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Eduardo Zamacois Quintana


Literato de azarosa existencia nacido por emigración de su padre, el bilbaino de origen suletino, Pantaleón, en Pinar del Río (Cuba), el 17 de febrero de 1873, muere en Buenos Aires el 31 de diciembre de 1971.

Resulta así sobrino del pintor, y miembro de una extensa familia de artistas. A los cuatro años fueron sus padres a Bruselas y a los cinco a París, donde aprende el francés. A los 10 cursa el bachillerato en Sevilla. Luego, en Madrid estudia Filosofía y Letras y cuatro años de Medicina. Se inicia en la novela -el género que más cultivó- con Consuelo (1896) y con Punto negro (1897), historia romántica de su primer amor. En ese final de siglo su situación económica se acerca a la miseria, motivo por el cual se traslada a París y, no mucho más tarde, a Barcelona donde funda el semanario Vida Galante con cierto éxito. Allí sus novelas, inspiradas en la novelística francesa, comienzan a ser numerosas y bien acogidas por el público. Se mueve de París a Madrid donde recala en 1907. En esta ciudad funda El cuento semanal, un auténtico acierto periodístico, y, poco más tarde, Los Contemporáneos.

Por esta época lo describe Carmen de Burgos como "joven, guapo, achulapado, rasurado como un cómico, con facha de organillero, tufos, pantalón abotinado y pañolito al cuello" (Utrera, F., 1998:80); con él cuenta para el lanzamiento de la Revista Crítica (1908). En 1910 visita Buenos Aires, Chile, Brasil, Uruguay y Cuba. Inquieto y en plena madurez literaria, al estallar la Gran Guerra marcha al frente como corresponsal de La Tribuna de Madrid, volviendo en 1916. Inicia a partir de entonces su aventura americana recorriéndola desde los EEUU hasta las repúblicas del Pacífico dando conferencias y proyecciones cinematográficas de gran éxito. Su gira incluye luego Europa y el Norte de África.

Su producción es variadísima pero ha de ser subdividida en dos etapas, una primera de trabajo a contra reloj, y una segunda de reposo y esmero. Andrés María de Irujo comenta al respecto:

"Los lectores de Zamacois, seguramente jóvenes, encontraban en él un escritor que les agradaba porque no tenía pelos en la lengua para tratar ciertos temas, como vulgarmente se dice. Esta es la fase inicial de su producción y él mismo lo reconoce y lo lamenta cuando nos dice "haberlos echado al mundo vestidos de andrajos".

Editores poco escrupulosos rodeaban aquellas novelas con ilustraciones no santas y escandalosas. El mismo quiso pulir su propia obra, un tanto avergonzado de ella, y en realidad lo hizo en sus reediciones, pero mucha ya estaba difundida. Por eso, la amargura de sus palabras referidas, precisamente a su primera época, dice más de lo que nosotros pudiéramos afirmar porque intenta "remediar en algo el daño que hice"; reconocimiento de su propio pecado, y añade palabras clarísimas, producto de su sentir: "Por rescatar los millares de ejemplares que de ellos se han vendido en estos últimos años daría el autor su mano derecha". (Prólogo a sus Obras Completas, Editorial Renacimiento, Madrid, 1923).

En la segunda fase, como escritor, es más pulido en su estilo y más moderado en su decir. Siempre puso en sus novelas y en el resto de su producción, cuentos, ensayos, novelas, monólogos y comedias, etc. algo aleccionador, un tanto generoso. Su finalidad era educar al lector orientándolo en cuestiones psicológicas, entreveradas con mezquindades humanas. Puso tal claridad y finura en el decir, que más de un crítico las consideraba producto de una mente que se autodefinía, que se autobiografiaba. En cierto modo así se explica el alma que pone en sus creaciones y el deleite con que rodea su imaginación.

Exiliado al final de la guerra civil de 1936-1939 (hay tarjetas suyas con textos prorrepublicanos), pasó a Francia, luego a Nueva York y México, para finalizar en Buenos Aires. Su última obra fue Un hombre se va (1969), auténtica autobiografía.

Ainhoa Arozamena Ayala


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