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TXAPELGORRIS


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Se daba este nombre al Batallón franco de Voluntarios de Guipúzcoa en defensa del trono de Isabel II contra los carlistas en 1833. Los carlistas les llamaban también "peseteros" a causa de la paga de una peseta por día que recibían del gobierno constitucional. Este cuerpo debía su nombre al tocado rojo que usaba. Fue oficial de este cuerpo el que fue después general Echagüe. Los carlistas atribuyeron a los txapelgorris la quema del Santuario de Ntra. Sra. de Arantzazu el 18 de agosto de 1834. No obstante, éstos custodiaron la bajada de la Virgen de Oñati con las espadas desenvainadas. Entre sus figuras destacadas se señalan a Lersundi, Bacaiztegui y a Urdampilleta que peleó en 1834. Wilkinson, médico-cirujano de la Legión británica durante la primera guerra, escribió en 1838:"¿Quiénes son estos hombres mezclados con nosotros (los ingleses) en grupos de a cinco, diez o más, que avanzan sin disciplina y cuya descuidada risa y gesto deportivo les hace siempre ser compañeros bienvenidos? Son los más bravos de los bravos, los más fieles soldados que la Reina de España cuenta en sus tercios. Su lealtad se ha demostrado en muchos campos sangrientos, y sus filas, atrozmente en claro, lo recuerdan de modo nada equívoco. Aunque al principio sumaban mil doscientos a mil quinientos hombres, hoy no son ni doscientos. ¿Qué apariencia más pintoresca y qué estudios para un artista! Su boina es encarnada (txapelgorri) con enorme borla de oro o plata, colocada en la cabeza con descuidada negligencia. El semblante está lleno de inteligencia y su luminosa mirada indica corazón audaz. El cabello es largo por delante y en algunos cae en lustrosos bucles sobre la espalda. Llevan gran chaqueta gris azulada, echada con descuido y gracia sobre el hombro izquierdo; sus pantalones varían con arreglo a accidente o capricho, siendo a veces de curiosos colores en rayados y, en algunas ocasiones, de pana oscura con ancha franja encarnada a los costados. Cuando van en batalla se remangan los pantalones hasta la rodilla, descubriendo una pierna musculosa, generalmente de las más esbeltas proporciones; y, para completar el retrato, sandalias sujetas alrededor del tobillo con correas de piel. Pero, ¿qué pobre resulta esta descripción con que pretendo idear un txapelgorri! Sólo el trazado magistral y los brillantes colores de un artista pueden hacerle justicia. En sus filas hay muchachos de catorce o quince años. Su convivencia con hombres de corazones valientes y de audaces brazos parece haberles conferido los rasgos de una precoz virilidad".

Bernardo ANAUT


Bernardo Anaut


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