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ZIBURU


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Historia

Del vasco zubiburu, «cabeza o extremo de puente», debe su nombre a su posición cerca del puente sobre el Ugarana, río que lo separa de San Juan de Luz. La población original fue de pescadores y marinos que se asentaron primero en las alturas de Bordegáin y descendieron luego, a los pies de la colina, sobre el litoral ganado al mar. A esta población indígena vino a agregarse, más tarde, un gran número de vagabundos cosmopolitas, llamados, según el país, bohemios, gitanos, cagots, cascagots, etc. Según la tradición, éstos se instalaron en los barrios de Bordegáin y de Atxoterreta, después del incendio de esta villa por las tropas españolas en 1636. Poco apegada a la agricultura, esta gente vivía de la pesca. La autoridad marítima la inscribió en sus listas, de manera que los hombres fueron puestos al servicio de los marinos vascos. Las mujeres se dedicaron a la venta del pescado y algunas iban a cortar juncos en los pantanos de San Juan de Luz y Serres para fabricar cuerdas trenzadas que luego vendían a los agricultores. A los Agots o Cascarots se unieron algunas familias judías y moras emigradas de España y Portugal (1611). Los documentos más antiguos, que hablan de los marinos de nuestras costas hasta Capbretón, mencionan a los de Ciburu. Los negociantes de San Juan de Luz y de Ciburu, en la notable memoria que dirigen a M. de Planthion, síndico general del país, el mes de marzo de 1720, sobre el descubrimiento y los establecimientos de la isla de Terranova y sobre el origen de las pescaderías de ballenas y bacalao, etc., mencionan los burgos de San Juan de Luz y de Ciburu como quemados, en 1511 y 1636, por los españoles y a todos los papeles de sus archivos, así como de particulares, quemados en 1372. Un manuscrito sobre San Juan de Luz atribuido al P. Larreguy, al referirse a la invasión española de 1636 -los habitantes de Ciburu se refugiaron en Bayona- proporciona la «Lista de casas quemadas en el lugar de Ciboure, número de bordas, caseríos y huertos arruinados, navíos arrebatados en Socoa de vuelta de Terranova, molinos destruidos, etc.». La exposición prueba la prosperidad de Ciburu, con una población superior a la de 2.000 almas, en vísperas de la invasión española. Pero, para la formación de una villa de tal importancia, hacía falta, en aquella época, más de un siglo. El autor del manuscrito dice que la construcción del burgo comenzó «al extremo del puente» hacia 1530; se refiere a la hilera de casas que forman hoy la calle del puerto, puesto que anteriormente ya existían los barrios citados. El mismo autor nos da a conocer que el rey, en 1560, ordenó que se eligieran dos diputados en Urrugne y en Subiboure y dos en San Juan de Luz, para asistir a la carga y descarga de navíos. Por estos años las relaciones de Ciburu con sus vecinos, Urruña y San Juan de Luz, se agrían. La localidad fue erigida en parroquia el 26 de mayo de 1555, Por bula del Papa Pablo IV, y pretendía independizarse de Urruña, de la cual dependía administrativamente. La discordia con San Juan de Luz tuvo como motivo el tráfico con los navíos extranjeros en el Ugarana (Nivelle), cuya desembocadura era reivindicada por cada una de las villas rivales. Una sentencia arbitral de Antonio de Navarra, en 1560, atribuyendo dos navíos sobre cinco a Ciburu y tres a San Juan de Luz, no produjo más que una tregua momentánea. El impuesto pretendido por esta última relativo a los muelles (1566) y el famoso proceso de hechicería, despertaron las animosidades y más de una vez se llegó a las armas. El pleito duró muchos años, teniendo que intervenir Luis XIII en 1619 y 1622. Sin embargo la vida de ambas villas tuvo que ser inseparable, tanto por su naturaleza como por sus intereses en común. Respecto a Urruña, en 1601, los habitantes de Ciburu piden la segregación. Tras reiterar la petición, el rey Enrique IV concede la creación de Ciburu como ayuntamiento independiente el año 1603. En 1609 comenzó el largo y sangriento proceso de hechicería que había de enfrentar a los habitantes de Cíburu y de San Juan de Luz, enemistados ya de antes por los pleitos mercantiles. Una persona de uno de los dos pueblos acusó de prácticas ocultas a varios vecinos del otro. La acusación encendió una guerra a muerte, que hizo perecer, por las armas, en la hoguera, a alrededor de 500 personas. D'Espaignet y de Lancre, consejeros del Parlamento de Burdeos, fueron encargados por el gobierno para llevar a cabo el proceso de las brujas de Laburdi y para contener el derramamiento de sangre. Pierre de Lancre mandó detener a dos sacerdotes de Ciburu. Uno viejo, llamado Migalena, que tendría sesenta y tantos años, y otro joven, Maistre Pierre Bocal, de 27 años. Ambos fueron objeto de graves cargos, entre ellos asistir a los akelarres y celebrar misas negras. Fueron condenados a muerte y ajusticiados. v. BRUJERIA. El remedio fue peor que la enfermedad. Antonio de Gourgues, consejero en el Parlamento de Burdeos, comisario nombrado por la reina M.ª de Médicis para regular la entrada y salida de los moros expulsados de España, llegó a San Juan de Luz, en 1612, hallando al país en plena efervescencia. Aquel mismo año, cinco religiosos de la Orden de San Francisco, llamados por el ayuntamiento de San Juan de Luz, se habían establecido en el barrio de Ithurburu. Queriendo colocarse en medio de los beligerantes, los religiosos solicitaron el permiso de establecimiento en el islote que separa a ambas villas. Se hallaban ya preparando la construcción del nuevo convento, cuando la comunidad de Ciburu y el señor de Urtubie, reclamaron la propiedad del terreno. Mr. de Gourgues pidió y obtuvo de los pretendientes la cesión pura y simple del terreno para la construcción del convento, que fue dedicado a Nuestra Señora de la Paz. La acción de estos religiosos, junto con el cansancio de las luchas, ayudó a la pacificación del lugar. El Convento de los Recoletos fue muy visitado por los obispos y personas notables. El cardenal Mazarino le hizo donación del monumento del claustro. Su existencia como monasterio duró hasta la Revolución. En 1707 la zona de Laburdi situada cerca de la frontera sirvió de enorme campo de concentración para cientos de prisioneros de los franceses en la batalla de Almansa, que, como se sabe, decidió la guerra de sucesión española a favor de Felipe V. La suerte de los prisioneros hispano-franceses fue dramática, ya que fueron abandonados a su propio cuidado y muchos murieron en nuestra tierra. Los primeros llegaron a San Juan de Luz a comienzos de junio. El gobernador de la región, Gramont, requisó la casa Monetxenia de Ciburu para alojarlos, pero otros fueron internados en diversos pueblos de la zona. Por otra parte San Juan de Luz y Ciburu fueron villas pesqueras florecientes que no dejaron de prosperar hasta que, a comienzos del siglo XVIII, las guerras coloniales dejaron sentir su impacto; el tratado de Utrech (1713) trajo consigo la pérdida para Francia de Canadá, la Acadia y Terranova. Ciburu, favorecido por diversos privilegios, franquezas y libertades, había practicado la pesca de alta mar a gran escala, primero en el golfo de Gascuña y luego en los mares de Islandia y Groenlandia hasta llegar a Terranova y Canadá junto con otros vascos de la costa, con anterioridad al conocimiento de América en Europa. En 1625 Luis XIII ordenó al baile y habitantes de San Juan de Luz y Ciburu que construyeran y equiparan cuatro navíos para proteger su comercio de Terranova. Estos fueron fabricados en los astilleros del Nivelle. En la época de Colbert, sin contar los navíos de pequeño y gran cabotaje, San Juan de Luz y Ciburu poseían 80 barcos de alta borda, equipados con más de 3.000 marineros. Por estos años, un marinero, Martín Sopite de Ciburu, descubría y practicaba el medio de fundir la grasa de ballena en pleno mar, con lo que burlaba la vigilancia de holandeses e ingleses. En 1675, Laburdi contaba con 4.000 oficiales marinos y marineros. Jean Péritz de Haraneder, perteneciente a la familia de este nombre, y establecido en Ciburu, poseía 18 navíos. Su hijo, Dominique Jean Perits Moco no fue menos célebre. Contemporáneos de este último fueron los comandantes de Jalday, de Larralde, de Ornoague, de Chibau, de St.-Martin, llamado el Bayle, los corsarios Cépé y Duconte. A estos les sucedieron François Sopite, famoso corsario, cumplimentado por M. de Choiseul en 1.765; Jean de Olabarats, caballero de San Luis; D'Etcheverry, famoso por su expedición a las Molucas (1770); el capitán Dalbarade, primo del Contralmirante, ministro de marina de ese nombre. He aquí el elogio que M. Lespés de Hureaux, lugarteniente del rey en la senescalía de Bayona, hacía en 1.718 de los marinos de Ciburu: «Estos marinos están estimados entre los mejores de Europa, todos bravos hasta la temeridad. Hay entre ellos gran cantidad de familias llamadas «Achotar», que de padres a hijos socorren a los barcos azotados por la tempestad en la rada de San Juan de Luz. Se exponen familiarmente a los mayores peligros, y hacen verdaderos milagros para salvar los navíos a punto de naufragar». En los archivos municipales de Ciburu, con fecha del 29 de diciembre de 1792, se halla un notable documento en el que 268 ciudadanos de todas las profesiones, salvados del naufragio del buque Unián, felicitan y agradecen a los marinos y habitantes de Ciburu. En 1867, Pierre Larretche, de Ciburu, patrón de la barca de salvamento de Sokoa, exponiendo su vida, salvó del naufragio a la Emperatriz Eugenia y al Príncipe Imperial, a la entrada de la rada de San Juan de Luz. Esta tradición marinera no se cortó totalmente con el tratado de Utrech, pero los marineros de Ciburu, al serles arrebatadas sus factorías del Nuevo Mundo, tuvieron que reducir su área de acción y dedicarse a la sardina, lo que trajo consigo una lenta decadencia; las expediciones infructuosas a las islas de Saint Pierre y Miquelon y la obturación de la desembocadura del Nivelle contribuyeron a ella (Ref. H.). Esta situación había de durar hasta comienzos del s. XX época en que la introducción de la navegación a vapor amplía el dominio del mar y las horas de permanencia en él. A la inquietud social, preludio de la Revolución, se vino a sumar el malestar de las mujeres de todo el país. Las mujeres de Ciburu redactaron, junto con las de San Juan de Luz, un escrito al rey titulado Doléances du Sexe de Saint-Jean-de-Luz et de Ciboure en el que se quejaban de la postergación a que se veían sometidas y pedían el derecho a voto. Es sabido que las mujeres del país habían tomado parte activa en las manifestaciones y desórdenes de los s. XVIII y XVIII por la política intervencionista de los funcionarios del gobierno y por el aumento incesante de cargas fiscales. Al estallar la Revolución era párroco del lugar, Jean Louis Xavier de St. Estéven, San Juan de Luz. Elegido diputado para los Estados Generales de 1789, representó al clero por el bailío de Laburdi y se negó a prestar el juramento constitucional. Denunciado y condenado por el decreto del Directorio del departamento de fecha 1792. marchó al exilio, donde murió. Sus coadjutores, Martin Duhalde, de Ciburu, y Bernard Suhare, de San Juan de Luz, encargados de la administración de la parroquia durante la ausencia del párroco, también rehusaron el juramento cívico. Sanadon, el obispo constitucional, nombró entonces a Fonrouge, como párroco de San Juan de Luz, y a Dithurbide, para la parroquia de Ciburu, nominaciones provisionales, ya que debían de ser ratificadas por los electores del distrito de Ustaritz. Ni la población, ni la municipalidad de Ciburu eran muy revolucionarias. Ya desde el 31 de julio de 1791, conocedores del proyecto de unión de su parroquia a la de San Juan de Luz, comienzan a protestar enérgicamente. El 18 de diciembre de 1791, se procede en la iglesia a las elecciones de una nueva municipalidad pero ésta tampoco resultó revolucionaria. Los sacerdotes pudieron circular todavía o, al menos, administrar clandestinamente los sacramentos. Pero esta situación cambió de manera radical por el decreto del 22 de noviembre de 1793, dictado por los Representantes del pueblo que se hallaban establecidos en Beltxanea, entre Ciburu y Urruña. Ciburu fue unida a San Juan de Luz y se nombró a tres de sus ciudadanos como representantes en la asamblea revolucionaria de Chauvin-Dragon. Un sacerdote fue deportado y los otros huyeron y se procedió a la confiscación de los bienes muebles e inmuebles de las comunidades religiosas y parroquia. La iglesia sirvió de hospital a los soldados del ejército de los Pirineos Occidentales; su retablo y las galerías fueron devastados casi por completo, aunque se respetó la hermosa reja del santuario y la monumental cruz de piedra del cementerio. El Convento de los Recoletos fue cerrado el 25 de junio de 1791 y convertido en cuartel y almacén de forrajes para las tropas del ejército de los Pirineos Occidentales que lo devastaron. Parte del retablo de la capilla pudo ser salvada; con esto y los restos del de la iglesia de San Vicente pudo ser reconstruido, al reabrirse el culto, el retablo de la iglesia parroquial con N. D. de la Paz en el centro. El hospital de St.-Jacques sirvió de alojamiento a los enfermos, especialmente a los sarnosos, del mismo ejército (Ref. H.). Hacia principios de mayo de 1793, una parte de las tropas francesas acantonadas en Bidart debe trasladarse a Ciburu, con el fin de hacer frente a las frecuentes incursiones españolas en la zona de Ainhoa y Urruña. El día 5 de febrero de 1906, y a raíz del inventario de los bienes eclesiásticos de la localidad, tuvieron lugar una serie de incidentes. La población opuso una violenta resistencia para que el inventario no se realizase, haciendo retroceder por tres veces a la policía y a los recaudadores. El inventario no se pudo hacer. El periódico La semaine escribe sobre el hecho: «El párroco desaprueba la manifestación, ya que no quiere que se organicen tumultos en la iglesia, las campanas de Saint- Jean-de-Luz han tocado a rebato y una parte de la población se encuentra en Ciburu».

Ainhoa Arozamena Ayala
Marie Claude Berger


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