El paseo.
En los tiempos actuales ha decaído considerablemente, pero a fines del siglo XIX y hasta la guerra tenía una importancia excepcional. En Bilbao el paseo consagrado era el Arenal. A fines de siglo era un verdadero festejo, que se incrementaba los domingos y culminaba en los Carnavales. Su parte más destacada era el salón central, rodeado de un óvalo de sillas. Bombas de porcelana iluminaban con luz de gas el pase situado entre árboles frondosos e hileras de sillas. El suelo estaba enarenado con guijo de Bayona. Poco a poco se iban formando grupos de amigos e infinidad de bilbainos y forasteros que iban desfilando aristocráticamente, exhibiendo sus galas. Las personas mayores y de distinción daban un par de vueltas y luego se sentaban en el sitio de costumbre, en las sillas, para ver y comentar lo interesante del continuo desfilar de chicos y chicas, que duraba hasta las ocho y media, hora del teatro, y que solía prolongarse hasta las diez de la noche. La gente joven no se sentaba nunca y seguía deambulando, en amigable charla, tomando parte en el animado paseo. A las salidas de las novenas y rosarios también se reunían los chicos para ver salir a las chicas camino de sus casas. Era el Arenal. Como dice Orueta en sus Memorias, allí, en el Arenal, empezaron los amores de tantas familias de hoy en nuestra generación. El paseo de fines de siglo y comienzos del actual era una costumbre generalizada en todo el país y fuera de él. Era el lugar de lucir estrenos de trajes y sombreros, abanicos, sombrillas, zapatos y de todas las seducciones que en sonrisas, charlas, guasa y chirenadas desbordaban los grupos, que por lo general, los componían filas de tres o cuatro muchachas y dos muchachos al extremo, y caminando muy despacio, en masa compacta, por el paseo. Y mientras tanto sonaba la música del kiosko, en cuyo derredor se formaban corrillos y grupos. Otras alamedas del Arenal estaban concurridas por jóvenes menos elegantes, como en el llamado «paseo de las costureras», que tenía otro tipo de atractivo desbordante de chicas guapas, algunas románticas, otras graciosas y picantes, y todas ellas de buen humor y llenas de alegría y de vida. El paseo se distribuía entre la gente libremente diversificándose por afinidades. Hoy el paseo ha perdido su antigua categoría y ha sido sustituido por las salidas de fines de semana hacia puntos diversos.
Bernardo Estornés Lasa