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PAMPLONA / IRUÑA (ARTES PLÁSTICAS Y MONUMENTALES)


Epoca Contemporánea (2ª mitad del siglo XIX y siglo XX)

Epoca Contemporánea (2ª mitad del siglo XIX y siglo XX).

La producción arquitectónica contemporánea en Pamplona se halla estrechamente vinculada a la historia de los ensanches que en esta época se realizan en la capital navarra. Así las nuevas corrientes arquitectónicas -Historicismo, Eclecticismo y Modernismo- que surgen en Navarra en torno al 1860, no se desarrollan, sin embargo, hasta después de 1885, cuando se inician las obras del Primer Ensanche. Hasta la fecha, la ciudad conservó en su perímetro las murallas y el trazado urbanístico medieval. De la misma manera, a los edificios medievales se les añadieron nuevas estructuras barrocas o neoclásicas. En el Primer Ensanche, se procedió a la construcción de edificios destinados a viviendas civiles, además de edificios públicos y polígonos industriales en tomo a la Rotxapea. Respecto a los arquitectos que participaron en esta primera ampliación urbana, están los nombres de Julián Arteaga, Angel Goicoechea, Florencio Ansoleaga, Máximo Goizueta y Manuel Ubago. Englobables, todos ellos, en la línea historicista. Julián Arteaga (año 92), arquitecto municipal y sucesor de Angel Goicoechea en el cargo, fue el autor del proyecto definitivo del Palacio de Justicia. La historia de este edificio -paralela a la del Primer Ensanche- está repleta de trabas e impedimentos «burocráticos». En el año 90, Arteaga presentó el primer proyecto, elaborado a su vez sobre la base del segundo de los anteproyectos realizados en el 88 por Goicoechea. El 13 de julio, en plenos San Fermines, se procedió a la colocación de la primera piedra. Sin embargo, las obras fueron paralizadas ante el veredicto desfavorable dado al proyecto por parte de la Real Academia de San Fernando que, divergía en aspectos varios como la propia irregularidad del solar (inapropiada para la construcción de un edificio de carácter civil), la utilización mixta de vigas de hierro y madera (las primeras suponían toda una revolución técnica para el momento), además de aducir razones formales de tipo ornamental como la crestería, que según la Academia no armonizaba con el resto de la fachada (y sería en el siguiente proyecto suprimida). A la negativa de la Academia, sucedió la crisis ministerial del 92. Las obras no se reemprendieron hasta el 94, dándose por terminadas en febrero del 97. Pamplona contaba por fin con su nuevo Palacio de Justicia, emplazado tal y como se pensaba inicialmente en el solar E. del nuevo ensanche, lindante al N. con la calle Navas de Tolosa, al S. con la de Pascual Madoz, al E. con la de Yanguas y Miranda, y al O. con la del Marqués de Rosalejo. Resuelto a la manera ecléctica, predominan en él los elementos de corte clásico, especialmente en la fachada principal que se abre al Paseo de Sarasate. La misma, con alzado de tres plantas, presenta un cuerpo central que destaca de los laterales por su disposición avanzada, el empleo de la piedra como único material y por su clásica organización que destina el sillar almohadillado para la planta baja y la piedra más lisa para el primer piso. Los valores clásicos se manifiestan también en las ventanas dinteladas con baluastres de piedra, en fragmentos de entablamento, mensulones, rosetas, tacos y otros elementos ornamentales que adornan dicho cuerpo central. El resto de la fachada, al igual que las demás, presenta un zócalo de piedra y paramentos en ladrillo rojo, con vanos dispuestos simétricamente y enmarcados de manera diversa según el piso. Al clasicismo que emana el conjunto sirve también la puerta principal, a modo de arco de triunfo, y el amplio portal decorado a base de mensulones y paneles rectangulares que se alternan en su friso superior, y casetones que cubren el techo. Merece subrayarse el sentido pictórico y el valor técnico del edificio. Al logro del primero contribuye la combinación contrastada de materiales (piedra arenisca y ladrillo rojo), así como la propia irregularidad del edificio. En el orden técnico, el empleo -novedoso en la arquitectura pamplonesa- de las vigas de hierro, y la igualmente innovadora incorporación de los sistemas de calefacción y pararrayos, dan cuenta del avance que supuso en el campo constructivo del momento. Hoy en día se concibe como uno de los grandes logros del eclecticismo pamplonés, y por supuesto, del propio Arteaga. (Otras realizaciones del mismo autor: en las calles Mercader y Calceteros se le atribuyen varios escaparates de estilo modernista. En la misma ciudad, contribuye también con la construcción de las Escuelas Municipales). Otro de los arquitectos que cultivó el historicismo y el eclecticismo con resultados inmejorables fue Florencio Ansoleaga y Elizondo (1846-1916), tal vez el autor más conocido de la arquitectura pamplonesa de finales del XIX y principios del XX. Como personaje-prototipo de su tiempo ejerció además de arquitecto como arqueólogo, coleccionista y crítico de arte, acumulando en sus setenta años de vida cargos y títulos diversos. En el terreno de la arquitectura se desempeñó como arquitecto diocesano. A él se deben numerosos conventos y reformas de iglesias donde cultivó el estilo ecléctico con un predominio de elementos de origen medieval. Fue además arquitecto provincial durante cuarenta años y profesor de la Escuela de Artes y Oficios de Pamplona. En su producción de carácter civil, destaca el edificio del Archivo de Navarra, cuya construcción se inicia en el año 1896. El Archivo se halla adosado al Palacio Provincial y participa del mismo estilo neoclásico. Así, su fachada se articula en cinco cuerpos -extremos y central, adelantados- que dibujan una línea marcadamente horizontal, al modo de los palacios renacentistas italianos. El empleo de la piedra como material exclusivo y la proyección de su fachada reafirman dicha concepción palaciega: arcos de medio punto, sucesión de pilastras de distinto orden, balcón corrido en el cuerpo central, banda de tondos con bustos de personajes navarros, arcos escarzanos, juego de frontones y, crestería ornamentada con escudos y palmetas. Otro de los participantes en el Ensanche pamplonés (último tercio del XIX) fue Manuel Martínez de Ubago, prestigioso arquitecto navarro que se afincó desde comienzos del XX en Zaragoza, considerándosele en la actualidad máximo exponente del Modernismo aragonés. A él se deben las pocas obras que de la corriente existen en Pamplona. Tal es el caso del Mirador de la Plaza de San Nicolás, 72 y del portal donde hoy tiene su sede la Delegación de Hacienda, así como la casa sita en la Calle Alonso que data del año 97 y cuya fachada ornamentada a base de líneas ondulantes, motivos vegetales en balconadas de hierro, al igual que los yesos que decoran el portal, son de indudable tinte modernista. Sin embargo, la obra que destacó a Ubago en la capital navarra, el Monumento a los Fueros, la concibió en estilo ecléctico. El monumento, de gran valor simbólico, fue erigido en el año 1903, aunque su proyecto data de 1894, (año de la «Gamazada»), decidida la construcción que sería sufragada por suscripción pública. Para la ocasión, Martínez de Ubago, siguió el modelo de otros monumentos ya existentes en varias capitales españolas (monumento a Colón en Barcelona). Esto es, el esquema trazaba una torre sobre pedestal de planta poligonal, rematado por una escultura apoyada en capitel. Más aún y teniendo en cuenta su finalidad, los elementos integrantes no serían sino símbolos: cinco gruesas columnas de soporte representando a las cinco merindades de Navarra; cuerpo central con estatuas-personificación de la Historia, la Justicia, la Autonomía, la Paz y el Trabajo; la estatua en bronce de una mujer vestida al modo clásico en actitud de proclamar el escrito del pergamino que porta, como alusión a las libertades del pueblo navarro... incluso los materiales empleados -provenientes de diferentes puntos de Navarra, excepto el bronce-, tendrían una carga simbólica. El monumento quedó emplazado en el Paseo de Sarasate (frente al Palacio de la Diputación). Y aunque no llegó a inaugurarse, convirtió a la zona en el centro simbólico de la ciudad. Fuera de Navarra, la idea fue pronto imitada por otras provincias, entre ellas Vizcaya. Una vez concluido el Primer Ensanche y antes del inicio del Segundo, se dotó a Pamplona de una nueva plaza: la de San Francisco, que vino a ocupar los terrenos de la vieja cárcel y la antigua Audiencia. Poco tiempo después, en uno de los laterales de la Plaza, se construyó el edificio de la Agrícola (para la Asociación del mismo nombre). Su autor, el arquitecto guipuzcoano Francisco Urcola que presentó el proyecto en 1910, optó por el modelo constructivo romántico que -a diferencia de San Sebastián y Bilbao- constituía una excepción en Pamplona. De planta regular, con patio central y bóveda vidriada, parecía estar concebido desde un principio para el que sería su segundo cometido, ya que fue transformado en Gran Hotel. En la actualidad, sin embargo, desaparecidos el gran vestíbulo, la vidriera cenital y habiéndose revestido la cubierta con una deslucida superficie de aluminio, no conserva el esplendor que le caracterizó en su momento. Pasando a la producción arquitectónica del 2.° Ensanche, destaca la labor de Víctor Eusa, que formado entre el Racionalismo y el Neoacademicismo, se le puede considerar dentro de la modernidad. Se trata de un artista sincrético que conjuga lo novedoso con la tradición. Así, para la Casa de Misericordia de Pamplona -obra cumbre del 2.° Ensanche-, se inspira en la solución que los grandes arquitectos decimonómicos utilizan como modelo para cárceles y hospitales. También obra suya es el Seminario de Pamplona. Aquí, los valores simbólicos se concentran en la gran cruz con el lema «Christus Vincit» de que consta la fachada. Otro de los artistas participantes en el 2.° Ensanche y único competidor de Víctor Eusa fue Miguel Gortán, si bien algunos estudiosos le achacan una grandiosidad casi hueca en el carácter de sus edificios. Y ya de época reciente, calificable incluso de postmoderno, están Juan Redón Huici, quien proyecta en 1929 la construcción de un edificio de viviendas en el que la parte superior rompe con las estructuras circundantes, consiguiendo un aspecto de vivienda unifamiliar. Le preocupa además, el diseño y el interiorismo; faceta ésta que queda manifiesta de forma particular en la Residencia Juan XXIII de Pamplona. Monumento a los Caídos. Dedicado a los fallecidos en el bando nacional o franquista, es un edificio ecléctico coronado por una gran cúpula, obra del arquitecto José Yárnoz. Se inició en 1942 en la plaza que se denominó Conde de Rodezno y fue inaugurado por el mismísimo general Franco en 1952. Consta su interior de una nave central y de cuatro más pequeñas rodeando a la más importante. En sus paredes se hallan diversas placas de mármol rosa con los nombres de los difuntos por orden alfabético. En el centro la cripta del general Mola y en el altar mayor un bello Cristo de Orduna. En la bóveda pueden admirarse las pinturas murales del pintor catalán Stolz, discípulo de Sert, representando diversos pasajes de una visión heroicista e hiperespañola de la historia de Navarra.


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