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VITORIA-GASTEIZ (HISTORIA)


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La guerra civil (1936-1939)

La guerra civil (1936-1939).

El 19 de julio, en Vitoria, a las 7 de la mañana, el teniente coronel de infantería (Batallón "Flandes 6"), Camilo Alonso Vega, proclamó el estado de guerra y asumió los poderes civil y militar. La provincia, en su casi totalidad, y la capital cayeron inmediatamente en poder y bajo control de los militares sublevados. La reacción de los sindicatos fue convocar una huelga general a partir del lunes 20, que duró hasta el día 23. La guerra no tuvo en Vitoria el dramatismo de otros lugares. Como punto estratégico en la ruta Navarra-Madrid -la que sostenía Mola-, trató de ser recuperada desde Bilbao por fuerzas leales a la República. La primera colisión de tropas se produjo en Legutiano-Villarreal, en la segunda quincena de julio. Después, desde el último día de noviembre, y hasta enero de 1937 (sobre todo hasta el 24 de diciembre de 1936), se desarrolló definitivamente la batalla de Villarreal, el único hecho de armas que afectó a la ciudad. Esta fue bombardeada por el ejército vasco, sin producir importantes daños. A partir de ahí, la guerra se limitó en Vitoria a lo que se había conocido en anteriores contiendas civiles: privación y desabastecimiento, fractura del orden social, radicalización de minorías, persecución de los vencidos e invasión de elementos militares de todo signo. La represión en Alava fue escasa, en términos comparativos con otros lugares. Ello se explica por la reducida tensión social que se vivía en la provincia. Hay certificadas por lo menos 163 ejecuciones. La morbosa media de Alava está en casi la mitad de la general española. Más que por el número, la represión en la provincia impactó por su "carácter cualitativo": en diferentes "paseos" fueron asesinados el alcalde de Vitoria, Teodoro González de Zárate, el presidente de la Diputación, Teodoro Olarte, varios concejales y destacados personajes de las fuerzas de oposición. La ideología y la vecindad de los represaliados responden al mapa de influencia provincial de republicanos, izquierdistas y nacionalistas: se asesina a republicanos de izquierda, anarquistas de la CNT, socialistas y nacionalistas vascos, vecinos a su vez de Vitoria, Rioja alavesa, Arraya-Maestu, Zambrana, Araya, Nanclares, Asparrena y la zona que en principio no controlaron los sublevados (valle de Ayala). A mediados de 1937, sólo en Vitoria, había 4.000 prisioneros. La Comisión Provincial de Incautación de Bienes encausó a 749 personas en la provincia (curiosamente, donde menos, en la capital). El funcionariado fue depurado: 55 sanciones en la Diputación y otras tantas en el Ayuntamiento. Los maestros sancionados fueron 25, de los cuales 8 perdieron su empleo. La provincia de Alava, después de Navarra, fue la que más voluntariado proporcionó al ejército sublevado. Se ha hablado de hasta 3.000 voluntarios. Por lo menos hay 2.051 documentados: un 78% requetés tradicionalistas, un 19% falangistas y un 2,6% de Acción Popular (CEDA). De ellos, 465 eran vitorianos (el porcentaje más bajo de toda la provincia): en este caso, un 57% carlistas, un 33% de Falange y un 10% de AP. Aparte de esta milicia que acudía al frente, existió otra encargada de velar por la seguridad de la retaguardia: la Milicia Ciudadana. En cuanto a los nuevos poderes locales, el rápido control de la situación por parte de los sublevados permitió una pronta sustitución del personal militar por el civil. La derecha provincial ocupó las instituciones depuradas y disueltas. Carlistas, católicos, algunos falangistas y, en menor medida, viejos conservadores de Renovación Española o de la CEDA se hicieron con el Ayuntamiento y con la Diputación. A destacar la presencia de los independientes, derechistas sin adscripción precisa que ya habían ocupado puestos similares durante la Dictadura de Primo de Rivera. Del mismo modo, se hacen notar también los intereses de la empresa y de la propiedad, como Serafín Ajuria o como el nuevo alcalde, Rafael Santaolalla, presidente y fundador de la patronal. Con todo, y a pesar del fácil control de la zona, la retaguardia vivió fuertes tensiones entre carlistas, falangistas, militares y franquistas de primera hora. El Decreto de Unificación y la creación del partido único (FET y de las JONS) no mitigó esta pugna por el poder que, tras diversas fases, se resolvería en beneficio de ese ambiguo sector al que ya en la época se le denomina "franquista": una mezcla de vieja derecha de los tiempos de la monarquía y neutros oportunistas. Los carlistas locales estuvieron más en la línea pragmática de Rodezno -bien representada por Oriol- que en la ortodoxa de Fal Conde. Por eso, expurgados los radicalismos del momento de la guerra, al final de ésta se adaptaron en su mayoría a la nueva situación. Por último, los pocos y jóvenes falangistas vitorianos y alaveses, también rebajados de estridencias, se conformaron con el control de determinadas parcelas del partido y del sindicato únicos.


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