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Romanización


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La palabra romanización se emplea para señalar la cultura romana que se conoce fuera de Roma (en las provincias). Cuando se cita la romanización de Hispania o la romanización de Gran Bretaña o África, Brindisi, Valle del Duero o de muchos otros lugares, se quiere explicar la colonización romana y la influencia de la conquista. Ahí esta la clave, ya que no es lo mismo dominar que romanizar. Es más, los romanos nunca quisieron romanizar a nadie. Cierto es que con los romanos los hábitos locales cambiaron radicalmente; se construyeron nuevas ciudades basándose en un plan regular desde donde se distribuían las rectas calles, los foros y templos, los balnearios, teatros, mercados, etc. Además, construyeron buenas carreteras, posibilitando que su capital -Roma- se conectara con cualquier punto del imperio; puentes, hospederías, estaciones para el cambio de caballos y el descanso de los mensajeros, todos ellos con ese fin; trajeron un derecho avanzado, nuevos alimentos, frutas desconocidas, métodos vanguardistas para la explotación de minerales, tecnología punta, impuestos, monedas y medidas unificadoras, dioses y diosas de otros lugares, el uso del latín, etc. Pero llevaron a cabo todo ello con la intención de administrar mediante fuerza militar los territorios conquistados - y así poder mantenerlos bajo su dominio durante largo tiempo-. Por otra parte, ser romano significaba tener muchas ventajas y los indígenas trataron de conseguir esa identidad jurídica, tanto después de pasar muchos años al servicio militar en tropas adscritas a la legión, como después de ayudar de un modo u otro a los conquistadores. En ese sentido, por ende de las transformaciones generadas en las relaciones con los estados romanos, es una palabra reconocida (Ortíz de Urbina, 2006, 225 p.), pero actualmente, la romanización, a pesar de ser una palabra común y a pesar de haber sido muy utilizada y aparecer en libros de texto, esta cada vez más en desuso. Por ejemplo, el famoso historiador R. Syme (Syme, 1988, p. 64) lo ha explicado claramente: "El significado de la palabra romanización indica un propósito político desarrollado previamente. Pero la actividad de Roma no se interpreta correctamente, ni la de la Roma de la República, ni la de la época Imperial. El gobierno romano promovió, sin duda, una forma de vida de carácter ciudadano y convirtió las tribus en ciudades, sobre todo para facilitar el trabajo administrativo. Pero nunca fue su intención obligar en todos los lugares a los nativos a utilizar el latín".



Por ello, Syme explica claramente que la palabra "romanización" significa "ugly and vulgar, worse than that, anachronistic and misleading"; es decir, "feo y torpe, o peor aún, anacrónico y engañoso". Y son muchos los ejemplos que confirman esa opinión. Cierto es que con las guerras y la inmigración entró el latín, y que junto a él llegaron las costumbres y las instituciones romanas. Más tarde, se asociaron los romanos y los lugareños como consecuencia lógico de todo lo acontecido. Pero no ocurrió así siempre y en todos los lugares, y no hubo tentativas de obligatoriedad, con alguna excepción que otra. No se obligaba a hablar en latín. Los habitantes romanos de Egipto siguieron hablando griego y, del mismo modo, firmaban en griego los contratos de boda y los testamentos, a pesar de que la administración territorial era romana. Los comerciantes de Cartago, aunque en otra época habían sido fuertes contrincantes de los romanos, todavía en el segundo siglo después de Cristo continuaban escribiendo en lenguaje púnico las relaciones de cargamento. Sin embargo, los romanos oprimieron con fuerza a los pueblos y tierras que se enfrentaron a ellos. El historiador Tácito escribió así en su obra Agrícola; un dirigente británico de su libro decía así: "Robar, asesinar o violar son citados mediante la palabra imperio por ellos, totalmente inadecuado; y dicen llevar la paz al lugar donde surge el desierto" (ubi solitudinem faciunt, pacem appellant, Tácito); (traducción adaptada). Sin lugar a ninguna duda así fue cuando los romanos comenzaron a dominar la Península Ibérica, es decir, así fue los doscientos primeros años (Urteaga y Arce, 2011, pp. 23-25).

A la llegada de los romanos la mayoría de los pueblos de la Península Ibérica tuvieron el mismo comportamiento, sobre todo los pueblos del norte, es decir, desde Gallaecia hasta la frontera este de Cantabria. Augusto necesitó diez años para dominar los territorios montañosos. Diez años y siete legiones. Finalmente este fue el mensaje propagandístico que divulgo el vencedor: Hemos traído la paz a Hispania (tal y como sentencian al pronunciar Hispania pacata, Res Gestae). Más adelante, un disidente romano definió perfectamente ese pax: cum domino, pax ista venit ("con el despotismo llegó la paz" Lucano). Esa era, precisamente la paz romana: La paz del despotismo. (Koch, 1997, pp. 87-92).

Por tanto, hablaremos sobre la opresión, la dominación y la integración del mundo romano. Con todo, hay que especificar en que campo geográfico de Roma y en que momento de la Historia hay que situar este fenómeno. No es labor fácil.

Los seis o siete territorios que componen Euskal Herria no existían en época romana, ni siquiera la propia Euskal Herria. Gipuzkoa, Bizkaia, Araba, Navarra, Laburdi y Zuberoa son resultado de dinámicas históricas de la Edad Media. Por lo general, esas fronteras geográficas se definieron en esa época, aunque se modificaron no hace demasiado tiempo. En lo que al contexto cronológico se refiere, discurre desde la última parte de la República de Roma hasta la destrucción del Imperio romano de Occidente. Es más, se puede afirmar que en los siglos sucesivos se mantuvo esa tónica, hasta la invasión musulmana de principios del siglo VIII.

Mercedes Urteaga Artigas
2011


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