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PAMPLONA / IRUÑA (HISTORIA)


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Presencia musulmana

Presencia musulmana.

Derrotado y muerto don Rodrigo, las tropas invasoras de Tariq recorrieron la Península y llegaron al valle del Ebro el año 714. Era conde de la Marca Superior un tal Casius. Capituló con los advenedizos, abrazó el Islam y se hizo cliente del Califa de Damasco, ciudad que visitó personalmente. Casius o Kasi se convirtió en fundador y cabeza de una dinastía, los «Banu Kasi», entre cuyos miembros destacan Fortún ben Kasi, Musa ben Fortún y Musa ben Musa. Estos caudillos musulmanes, de ascendencia vascona, convirtieron la Ribera en una región de la Marca Superior del emirato de Córdoba, que mantuvo cierta autonomía, frente o junto a la tierra de los vascones, el futuro reino de Pamplona. Los príncipes de ambas ramas estuvieron unidos por lazos familiares, políticos y económicos durante los ss. VIII y IX. Desde el valle del Ebro Musa ben Nusayr se internó por territorio vascón (714); «topó una tribu desnuda como las bestias» (Ben Habib). Los vascones le recibieron «en manadas», como a vencedores de un enemigo común, los godos. En su internada debieron llegar hasta el corazón de las montañas. «Penetró bastante lejos», asegura lacónicamente Ibn Idhari. Pamplona capituló, como lo venían haciendo otras poblaciones de la Península. Aunque desconocemos el texto del capitulado, su contenido no debía diferir sustancialmente de otros estipulados entonces. Los musulmanes se comprometían a respetar la realidad política, social, económica y religiosa de la población, en este caso de los pamploneses, a cambio de ciertas gabelas como el amán, signo de sumisión. La capitulación, estudiada por Codera (Madrid, 1891), fue realizada antes del año 718, en que falleció uno de los dos testigos, Henach al-Sunani ben Abdala. El pacto garantizaba la libertad política y religiosa de los pamploneses. Los relatos sobre martirios de santos por los moros y de ocultamiento de reliquias e imágenes religiosas, sobre todo marianas de los ss. XII y XIII, con el fin de preservarlas del furor iconoclasta de los sarracenos invasores, que tanto proliferaron durante el s. XVII, pertenecen al mundo de la leyenda. Con su presencia quedó interrumpida la serie de obispos, de los que no volveremos a tener noticias durante más de un siglo. Dispuesto a proseguir su expansión por Europa, Abd al-Rahman al Gafequi estableció su cuartel general en Pamplona, donde se concentraron multitud de guerreros procedentes de todo al-Andalus. Atravesaron el Pirineo, derrotaron junto a Burdeos a los vascones del conde Eudón, y prosiguieron hasta enfrentarse con Carlos Martel en la batalla de Poitiers (732), en la que fue muerto el caudillo musulmán, emprendiendo sus gentes el regreso hacia la Península (Lévi-Provenzal: Histoire, I). La derrota del emir marcó el inicio de una serie de sublevaciones en tierras pamplonesas. Intentó sofocarlas el nuevo emir Abd al-Maliq, que perdió muchos guerreros aunque logró volver ileso (733). Al año siguiente el emir Uqba conquistó militarmente la Ciudad e instaló una guarnición; debió ser numerosa; Ibn Idhari asegura que pobló Pamplona con musulmanes. Es la primera noticia cierta de ocupación militar de la plaza por los musulmanes. Conquista y sumisión fueron efímeras. En la Crónica de Alfonso III figura Pamplona formando parte de la lista de aquellos lugares que, como Alava, Vizcaya, Alaone, Orduña, Deyo y Bertueza, «consta que fueron siempre poseídos por sus actuales moradores», y esto, hablando de los días de Alfonso I de Asturias (739-757). Aprovechando las discordias civiles en Al Andalus, se produjo en el Norte una nueva sublevación; el emir Yusuf envió un destacamento «contra los vascones de Pamplona que habían sacudido el yugo musulmán» (755).


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