Txakolineros.
El txakolinero propiamente dicho era un aficionado al txakolí y un experto. Se le caracterizaba como seriote, un poco adusto y otro poco jactancioso. Tenía el orgullo de saber catar lo que libaba. No era exhibicionista. Por el contrario, solía vérsele en lo más recóndito del txakolí y generalmente sólo o en charla con dos o tres txakolineros más. Eran sentenciosos en sus afirmaciones y no admitían a otros aseveraciones sobre la calidad del txakolí. Los expendedores de este vino agrio, tan especial, se asesoraban de ellos mismos para proveerse, pues les temían. El contraste entre el txakolinero seriote, cachazudo y reservado, con el joven de épocas posteriores que los domingos y fiestas jugaba a la rana en los txakolís y a la vuelta cantaba y alborotaba, es total. A la satisfacción callada y profunda del txakolinero castizo se corresponde la exuberante alegría de los nuevos bebedores de txakolí. Hoy los txakolineros han pasado a la historia y el txakolí, vino agrio, riquísimo y extraño, escasea en cantidad y calidad. Quizá a estos txakolineros y txakolineras de nuevo cuño aluda la copla popular:
| Las bilbainitas en el verano |
| txakolin gorri suelen beber; |
| bajo las parras de Puente Nuevo, |
| buenas moskorras suelen coger. |
Bernardo Estornés Lasa