de un indiano, cuando Juan de Zaldúa y Juan Martínez de Aguirre realizan la definitiva bóveda de crucería, siguiendo la traza -que se conserva- otorgada por el primero de ellos. La actual torre, que sustituyó a una de carácter provisional, corresponde al diseño presentado en 1728 por José de Lizardi. El propio arquitecto asume junto con su hijo Pedro Ignacio la construcción en 1734, iniciándola al año siguiente y finalizándose en 1742, si bien es en 1743 cuando examinan la obra Juan Bautista de Inchaurandiaga e Ignacio de Ibero. Resultado de todo este esfuerzo constructivo es una planta de salón, con tres tramos y cabecera poligonal. En buena lógica, el presbiterio y el primer tramo muestra aún un acusado apego a las formas góticas, mientras que los otros dos tramos presentan soluciones propias del siglo XVI, con soportes toscanos y complejas bóvedas de crucería. La fachada-torre se halla dotada de un acusado carácter escenográfico, dado su sentido urbanístico, mientras que su alzado es ciertamente destacable. Igual ocurre con la portada que en su parte baja se sitúa, obra del último tercio del siglo XVI. Dadas sus características, su diseño y realización bien podrían corresponder al propio Pedro de Ibarra.

En su interior, debemos citar en principio el retablo mayor, ejecutado aproximadamente entre 1535 y 1540. Después, en 1545 Juan de Anda, pintor vitoriano, se compromete a policromarlo, labor que inicia un año más tarde y finaliza en 1548. En el contrato se señalaba, además, que en el banco debían situarse relieves con los evangelistas en lugar de las realizaciones anteriores. Por otro lado, en 1563 el retablo fue elevado sobre un zócalo y en 1595 se retiró la imagen de la Piedad para en su lugar situar el sagrario, acordándose además en 1725 situar en este mueble la imagen de San Roque. A pesar de no existir referencias documentales al respecto, se ha apuntado la posible participación de Juan de Gante en la escultura realizada en la primera fase, mientras que en el caso de los evangelistas existe unanimidad a la hora de considerar autor de los mismos a Juan de Ayala II. Con una disposición de casillero, el retablo consta de banco, tres cuerpos y ático, utilizándose como soportes columnas abalaustradas y con una decoración propia del primer Renacimiento, esto es, grutescos, motivos a candelieri, conchas y tondos, entre otros. En las imágenes efectuadas en la primera fase se advierten pervivencias góticas, realizaciones sin excesiva calidad en última instancia, mientras que las de Juan de Ayala II resultan mucho más estimables, al tiempo que evolucionadas, cosa lógica por otra parte. Los retablos colaterales de Nuestra Señora del Rosario y de San Miguel fueron contratados en 1652 por Mateo de Zabalia, quien había dado traza para ello, finalizándolos para 1656, tras su fallecimiento, Juan de Zaldúa. Ubicados en su lugar al siguiente año, Bernardo de Elcaraeta se encarga de la escultura, realizada en su totalidad para 1661, mientras que el complemento polícromo corre a cuenta de José de Ganuza. Se trata de organismos clasicistas, correctos en su formulación arquitectónica, siendo la labor escultórica de Elcaraeta muy destacable. Además, en el lado del evangelio, bajo el coro, se sitúa el retablo del Cristo de la Agonía, que cobija la extraordinaria talla del escultor andaluz Juan de Mesa. Realizada para Juan Pérez de Irazábal en 1622, el Contador de Su Majestad la donaría en 1626 a la parroquia. El marco arquitectónico se debe a Juan de Apaeztegui, quien lo realizaría entre 1679 y 1680, realización plenamente barroca que subraya aún más, si cabe, la realización más personal y destacada del insigne escultor nacido en Córdoba. La sillería de coro fue ejecutada entre 1720 y 1722 por Tomás de Auzmendi y Antonio de Balzategui, según el diseño de Juan Bautista de Suso.

Situado en la sacristía, el retablo o políptico de San Miguel es un conjunto pictórico de procedencia flamenca, cuya predela se data hacia 1520, mientras que el resto de paneles se habrían efectuado en torno a 1530-1540 por algún maestro perteneciente a los círculos manieristas de Amberes, sustituyendo finalmente a la desaparecida escena de San Miguel una talla de San Pedro perteneciente al siglo XVII. A pesar de su desigualdad, se trata de un conjunto sobresaliente, que nos muestra a los donantes, pertenecientes a la familia Ozaeta. Por otro lado, el lienzo de la Trinidad pertenece a finales del XVI o principios del XVII, obra que se considera perteneciente a la escuela sevillana. Además, el lienzo de San Juan Bautista lo efectuó Diego de Mugarieta en 1674, mientras que mucho más destacables son los de San Nicolás Tolentino y San Lorenzo, identificados como obras del taller de Zurbarán; la Adoración de los pastores, relacionado con la obra de Ribera; un excelente San Jerónimo, atribuido a Francisco Collantes y la Virgen de los Dolores, magnífica realización sevillana del tercer cuarto del siglo XVII, emparentada con la obra de Valdés Leal. Por último, señalemos la existencia de una cruz parroquial del siglo XV, una custodia del siglo XVII y un relicario perteneciente al XVIII.

Un tanto alejada del emplazamiento original, Santa Marina de Oxirondo se documenta ya a principios del siglo XIV, incorporándose algo más tarde la universidad de Oxirondo a la villa. La fábrica actual es, sin embargo, más tardía, toda vez que su reedificación se inició en 1542. Es Andrés de Leturiondo quien en ese año otorga trazas para la capilla mayor e inicia las obras, sustituyéndole diez años más tarde Pedro de Estiburu. Posiblemente esta intervención finalizaría en 1555, puesto que Martín de Igarza, Domingo de Guerra y Pedro Soraiz efectúan el correspondiente examen. Es precisamente el último quien otorgaría el diseño de las bóvedas. Tras fallecer Estiburu, en 1559 le sustituye Pascual de Iturriza, al cual releva, por idéntico motivo, Juan de Hemasabel en 1563. Ante el incumplimiento de los plazos por parte de éste, en 1576 se firma un nuevo contrato con Gaspar de Balzola, hallándose prácticamente finalizadas las obras de esta primera fase, correspondiente a la cabecera y primer tramo, en 1582, si bien el verdadero final ocurre en 1607, con el examen de fray Miguel de Aramburu, Juan de Apoita y Miguel de Garaizabal. Dadas las dificultades económicas, habría que esperar hasta 1648 para dar inicio a la segunda fase constructiva. Aunque es Juan Martínez de Aguirre quien asume las obras, cede su remate a Juan de Zaldúa, autor de dos dibujos de las bóvedas y planta de la iglesia, que han llegado a nuestros días. Si bien el señalado maestro debía terminar la empresa para 1660, una serie de problemas provocan que en 1663 le sustituya Ignacio de Salsamendi, al que se le concede como plazo el año de 1672. Una vez más, en 1666 es Juan de Zumeta Larrañaga quien se encarga de las labores a realizar, y a su muerte, cuatro años más tarde, sus hijos Nicolás y Martín. Ya en 1672 son Miguel de Abaria y Martín de Garatechea quienes examinan la finalización de las bóvedas, habiéndose terminado ya el interior de la iglesia. En 1693 Juan de Aranceta y Esteban de Abaria se comprometen a realizar la cornisa externa, según el diseño, que también se conserva, de Lucas de Longa. Dos años después, Martín de Zaldúa elabora un nuevo diseño para la torre, adjudicándose el remate Esteban de Abaria, quien la finaliza para 1701. Además, señalemos que el pórtico se efectuó entre 1722 y 1726, la sacristía a principios de ese mismo siglo y que la fachada occidental es una realización neoclásica de Alejo de Miranda, obra acometida entre 1791 y 1798, periodo en el cual se realizaría el nuevo coro en el interior. Nuevamente nos hallamos ante una iglesia de tres naves y planta de salón, provista de ábside poligonal de escasa profundidad y con complejas bóvedas estrelladas, imponiéndose la unificación espacial y la coherencia del conjunto, pese a lo tardío de su finalización. En cuanto a la torre, se sitúa en el tercer tramo del lado de la epístola, sobre el basamento realizado con anterioridad. Mucho más avanzada que las propuestas clasicistas anteriores, es una obra muy destacable también, que tendrá repercusión en las labores de otros arquitectos de la zona.

Su retablo mayor es uno de los muebles litúrgicos más señalados de la península. Es Miguel de Irazusta, natural de Alkiza pero establecido en Madrid, donde ejecuta diferentes obras reales, quien otorga la traza en 1736. Si bien Andrés de Aldaeta contrata su ejecución, es finalmente el propio Irazusta quien debe encargarse de la construcción, desarrollada entre 1739 y 1743. Este organismo rococó posee un elevado banco, cuerpo único de tres calles y remate, adoptando como tipología el esquema de medio baldaquino. Provisto de un expositor con forma de templete, los elementos decorativos se sitúan preferentemente en los fustes de las columnas, con guirnaldas, colgantes, espejos, etc. La trascendencia del conjunto es enorme, no sólo por lo que a la arquitectura se refiere, ya que la escultura pertenece a Luis Salvador Carmona, caracterizándose por su elevada calidad. En el cuerpo único, situados en los intercolumnios se encuentran San Jerónimo y San Agustín, mientras que en la calle central San Abdón y San Senén escoltan a la titular, Santa Marina, sobre la cual se sitúa un relieve con su martirio. Ya en el remate se halla el Salvador, con la paloma del Espíritu Santo sobre él y escoltado por las virtudes cardinales. En cualquier caso, no termina aquí la aportación de estos maestros, extensible a algunos de los retablos colaterales y laterales. De este modo, en 1741 la cofradía de las Animas decidió efectuar un retablo lateral de su advocación, encargándose de la arquitectura Irazusta y de la imagen de Santa Teresa del remate Salvador Carmona. También a Irazusta debemos el retablo colateral de la Virgen del Rosario, siendo del mencionado escultor las imágenes de la titular y San José. Al otro lado, en el de la epístola, encontramos los retablos de San Miguel y el de San Roque y San Sebastián, contratados en 1756 por Tomás de Jáuregui, finalizándolos para el año siguiente, y debiéndose la efigie del arcángel a Salvador Carmona, mientras que el lienzo del segundo ha sido atribuido a Francisco Bayeu. Para terminar, señalemos la existencia de una cruz parroquial de la segunda mitad del siglo XV con modificaciones posteriores y una custodia correspondiente al segundo cuarto del siglo XVI que aúna características góticas con otras más avanzadas ya.

En la calle Goenkale conviene citar las casas señaladas con los números 2 y 3, que mantienen elementos propios del siglo XV, la llamada de Rekondo, con el número 1, que fue reconstruida en 1816, y, sobre todo, el convento de la Santísima Trinidad. Su origen se remonta a 1513, fecha en la cual se produciría la fundación de un beaterio en una casa situada en esa misma calle. A mediados del siglo XVI aceptaron el ofrecimiento del comendador Andrés Martínez de Ondarza, caballero de la Orden de Santiago, y su mujer Magdalena de Araoz, que serán los patronos del nuevo cenobio, con licencia del Obispado de Calahorra en 1557 y toma de posesión de la iglesia en 1566, abandonando su carácter de beatas y pasando a ser isabelinas para en 1962 constituirse en convento de clarisas. La clausura, sin embargo, tendrá un desarrollo poco homogéneo, por cuanto aprovecha sendas viviendas situadas a ambos lados de esa iglesia. Es esta una realización anónima del segundo tercio del siglo XVI, efectuada seguramente entre las dos fechas anteriormente citadas, con planta rectangular, cabecera poligonal, tres tramos y bóvedas de crucería estrelladas, mientras que al exterior, la espadaña fue realizada en 1728 por Bartolomé de Elcoro. Por lo que a la disposición de la clausura se refiere, la zona situada a la derecha del conjunto, tomando como referencia su visión externa, resulta más coherente que la del otro lado, anterior en el tiempo.

La calle Artekale cuenta con el número 10, la casa de Miguel de Argarate, interesante exponente de la arquitectura del siglo XVII. El contrato fue en 1648, encargándose de la construcción Pedro de Olaechea. La casa con el número 15, por su parte, conserva la parte baja de la fachada renacentista, realización anónima de gran calidad e interés. En el número 23 hallamos una reconstrucción del XIX, pero que reproduce un tipo propio del XVII. Con todo, el edificio más señalado es la casa Loiola o Acedo-Loiola, que en realidad se sitúa fuera ya del núcleo medieval, en la continuación de Artekalea hacia Arrurriaga. Afortunado ejemplo de arquitectura civil del siglo XVII, ha sido objeto de una rehabilitación. Se trata de una realización sobria y compacta, al tiempo que netamente funcional.

En Barrenkale, por su parte, abundan los edificios relevantes. Las casas número 3 y 15 mantienen en la planta baja de sus fachadas evidentes referencias renacentistas, mientras que la número 11, establecimiento de hostelería en la actualidad, y la 25 son del siglo XVII. En la caso de la última, el contrato de obra se efectuó en 1624, encargándose el maestro carpintero Domingo de Berroeta de la construcción. De los siglos XVIII y XIX son los números 5, 10, 13 y 21.

Ainhoa Arozamena Ayala
Ignacio Cendoya Echániz


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