Colegio de Bayona.
Por una deliberación especial de la corporación de la ciudad reunida con fecha 13 de mayo de 1594, se resolvió comprar un edificio para fundar el futuro colegio, que estaría dotado con la cantidad de 300 escudos. El terreno elegido estaba situado en la calle Lisses, al lado de la iglesia de Saint-Thomas -que debía convertirse poco después en la iglesia de los Capuchinos-. Por último el 17 de julio de 1598, el nuevo colegio, convenientemente preparado, se abrió a los alumnos con tres regentes, bajo la dirección de Alexandre Cothereau, sacerdote y prebendado de la iglesia catedral. En la puerta de entrada del colegio se colocó una placa de mármol negro, sobre la que se podía leer en caracteres de oro los cuatro versos siguientes: «O Dieu l'heureux succés! par ses trois bastiments, / Lescole, Larsenal, le Rempart de la France, / le bannis, ie destruys et chasse en mesme tems / L'ennuy loin de moy, la faim et 1'ignorance. / 1598». Esta placa fue más tarde depositada en el Museo de Bayona. No relataremos aquí la historia de esta famosa prebenda preceptorial, ni la gran lucha de la corporación de la ciudad con los Jesuitas que quisieron apoderarse de la dirección del Colegio. Estos hechos han sido contados por Drevon con los mayores detalles. Nos contentaremos con dar algunos detalles sobre esta vida de colegio y la instrucción que recibían los jóvenes bayoneses. Según un reglamento de 1720 el principal debía inspeccionar y dirigir a los otros regentes que estaban bajo sus órdenes. En caso de ausencia o de enfermedad, debía ser sustituido por el segundo, y este último estaba encargado al mismo tiempo de la clase de Retórica. El principal debía visitar las clases entre el primero y el segundo toque de campana; pero aunque, como director tenía derecho a penetrar en las clases cuando le pareciera, esta visita no debería por lo regular tener lugar más de una vez al mes. El solo decidiría sobre la capacidad de los escolares para hacerles ascender de clase; «en cuanto a los escolares que se quedaban durante dos o tres años en la misma clase a causa de su incapacidad natural, los regentes reduplicarán su atención para tratar de vencer esas dificultades; que si la incapacidad estuviera causada por algún vicio, avisarán al magistrado y si se resiste a poner orden, se dirigirán en este caso a la corporación de los señores magistrados.« El mobiliario era bien poco suntuoso. El principal y los regentes estaban alojados en el colegio y cuando entraban se les entregaba un inventario de muebles que les estaban destinados. La apertura de las clases, dice Drevón, se hacía en 1730, la tarde del día de los muertos, es decir, el 2 de noviembre. Esta costumbre databa apenas de los primeros años del s. XVIII. Durante todo el siglo anterior, esta apertura tuvo lugar el día de Saint-Rémi, es decir el 1.° de octubre. El principal o, en su defecto, otro regente del colegio, debía pronunciar allí una arenga. Esta arenga se anunciaba con una anticipación de ocho días por medio de un cartel en latín, que se encuadraba a la puerta del colegio. Se invitaba a los concejales, a los canónigos y al obispo «patroné», doctores de toda clase, «omnium ordinem doctore nostrisinium et rediosi». Se indicaba también el tema a tratar por el principal. Estas arengas, si se puede creer en las dos muestras de anuncios que hemos hallado, no eran sino complicaciones de retórica en las que la imaginación de la erudición un poco pedante del principal podía tener libre curso. Todo estaba adornado, sin duda, por citas latinas y lugares comunes sacados de Cicerón y de Quintiliano. Al día siguiente empezaba la clase clásica, que debía terminarse el 16 de agosto. Al cabo de algún tiempo, el día de Sainte-Cathérine (25 de noviembre), todos los escolares, con sus regentes, se reunían en la catedral, donde se celebraba una misa con el fin de pedir «a Dios la gracia de educar bien a la juventud y de atraer los socorros necesarios para progresar en la virtud». Cada regente pronunciaba a su vez el panegírico de la santa, o bien otro discurso de circunstancias. La misa era seguida por una procesión y la bendición del Santísimo Sacramento. A las 7,30, después de una corta oración, el profesor comenzaba su clase. Ningún documento anterior el s. XVIII nos permite entrar en detalles de su tarea. Estamos pues limitados, en todo el periodo que va de 1596 a 1730, a las conjeturas más o menos probables, basadas sobre una palabra escapada de la pluma de un regente o del escribano del Ayuntamiento, y sobre todo sobre el conocimiento de lo que se hacía en otras partes. A partir de 1730, los documentos son bastante numerosos. La influencia de Rollin y del «Traité des Etudes» se hace sentir manifiestamente en los colegios de provincia que, al mismo tiempo, sacan de los jesuitas algunos de sus procedimientos de educación. En 1774, se hizo un proyecto de construcción y ampliación del colegio. Hasta entonces estaba compuesto por una planta baja nada más y por encima un mal campanil que resguardaba la campana del establecimiento. Se construyó encima de las dos primeras clases, un primer piso para formar sala de estudio y un pensionado por encima. En la planta baja se hallaban las salas de clase. En el primer piso el alojamiento del principal con sala de estudios y siete habitaciones para los pensionistas. El segundo debió contener una treintena de camas para los alumnos. El colegio subsistió hasta 1789, Y sus edificios fueron destruidos definitivamente para hacer sitio a la iglesia Saint-André. Edouard Duceré
Marie Claude Berger